Bienvenidos a las historias del nómada.

Siempre me ha gustado escribir historias y que otros las lean. También contarlas, escucharlas, leerlas, vivirlas... Historias para reír, para pensar, quizás para llorar... Historias al fin y al cabo de las que están hechas nuestras vidas.

Me pareció buena idea aprovechar este lugar para lanzar al viento algunas de las que he vivido, en cualquiera de los dos mundos, el real o el imaginario (igual de real, porque ambos pueden considerarse también imaginarios).

Bonita sensación la del que arroja una botella al mar con un mensaje, que no sabe donde irá y quien llegará a leerlo.

Aquí va mi botella, quizás alguna vez hasta sepa donde llegó...



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martes, 25 de septiembre de 2012

El corazón del corazón


Parece que toda esta historia comenzó en diciembre de 2004, digo la de empezar a venir siempre al mismo sitio de la India, a meditar y a profundizar en un camino que parecía nuevo. Y fue de nuevo el afán de aventura, el de viajar, el que me trajo hasta aquí.

Digo esto, que parece que empezó en 2004, porque en realidad fue en agosto de 2002, en Varanasi, también en la India, donde medité por primera vez. Allí, con una ayuda que hasta años más tarde no comprendí, de un viejo sadhu, descubrí algo realmente fascinante. Había toda una posibilidad de viaje para realizar dentro de mí, sin necesidad de desplazarme a ningún lado. Aquella vez sólo me asomé por una puerta que logré entornar… Y vi un mundo nuevo, inmenso, inexplorado, entero para descubrir, virgen y tan cerca, tan cerca, que estaba dentro de mí…

Y es tan sencillo de recorrer que no hay que hacer nada. Aunque ese es el principal problema, que no hay que hacer absolutamente nada. Y no sé no hacer nada, casi nadie sabemos no hacer nada. Ni en la más completa quietud dejamos de hacer cosas. Pero, cuando conseguimos parar nuestra mente, aunque sea una fracción de segundo, aparece la puerta… Si te asomas estás perdido… En realidad, si te asomas, has ganado. Porque ya sabes lo que tienes que hacer, simplemente entrar y quedarte al otro lado.

Al otro lado, lo único que puedo decir es que hay paz. Leí un montón de libros que explican acerca de la Unidad, de la Energía Universal, de Dios, de la Nada, del Todo… No sé como se llama, ni siquiera sé que es, pero sé lo que se siente y es Paz. Paz interior, tranquilidad absoluta, inalterable… Quizás eso sea la felicidad.

Estudiar, leer, charlar con gente que sabe, con maestros… sirve para entender que es algo que todos tenemos y que, en realidad, eso que todos tenemos es lo mismo. Más allá todavía, la única conclusión es que todos somos lo mismo.

Escuché lo que contestó un maestro a la pregunta de un discípulo, de cuál era la diferencia entre los dos. La respuesta no dejó lugar a la duda: “Entre tú y yo no hay ninguna diferencia, pero tú no lo sabes y yo sí…”

Y ese es el final, ser consciente de ello. Cuando llegas a esa consciencia, ya no hay un “todos diferentes” o un “todos iguales”, sólo hay Uno.
Pero también el camino para recorrer es placentero, porque te va llenando de tranquilidad, de esa Paz, con mayúscula, de la que hablaba antes. Escribí hace tiempo que “el buen camino no es el que te conduce a la felicidad, es el que te permite ser feliz mientras lo recorres”. Y ¿quién no es feliz estando en Paz?

A partir de aquí, ¿por qué Laxmanjhula? Este pequeño pueblo cercano a Risikesh (algo más famoso porque es la procedencia del maestro de los Beatles) tiene algo muy especial, para mí y para otras miles de personas.

Aquí vive Sri Hans Raj Maharajji, un Gurú, mi Maestro.

Hay que olvidar, o al menos dejar de lado, las connotaciones que la palabra gurú tiene en Occidente, donde se la relaciona con falsos visionarios, sectas o, últimamente, genios del marketing y de las finanzas. En la India, su país de origen, Gurú significa “aquel que despeja la oscuridad” o “aquel que remueve los obstáculos”. Es el que te guía, el que te abre camino, el que te ayuda a situarte en tu lugar, para poder avanzar por este mundo tan próximo pero tan desconocido.

Un verdadero santo es como el sol, alumbra a todos por igual con sus rayos. No importa si los hombres son buenos o malos, tanto si hay limpieza como suciedad, el sol ilumina todo por igual.

El cómo llegué a él, carece de importancia, porque a un Maestro no lo buscas, él llega cuando te tiene que llegar y él sabe por qué. Después de un montón de circunstancias y casualidades, esas casualidades que en la India no existen, terminé en su ashram, enfrente de él. Sin saber, no si era mi Maestro, ni siquiera lo que era un Maestro, ni un ashram…

Además de lo que he contado del verano de 2002 en Varanasi, en mi vida han pasado muchas cosas “extrañas”, he conocido a gente realmente especial, mágica, en África, en América, en otros lugares de Asia, en tantos sitios…

Pero es aquí, al pequeño Laxmanjhula, donde regreso y regreso. Donde creo que avanzo, pasito a pasito, por ese camino que apenas vislumbré por aquella puerta que se entornó para mí hace unos cuantos años.

Esa puerta que está dentro de todos y cada uno de nosotros, Maharajji y otros como él, sólo representan lo que en realidad todos somos, pero no sabemos. Y están aquí para ayudarnos a verlo.

Hay quien necesita que, simplemente, le ayuden a localizar el camino y a partir de ahí continuar en solitario. Otros precisan que los lleven de la mano todo el tiempo. Hay también quien no quiere reconocer que le vendrían bien un par de cambios en su vida…

Yo continúo porque creo que es lo que debo hacer, creo que es lo que hay que hacer. Nadie puede ayudar a otros, entre los que incluyo a nuestros propios hijos, sin haberse ayudado a sí mismo. ¿Cómo enseñar a un niño por donde ir, si no lo tenemos claro nosotros?... Porque la buena intención no basta. No basta con lo que pensemos o creamos. Lo que ayer era bueno, hoy ya no lo es y esto pasa continuamente. Porque una vez más, las respuestas hay que buscarlas hacia dentro, no hacia fuera.

Y luego, podemos ayudar a otros, entre los que vuelvo a incluir a nuestros propios hijos, a recorrer su camino. Hacia dentro, no hacia fuera.

Así que os propongo empezar a recorrerlo, empezar a buscar la puerta. Ya puedo hablar desde la propia experiencia, cuanto más avanzo hacia dentro, más sencillo es todo fuera. Paz por dentro y tranquilidad por fuera.

Parece que toda esta historia comenzó en diciembre de 2004, cuando conocí a Maharajji, uno de estos seres especiales que constituyen el corazón de la India.

Y como creo que la India es el corazón, ya que sin la India el mundo no sobreviviría, estas historias, tanto la mía real como la que acabo de escribir, se llaman:

El corazón del corazón.


 Rishikesh. Julio 2007

miércoles, 4 de abril de 2012

No sé si regreso o voy

No sé si normalmente voy a España y luego regreso a la India o voy a la India y luego regreso a España.

Una vez escuché a alguien contestar a la pregunta: “¿Tú cuando vas a la India desconectas rápido de todo?” Y la respuesta, que hice mía en aquel momento (ya no) fue: “No, yo desconecto cuando regreso, en la India conecto…” Y digo que la respuesta ya no me vale porque ahora procuro estar conectado en ambos sitios (digo procuro porque unas veces sale mejor otras).

En fin que voy o regreso a España, a iniciar una nueva temporada.

La India se caracteriza principalmente por el aprendizaje, con la herramienta de la que tantas veces he hablado, la meditación, pero también con el encuentro con maestros y gentes de todo tipo, con vidas alternativas a la tradicional occidental. Cada día pasan cosas distintas dentro de la rutina habitual, cada conversación es absolutamente diferente a las que tengo en España, las posibilidades de aprender son muy grandes porque aquí aprendo a estar más atento a lo que sucede, más presente. Ves que a diario pasan miles de trenes en los que subirte, no existe ese “que sólo pasa una vez” del que hablamos en occidente.

Aquí hay muchos maestros ocultos, maestros personas, maestros situaciones, maestros emociones… La atención permite descubrirlos y aprovecharlos. Y hay muchos fuera, pero el verdadero, el más grande, está dentro. Los de fuera simplemente lo reflejan.

También cada temporada aprendo más de los habitantes del Planeta India. Sus costumbres, sus tradiciones, sus dioses y, sobre todo, su forma de ver la vida tan diferente a la nuestra (bueno, la mía ya no sé cual es).

Ayer, en un viaje en rickshaw pensaba que cualquier occidental que trabajara de conductor aquí duraría poco, pero le mataría antes un infarto que un accidente. Es espectacular la cantidad de “casi” golpes que hay cada minuto y no se inmutan… Me contaron hace poco una terapia que tiene que ver con la observación de los animales, como se quitan el estrés después de un trauma. Por ejemplo, una gacela no queda traumatizada de por vida si un león “casi” se la come, un hombre es posible que sí que quedara. Pero yo creo que un indio no. Porque aquí los camiones son peores que los leones y no veo ningún estrés en los conductores, esquivan por milímetros y siguen tan tranquilos. No sé si la gacela luego comenta algo con sus colegas gacelas, pero los conductores no, no tendría sentido porque es algo que a todos les sucede continuamente.

Cuando hablo de emociones en talleres o cursos, suelo poner el ejemplo de alguien que nos hace una faena con el coche. Todo el mundo lo entiende y se identifica con el cabreado. Aquí me mirarían igual que cuando les digo que si pueden hablar un poquito más bajo, o dejarme un poco de espacio… ¿De dónde ha salido este tío raro?.

En fin que aquí aprendo sobre espiritualidad, consciencia, etc. pero también sobre la vida misma. Ambos tipos de aprendizajes me vienen muy bien para la otra temporada, la española, porque esta se caracteriza por aplicar lo aprendido.

Primero hay que asentarlo, porque de la India te vienes con muchas más cosas de las que te das cuenta en un principio. Siempre digo que es un Planeta de extremos, lo mejor y lo peor, lo más bonito y lo más horrible conviven aquí. Y también extrae de ti todo eso, lo mejor y lo peor, lo más bonito y lo más horrible… Así que con eso es con lo que te vas encontrando y, al ir avanzando, sigues aprendiendo.

Como digo, en la temporada española me dedico a aplicar lo aprendido. Primero conmigo mismo, sino no tendría mucho sentido la segunda parte, que es la de aplicarlo también con los demás. Cuando trabajo como coach, en los talleres de desarrollo personal, meditación, etc. Pero también en el día a día, a veces un reto y a veces fluye naturalmente…

Así que en abril empieza la nueva temporada, a ver que nos trae, pero seguro que será muy buena, siempre lo es. Si trabajo mucho, enseño y si trabajo poco, aprendo, ¿qué más se puede pedir?


Rishikesh. Marzo 2012

martes, 24 de enero de 2012

La Montaña

Érase una vez un hombre viajero, que había recorrido muchos países del mundo buscando, sin saber ni siquiera que lo estaba haciendo. Sólo viajaba, sin más. Conoció mucha gente diferente y muchos lugares distintos. Aprendía de unos y de otros, pero seguía viajando, como si nada fuera nunca suficiente.

Un día llegó a un bonito valle, al pié de una gran montaña. Como le gustaba meditar y le pareció un lugar muy agradable, buscó una piedra plana donde sentarse, extendió su esterilla, se sentó y cerró los ojos frente a la montaña.

Y lo que sucedió fue que empezó a comprender.

Comprendió que todos los habitantes de ese valle, de muy diferentes nacionalidades, colores, ideales… terminarían subiendo esa montaña. Los había de todos los credos, incluso de ese que está en contra, muy en contra, de todos los demás. También había gente de todas las creencias, alguna de las cuales estaba muy extendida, ciencia la llamaban algunos y otros la razón. De hecho era una creencia tan extendida que ni pensaban que fuera una creencia igual que las otras.

Algunos de estos hombres habían iniciado ya el camino, otros notaban ya como algo tiraba de ellos hacia arriba y otros sentían cierta intranquilidad que todavía no sabían que provenía de la necesidad de subir. Muchos, la mayoría, unos felices y otros no, vivían totalmente ajenos a la montaña.

Comprendió que para subir había que tener humildad y valentía. Humildad para reconocer que no se sabe el camino y valentía porque podía perderse todo al recorrerlo. Todo lo que se cree que uno es.

Comprendió que para ayudar a subir la montaña había unos guías preparados, que conocían el camino. Algunos lo estaban para llegar hasta el final, otros sólo hasta etapas intermedias. Había muchos falsos, pero había algo muy importante que caracterizaba a los verdaderos, tanto a los que hacían el camino completo, como los que ayudaban sólo a recorrer una parte. Era la humildad. Los verdaderos guías eran humildes, te ayudaban hasta donde sabían llegar, después te ponían en manos de alguno más experimentado, mientras, ellos, también, continuaban aprendiendo. Había grandes guías, experimentados maestros que ayudaban a miles de personas a subir, utilizando diferentes vías, porque sabían para cada uno la que sería más conveniente.

Comprendió que había unos caminos ya trazados, muy marcados, que habían ayudado a muchos a llegar a la cima o cerca de ella. Los llamaban “religiones” y tuvieron tiempos mejores.

Comprendió que también existía otra montaña, que sólo era un feo reflejo de la original, donde los caminos no eran reales, por lo que no podían llevar a ningún sitio. Vio gente en estos caminos más preocupada de convencer a los otros de que era la suya era la única vía correcta que de buscar el objetivo. Incluso los había que luchaban entre sí. También vio otras sendas que sólo servían para dar vueltas y lucrar a falsos guías que engañaban y abusaban de incautos que habían caído en sus manos.

Comprendió que las religiones no eran los únicos caminos existentes. Seguían abriéndose nuevas vías hacia la cima por lugares insospechados, cada vez más y más.

Comprendió que había gente que había visto la montaña y había decidido recorrer el camino en solitario. Recordó la frase de un maestro que había oído hace varios años “El 95% de la gente necesita un maestro, pero el 90% piensa que pertenece al otro 5%...”. Gente a la que costaba pedir ayuda, pese a tener guías al alcance de la mano… Comprendió que cada uno tenía su momento y su forma de avanzar o de intentarlo.

Comprendió que todos los caminos tenían zonas tortuosas, pasaban por tormentas, por lugares oscuros y tenebrosos… También por paisajes floridos, bosques maravillosos. Quizás más adelante aparecían resbaladizas placas de hielo… Pero que había que continuar recorriéndolos, el objetivo cada vez queda más cerca, independientemente de que la zona a atravesar sea sencilla o dificultosa. Incluso cuando parece imposible de cruzar, la cima está para ser alcanzada por todos

Comprendió que él encontró la montaña en la India pero en realidad no estaba allí, no tenía una ubicación real. Estaba dentro de cada uno de los habitantes del valle, de todos los valles del mundo. Con cerrar los ojos, cualquiera podría encontrarla. Esa montaña, la real, es la Espiritualidad y sólo es visible a aquellos que creen en su existencia, al menos un poquito.

Comprendió que desde la cumbre, independientemente del camino seguido, las vistas eran las mismas. Cada uno había subido por donde le había correspondido, según los guías que le ayudaran, su lugar de nacimiento, su… ya que más da. No había colores, ideales, creencias o credos, sólo un lenguaje común que no se expresaba con palabras. El lenguaje del amor. Nadie habla otro ahí arriba.

Comprendió que aunque no fuera nada fácil explicar todo lo que había visto, su obligación era intentarlo.

Comprendió que comprendía.

Abrió los ojos sonriendo. La montaña no estaba allí, ya no hacía falta. Vio un pequeño papel doblado que cuidadosamente habían dejado sobre su pierna. Lo abrió y pudo leer, con lágrimas en los ojos:

CARNET DE GUÍA.


A los pies de Arunachala*. Tiruvannamalai. Enero 2012

*Arunachala es una montaña sagrada, cuyo significado aconsejo buscar a todos aquellos interesados en la figura de Ramana Maharsi, el más grande maestro que la India nos ha regalado. Estar a sus pies tiene un doble significado. La historia fue escrita bajo la montaña, pero también tiene el sentido de hacer “pranam” tocar sus pies con la frente o con las manos, como se hace en la India con los maestros, en señal de respeto.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Se ha puesto el sol

Titulo esta historia de la misma forma que el precioso email con el que me llegó la noticia. El 23 de octubre por la mañana, nuestro maestro Sri Hans Raj Maharajji murió en su ashram de Risikesh. O como se dice en la India, dejó su cuerpo. Y se dice así porque allí se comprende, se sabe, que el maestro no es el cuerpo. Como muchas veces él nos dijo “estoy en tu corazón”.

Maharajji, como todos le conocíamos, es la principal razón por la que pasamos varios meses al año en la India. Fue en diciembre del 2004 cuando llegamos a ese pequeño pueblo, Laxmanjhula, unos pocos kilómetros río Ganges arriba, de Risikesh. No sabíamos lo que era un ashram, ni un maestro y, además, no nos interesaba lo más mínimo. Tampoco conocíamos nada sobre la espiritualidad y habíamos huido, como tantos otros, de la religión, de todas las religiones.

Y cuatro días después de pisar por allí por primera vez teníamos un maestro, nuevos nombres y… nueva vida.

No soy capaz de explicar con la razón lo que sucedió porque tampoco lo entiendo con ella. Los que me conocéis o leéis de vez en cuando este blog, ya sabéis que en realidad no me importa mucho esto de la razón.

Lo describiría como un encuentro con lo más profundo de mi mismo, una explosión de amor, de felicidad, de paz… Pero una explosión que se produce y que se queda. En palabras de mi maestro “una apertura del corazón”. Eso, que se produjo por dentro, pronto empezó a tener su reflejo fuera. Nada forzado, nada triste, nada doloroso. Cambio de casa, cambio de trabajo, cambio de amigos, cambio de forma de ver la vida, cambio de… Muchos cambios. Y todos en la misma dirección, la de tener cada vez más paz y también la posibilidad de compartirla.

Nunca había escrito en el blog nada de esto, pero ahora conocéis el origen de todo, hasta de las historias del “Planeta India”. En breve estaremos allí de nuevo y no sé como me encontraré, ni siquiera si seguirá siendo el lugar donde pasar parte del año. Tampoco sé que nuevos cambios traerá a mi vida esta situación. Pero no tengo ninguna duda de que lo que venga es lo que tiene que venir, por lo tanto siempre estará bien.

Y la noticia trajo un nuevo aprendizaje. La comprobación de que la tristeza es algo mental, externo, como las lágrimas que se esfuerzan por salir. Por dentro sigue habiendo paz. La misma paz que descubrí en diciembre del 2004.


San Agustín del Guadalix. Noviembre 2011

sábado, 2 de abril de 2011

Un vaso de arcilla

Imaginemos un vaso lleno de agua y con un poco de arena en el fondo. Si movemos el vaso, la arena prácticamente no se mueve, aunque el agua lo hace violentamente. Si vamos, poco a poco, añadiendo arena, le vamos robando espacio al agua. Cuanta más arena echemos, menos turbulencia podemos causar en el interior del vaso, aunque lo continuemos moviendo. Cada vez podremos influir en una menor parte de él, porque sólo la parte del agua es sensible a las perturbaciones. Llegará un momento en que el vaso estará completamente lleno de arena y ya no quedará agua. Esa arena mojada solidificará en arcilla y permanecerá inmutable. Sólo ha podido suceder, cuando ya no queda ni gota de agua, entonces puede secar la arena y convertirse en un sólido bloque.

Si el vaso somos nosotros, el agua serían todas aquellas cosas que nos rodean, que nos parecen importantes, y que continuamente nos mantienen en tensión (positiva o negativa). La arena es el conocimiento que se obtiene siguiendo el camino interior. Avanzando en este camino, se va dejando menos espacio a la preocupación por las cosas cotidianas. La arena, lo sólido, va ganando terreno y afianzando el vaso, afianzándonos a nosotros.

Si continuamos reduciendo el espacio que dejamos para las preocupaciones (para el agua…), este se hará tan pequeño que, suceda lo que suceda, nos inquietará muy poco. Y cuando ya no quede ni un poquito de líquido, ya nada podrá afectarnos. Y me refiero, incluso, a la enfermedad, a la muerte… absolutamente a todo.

Esto no significa que seguir este camino deba suponer una ruptura con el mundo que nos rodea, significa, simplemente, verlo de otra forma, desde otro prisma. Desde la absoluta tranquilidad.

El camino interior… aquel en el que vamos poniendo arena, poco a poco o a paladas, en nuestro vaso, de tal forma que cada vez menos cosas podrán llegar a influirnos.

Quizás eso sea la iluminación, completar un vaso de arcilla…


Risikesh. Julio 2005