Bienvenidos a las historias del nómada.

Siempre me ha gustado escribir historias y que otros las lean. También contarlas, escucharlas, leerlas, vivirlas... Historias para reír, para pensar, quizás para llorar... Historias al fin y al cabo de las que están hechas nuestras vidas.

Me pareció buena idea aprovechar este lugar para lanzar al viento algunas de las que he vivido, en cualquiera de los dos mundos, el real o el imaginario (igual de real, porque ambos pueden considerarse también imaginarios).

Bonita sensación la del que arroja una botella al mar con un mensaje, que no sabe donde irá y quien llegará a leerlo.

Aquí va mi botella, quizás alguna vez hasta sepa donde llegó...



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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Bharat

Es que ya no sé como titular las historias cuando llego al Planeta India… Bharat es el nombre en sánscrito del país. Así que aquí estoy de nuevo, en Bharat.

Después de 24 horas justas de puerta a puerta, ya estoy en casa india. De esas 24, las últimas siete fueron recitando el mantra del que ya hablé hace una par de años (http://historiasdelnomada.blogspot.in/2011/02/y-vuelta-volver.html) así que no lo repetiré, pero sigue de plena actualidad.

Podría pensarse después de releer aquella historia que las carreteras van mejorando dado que siempre están en obras, pero he llegado a la conclusión de que las obras realmente son para estropearlas, sino no se explica. Al menos esta carretera, la que va de Delhi a Risikesh, lleva de obras toda una vida y se siguen tardando más de siete horas en hacer menos de 240 km.

Lo primero que hice al llegar fue pedirme un tali para cenar. Es un plato indio dividido en secciones, cada una con alguna verdura que pica mucho y arroz en el centro. Mucho es mucho, se me fundieron dos empastes… Año tras año sigo intentando encontrarle el gusto al picante y no lo consigo. En realidad lo sigo intentando porque no tengo más remedio ya que es bastante ineludible a no ser que te alimentes de fruta del tiempo (y eso, en España es un postre de restaurante, cutre, pero un postre).

Luego, ya instalado en la suite habitual, comprobé que todo seguía igual. Las sábanas eran viejas conocidas, las toallas también y las mantas seguían de pie. Podía pedir que lavaran todo pero pensé que era mejor acostumbrarse cuanto antes. Es más fácil que yo coja el olor de todo y deje de extrañar el jabón de Marsella que cambiar un pueblo entero. Uno de los lujos que tú lector no te das cuenta que tienes a diario, el olor de la ropita cuando sale de la lavadora. En unos meses se me saltarán las lágrimas al sentirlo.

Lo más impactante de estos primeros días ha sido el hablar con algunos amigos y conocidos acerca de la catástrofe que sucedió aquí a mediados de junio y que en España pasó prácticamente desapercibida. Realmente no entiendo el criterio para seleccionar que noticias internacionales son portada o al menos importantes y cuales no los son. De la India lo único que he leído estos meses han sido casos horribles de violaciones que, desgraciadamente llevan ocurriendo siempre y ahora se han hecho famosos. Del desastre del que hablo, que se ha catalogado como el tsunami de los Himalayas, casi no vi nada, más que lo que busqué en Internet. Parece que entre muertos y desaparecidos ha habido más de cien mil, los más optimistas dicen cincuenta mil y el gobierno… siete mil. La explicación me la dieron ayer muy clarita, sólo cuentan a los ricos, al menos los que tienen a alguien que los reclame o pregunte por ellos. Las familias, pueblos, comunidades que han desaparecido enteras, no están contabilizadas. Gente pobre, paupérrima, de las montañas. Es mejor que no se sepa porque perjudicaría el turismo que está creciendo y creciendo en esta región.

Pero lo que más me ha sorprendido es como se toma la gente esto que ha sucedido. Imagino una situación similar en España o en cualquier lugar de Occidente. El país entero estaría de luto durante años y años, se victimizaría media población, no sé si se superaría jamás… Creo que arrastramos las desgracias demasiado tiempo, incluso tengo la sensación de que nos regodeamos en ellas.

En la India se ve diferente, no se da tanta importancia a la muerte quizás porque tampoco se le da a la vida. Pasan cosas continuamente, algunas horribles y otras maravillosas y todas se aceptan con bastante naturalidad. Es cierto que en mi pueblo no ha habido daños personales y no muchos materiales, pero estuvieron viendo pasar los cadáveres que arrastraba el río que crecía y crecía. Y no sabían cuando iba a parar.

Por ahora no he oído a nadie hablar de lo injusta que ha sido la naturaleza o lo pobrecitos que son los que lo han sufrido. He oído más sobre Shiva que, enfadado por lo que estaba sucediendo en sus lugares sagrados, ha descargado su furia sobre Kedarnath. Es cierto que curiosamente allí, donde se originó la catástrofe, sólo ha quedado en pie el templo de Shiva, todo lo demás desapareció bajo las aguas del Ganges.

Y, mientras tanto, mi culo comienza a aplanarse de meditar en el suelo, comer en el suelo, leer en el suelo…, la espalda ya ha empezado a quejarse, los pies ya están un poco negros de ir descalzo (si que me ducho a diario pero hay un momento en que te rindes), el frío está llegando antes de tiempo porque parece que hay mucha nieve en las montañas (la que no se fundió y arrasó con todo, digo yo), el río está precioso (curiosamente nadie le acusa, sigue siendo la madre Ganga) y casi todo sigue igual o parecido.

Ya ha empezado la época de meditación más intensiva para beneficio, espero, de mente y espíritu y para perjuicio, constato, del cuerpo. El lugar es de nuevo el samadhi de mi maestro que nos ayuda a entender todo lo que aquí he contado desde lo divertido a lo horrible, desde las carreteras con baches hasta los desastres naturales, ya que en realidad, todo es parte de lo mismo.

¿Y qué es lo mismo? Buena pregunta, seguiremos informando…



Risikesh. Noviembre 2013

lunes, 15 de abril de 2013

Pujas

Pronúnciese puyas, porque sino parece una lonja, y escríbase no sé como porque es una palabra sánscrita. Son ceremonias milenarias y se celebran para todo. Nacimientos, muertes, bautizos, al amanecer, al atardecer, cuando se estrena casa, habitación, negocio, coche, moto, bici, para pedir, para agradecer, cuando el niño toma su primer alimento sólido, en cumpleaños, en días especiales (que hay muchísimos), para Durga, para Ganesh, para Shiva (los lunes), para Hanuman (los miércoles), para los otros millones de dioses…

Como tantos rituales de todas las religiones, todo el mundo participa pero casi nadie sabe el verdadero significado. En el caso de las pujas es anterior al hinduismo, de la época prevédica.

Y, tengo que confesarlo, a mí no me gustan, me aburren muchísimo. Llevo unas semanas por aquí y he conseguido no asistir a ninguna. He rechazado amablemente cuatro invitaciones (una por una operación, médica no financiera, otra por un nacimiento y dos por algo que no me he enterado muy bien). Además he conseguido esquivar también las que han ido haciendo en mi ashram.

Mi aversión comenzó hace unos años cuando me invitaron a una y duró… dos horas. Estaba sentado en primera fila, en el lugar de honor, rodeado de un montón de gente, con una imposible escapatoria. Fueron pasando rituales y minutos, y más rituales y más minutos… En fin, ahí decidí que yo no era puyero y que intentaría evitarlas el resto de mi vida… Y digo intentaría porque es imposible no participar en unas cuantas en cuanto pasas una temporada en este Planeta.

También cuesta esquivarlas por la calle. Hay pseudopujaris que persiguen a la gente por la calle para hacer una rapidita, por aquí tenemos a uno disfrazado y pintado de Hanuman (el dios mono) que hace hasta el ruido de su representado. Hay lugares en los que tienen espías en las estaciones de buses para que no se les escape un extranjero sin su puja… Porque aunque la India entera es sagrada, hay unas zonas más sagradas y, dentro de ellas, unos lugares más sagrados todavía… Y aquí están los “brahmines de presa” que no dejan pasar una sola víctima que acuda a rendir honores a la estatua, árbol, cueva o lo que sea. Están al acecho y te agarran literalmente, no vaya a ser que te vayas sin su bendición.

Algo que tienen las pujas es que son contagiosas, todos los extranjeros que hay por aquí también las encargan… Como si no tuviera bastante con evitar las de los indios. Yo no sé si esta gente en su país encarga tantas misas como aquí pujas, pero si es así deben tener a los amigos braseados o del opus.

Parece que te invitan a un divertídisimo fiestón cuando te lo dicen. ¡Mañana puja! Yupi… me voy a tirar una hora incómodo, con los oídos reventados, entre un montón de gente empujando y sin entender nada…

La puja genérica, puesto que hay de muchos tipos, consiste principalmente en uno o varios pujaris (que son los que la hacen), recitando en sanscrito. Prácticamente no entiendo nada de hindi, quitando algunas cosas de comer, así que imagina lo que entiendo de la recitación de unos textos que tienen miles de años. Si pillo el nombre de algún dios o algún trozo de mantra que me sepa, me sonrió con aires de controlarlo todo. El pujari habla y los asistentes repiten, menos uno, yo, que hace playback. Además se acompaña con un montón de cosas, flores, dulces, fruta, frutos secos, arroz, leche, agua, incienso, velas, hojas… Y el sonido de campanillas, caracolas sopladas y, al más agradable, un trozo de hierro contra otro. Digo sonido por no parecer irrespetuoso.

Yo hago lo que siempre hacía en misa, imitar a los demás. En lugar de sentarme, ponerme de pié y arrodillarme, aquí tiro flores, paso mis manos por encima del fuego o lo muevo en círculos. Y repito lo que otros dicen o hago como si lo hiciera. Pongo cara seria, bostezo para adentro y me hago el remolón al levantarme, ganando unos segundos de descanso. Creo que de esa época de misa me viene la habilidad de escaquearme en las pujas, porque yo fui de monaguillo del lado izquierdo. En mi tierna infancia el monaguillo del lado izquierdo no hacía nada pero recibía el mismo premio que el del lado derecho, recortes y vino. Los más jóvenes no sabrán de lo que hablo, pero muchos os sonreiréis al recordarlo.

En un sitio como Risikesh que, como he repetido muchas veces, es de los más sagrados de la India y donde está completamente arraigado el hinduismo, el número de pujas tiende a infinito. Lo bonito es que las más importantes se acompañan de megafonía. Megafonía es un término, como muchos otros, que en la India se queda corto. Espectaculares altavoces en tamaño y potencia, que no en calidad, compiten por hacerse con el espacio aéreo en los días más señalados, en un verdadero pique de puyas. También debo destacar que, aunque los mantras se recitan en una especie de canto, no necesariamente para ser un buen pujari hay que tener buena voz, incluso podría afirmar que debe ser una condición poco valorada.

Tengo que reconocer que una vez encargué una… La verdad es que todavía no había desarrollado esta aversión y además el pujari es amigo nuestro desde hace muchos años. Fue cuando estrenamos la nueva casa. Como es un chalet, el linaje de nuestro maestro se llama linaje de Saccha (que significa “verdad”) y yo soy un tío muy ingenioso, se me ocurrió el nombre “Sacchalet”. Empezó siendo una coña, pero cuando nuestro amigo Ashok dijo el nombre en la puja y que estaba en San Agustín del Guadalix, con su acento indio, recitando en sanscrito y diciendo el castizo nombre de mi pueblo, con Sacchalet se quedó. Además en ese momento decidimos hacer un hall de meditación en la buhardilla, el lugar sagrado de la casa. Todavía Ashok nos pregunta por Sacchalet siempre que nos ve, mi ingenioso nombre aquí gusta…

Así que por aquí ando ojo avizor, ya que varios amigos han tenido niños, otros han cambiado de casa y, además están los guiris que si no tienen motivos, se los inventan.

Mi aquí expuesta ignorancia sobre las pujas y el humor de la historia no significa que no las respete, al igual que a todos los ritos de todas las religiones. Son una de las bases de la religión y la forma de que la gente recuerde a menudo a sus dioses. Que en los tiempos que corren, no está de más mirar hacia allá.


Y desde que he escrito, ya llevo dos. Una en el samadhi y otra en el Ganges. Han sido preciosas, pero ya no voy a borrar la historia…


Risikesh. Febrero 2013

miércoles, 30 de enero de 2013

Largo camino

Ha sido largo el camino. El que me ha traído al blog de nuevo (varios meses…) y el de regreso al Planeta India. Sobre el blog poco puedo decir, más que no he escrito prácticamente nada en este tiempo. Me disculpo con aquellos que se que esperan las nuevas historias, probablemente no muchos pero sí que fieles seguidores. Como dije una vez, algo que escuché en el norte de argentina sobre una revista, este blog es un “tantuario”, que sale cada tanto…

En cuanto al Planeta India, el viaje ha pasado por Vietnam, Camboya y Bangkok, antes de recalar de nuevo en la “Casa de Huéspedes de la Diosa Ganga”. El año pasado se hizo largo tanto tiempo aquí sin la presencia física de nuestro maestro, así que este año decidimos retomar una vieja costumbre abandonada, la de viajar un poco.

La idea inicial de este viaje era meditar con budistas. Buscar algún lugar donde establecernos en uno de los dos países y pasar una temporada, parecida a la india, pero en otro ambiente. Pero la cosa empezó mal… Cuando el viaje interior y el exterior no coinciden, no se está a gusto, o al menos yo no lo estoy. Y eso es lo que pasó. Empezamos a recorrer Vietnam buscando ese lugar y no existe… Bueno, o no lo encontramos. El partido comunista que gobierna por allí desde hace tiempo, no le ha dado mucha cancha a la meditación, la espiritualidad, los templos, etc. Así que cuando nos sentábamos en algún sitio y cerrábamos los ojos éramos unos bichos muy raros. Y como por allí se comen todo tipo de bichos (en Hanoi, por poner un ejemplo, hay una calle con sesenta restaurantes especializados en carne de perro) decidimos hacer las cosas raras en privado.

Así que el recorrido por Vietnam fue con una especie de enfrentamiento por dentro. Un “¿qué hago yo aquí?” frente a un “ya que estás aquí, aprovecha, atontao”. Además aderezado con la sensación de ser un trozo de carne con dinero en casi todos los lugares interesantes del país, dado que todos los turistas pasan, pasamos, por los mismos lugares.

En Camboya la parte del “¿qué hago yo aquí?” prácticamente se había rendido, así que pude disfrutar más el viaje. Además el país, quitando un par de lugares, es muy poco turístico así que era más divertido moverse por allí.

El último paso fue llegar a Bangkok para volar al Planeta India. Pasar de Bangkok a Risikesh es un salto cuántico, en cinco horas de avión y ocho de coche. De los rascacielos y de la oferta del “ping pong show” (el que no sepa lo que es que lo busque en la Espasa o en Wikipedia), al ashram y los sadhus…

Un viaje interesante, en el que hemos visto en que consisten el infierno y el cielo. La guerra de Vietnam, los jemeres rojos, el turismo sexual… Frente a maravillas naturales como la bahía vietnamita de Halong o las islas de Camboya y humanas como los templos de Angkor. Todo cabe en este mundo de dualidades extremas.

Y mientras ordenábamos la habitación donde nos instalamos de nuevo, el último recuerdo del viaje volaba… Un mono se llevó las dos últimas chocolatinas tailandesas, recordándonos donde estábamos.

Largo camino, pero al fin en casa. En las dos, en el Planeta India y en el blog.


Risikesh. Enero 2013

martes, 25 de septiembre de 2012

El corazón del corazón


Parece que toda esta historia comenzó en diciembre de 2004, digo la de empezar a venir siempre al mismo sitio de la India, a meditar y a profundizar en un camino que parecía nuevo. Y fue de nuevo el afán de aventura, el de viajar, el que me trajo hasta aquí.

Digo esto, que parece que empezó en 2004, porque en realidad fue en agosto de 2002, en Varanasi, también en la India, donde medité por primera vez. Allí, con una ayuda que hasta años más tarde no comprendí, de un viejo sadhu, descubrí algo realmente fascinante. Había toda una posibilidad de viaje para realizar dentro de mí, sin necesidad de desplazarme a ningún lado. Aquella vez sólo me asomé por una puerta que logré entornar… Y vi un mundo nuevo, inmenso, inexplorado, entero para descubrir, virgen y tan cerca, tan cerca, que estaba dentro de mí…

Y es tan sencillo de recorrer que no hay que hacer nada. Aunque ese es el principal problema, que no hay que hacer absolutamente nada. Y no sé no hacer nada, casi nadie sabemos no hacer nada. Ni en la más completa quietud dejamos de hacer cosas. Pero, cuando conseguimos parar nuestra mente, aunque sea una fracción de segundo, aparece la puerta… Si te asomas estás perdido… En realidad, si te asomas, has ganado. Porque ya sabes lo que tienes que hacer, simplemente entrar y quedarte al otro lado.

Al otro lado, lo único que puedo decir es que hay paz. Leí un montón de libros que explican acerca de la Unidad, de la Energía Universal, de Dios, de la Nada, del Todo… No sé como se llama, ni siquiera sé que es, pero sé lo que se siente y es Paz. Paz interior, tranquilidad absoluta, inalterable… Quizás eso sea la felicidad.

Estudiar, leer, charlar con gente que sabe, con maestros… sirve para entender que es algo que todos tenemos y que, en realidad, eso que todos tenemos es lo mismo. Más allá todavía, la única conclusión es que todos somos lo mismo.

Escuché lo que contestó un maestro a la pregunta de un discípulo, de cuál era la diferencia entre los dos. La respuesta no dejó lugar a la duda: “Entre tú y yo no hay ninguna diferencia, pero tú no lo sabes y yo sí…”

Y ese es el final, ser consciente de ello. Cuando llegas a esa consciencia, ya no hay un “todos diferentes” o un “todos iguales”, sólo hay Uno.
Pero también el camino para recorrer es placentero, porque te va llenando de tranquilidad, de esa Paz, con mayúscula, de la que hablaba antes. Escribí hace tiempo que “el buen camino no es el que te conduce a la felicidad, es el que te permite ser feliz mientras lo recorres”. Y ¿quién no es feliz estando en Paz?

A partir de aquí, ¿por qué Laxmanjhula? Este pequeño pueblo cercano a Risikesh (algo más famoso porque es la procedencia del maestro de los Beatles) tiene algo muy especial, para mí y para otras miles de personas.

Aquí vive Sri Hans Raj Maharajji, un Gurú, mi Maestro.

Hay que olvidar, o al menos dejar de lado, las connotaciones que la palabra gurú tiene en Occidente, donde se la relaciona con falsos visionarios, sectas o, últimamente, genios del marketing y de las finanzas. En la India, su país de origen, Gurú significa “aquel que despeja la oscuridad” o “aquel que remueve los obstáculos”. Es el que te guía, el que te abre camino, el que te ayuda a situarte en tu lugar, para poder avanzar por este mundo tan próximo pero tan desconocido.

Un verdadero santo es como el sol, alumbra a todos por igual con sus rayos. No importa si los hombres son buenos o malos, tanto si hay limpieza como suciedad, el sol ilumina todo por igual.

El cómo llegué a él, carece de importancia, porque a un Maestro no lo buscas, él llega cuando te tiene que llegar y él sabe por qué. Después de un montón de circunstancias y casualidades, esas casualidades que en la India no existen, terminé en su ashram, enfrente de él. Sin saber, no si era mi Maestro, ni siquiera lo que era un Maestro, ni un ashram…

Además de lo que he contado del verano de 2002 en Varanasi, en mi vida han pasado muchas cosas “extrañas”, he conocido a gente realmente especial, mágica, en África, en América, en otros lugares de Asia, en tantos sitios…

Pero es aquí, al pequeño Laxmanjhula, donde regreso y regreso. Donde creo que avanzo, pasito a pasito, por ese camino que apenas vislumbré por aquella puerta que se entornó para mí hace unos cuantos años.

Esa puerta que está dentro de todos y cada uno de nosotros, Maharajji y otros como él, sólo representan lo que en realidad todos somos, pero no sabemos. Y están aquí para ayudarnos a verlo.

Hay quien necesita que, simplemente, le ayuden a localizar el camino y a partir de ahí continuar en solitario. Otros precisan que los lleven de la mano todo el tiempo. Hay también quien no quiere reconocer que le vendrían bien un par de cambios en su vida…

Yo continúo porque creo que es lo que debo hacer, creo que es lo que hay que hacer. Nadie puede ayudar a otros, entre los que incluyo a nuestros propios hijos, sin haberse ayudado a sí mismo. ¿Cómo enseñar a un niño por donde ir, si no lo tenemos claro nosotros?... Porque la buena intención no basta. No basta con lo que pensemos o creamos. Lo que ayer era bueno, hoy ya no lo es y esto pasa continuamente. Porque una vez más, las respuestas hay que buscarlas hacia dentro, no hacia fuera.

Y luego, podemos ayudar a otros, entre los que vuelvo a incluir a nuestros propios hijos, a recorrer su camino. Hacia dentro, no hacia fuera.

Así que os propongo empezar a recorrerlo, empezar a buscar la puerta. Ya puedo hablar desde la propia experiencia, cuanto más avanzo hacia dentro, más sencillo es todo fuera. Paz por dentro y tranquilidad por fuera.

Parece que toda esta historia comenzó en diciembre de 2004, cuando conocí a Maharajji, uno de estos seres especiales que constituyen el corazón de la India.

Y como creo que la India es el corazón, ya que sin la India el mundo no sobreviviría, estas historias, tanto la mía real como la que acabo de escribir, se llaman:

El corazón del corazón.


 Rishikesh. Julio 2007

sábado, 21 de julio de 2012

Flores

Todas las mañanas me levanto antes de las 5 y me voy a recoger flores. Flores que servirán para decorar el templo de mi ashram. Que se ofrecerán preciosas a todos los visitantes, que las verán, olerán y tocarán.

Cuando paseo por el jardín con mi cesta de mimbre voy sintiendo a las flores y creo que ellas me sienten a mí. Algunas se me ofrecen, ansiosas por venir conmigo, otras, tímidas, se esconden detrás de hojas y espinas. Unas se dejan caer en mi mano, según la acerco, sin necesidad de que haga ningún esfuerzo por cortarlas. Algunas, las más inalcanzables, se esfuerzan hacia mí, igual que yo me esfuerzo hacia ellas, si notan que no llego donde están ubicadas. Las hay que se hacen querer, presumidas y otras quieren venir rápido conmigo, antes de ponerse mustias, aprovechando su última oportunidad…

Para mí es una gran responsabilidad, porque yo debo seleccionarlas y todas quieren lucir bellas, lozanas, en su máximo esplendor, en el altar del templo. Saben que de allí van a la Ganga, al Ganges, al río más sagrado… Librándose también quizás ellas, al igual que los humanos, del samsara, el casi eterno ciclo de las reencarnaciones.

Cada mañana, con las flores, pinto cuadros, compongo melodías, escribo poesías… De forma anónima, puesto que casi nadie sabe quien decora el templo y poco reconocida, puesto que no suele repararse en el diseño de las obras.

Y cuando parece que ya está terminada llega uno y pone una flor nueva, otro cambia una de sitio y aquel roba una rosa… Así el cuadro, la melodía, la poesía van cambiando, permanecen vivos…

Son efímeras obras de arte, probablemente sólo advertidas si no existieran, puesto que su ausencia sí que llamaría la atención. Es algo que debe existir.

Luego todas, las rosas, los lirios, los jazmines, las anónimas y omnipresentes flores amarillas… las orgullosas, las tímidas, las atrevidas… acaban en un cóctel multicolor que termina flotando en el río y componiendo nuevas obras de arte, también cambiantes, también vivas…


Rishikesh. Agosto 2007

viernes, 13 de enero de 2012

Entonces ¿por qué vengo? (Planeta India)

Parece que con la historia anterior he conseguido que mucha gente que tenía dudas sobre si venir o no a la India, haya decidido no hacerlo jamás. Mucho mejor, porque como aquí hay poquita gente, en cuanto viene alguien enseguida se nota…

Pero creo que es de justicia compensar y contar algunas de las razones, quizás las más fáciles de comprender o al menos de explicar, que me hacen venir aquí invierno tras invierno y además largas temporadas (que a su vez suman años ya). Sé que asumo el riesgo de que os lancéis todos en masa hacia acá y me cueste volver a conseguir billete de avión, pero lo hago gustoso, creo sinceramente que os merecería la pena.

Como un maestro acaba de decirle a unos amigos que vinieron una semana a visitarnos: “si miras la India sólo con los ojos verás muchas cosas feas, pero si la miras con lo ojos del corazón, descubrirás muchas maravillas”.

Lo que hago aquí principalmente es aprender y mi método de aprendizaje más importante es la meditación. Es cierto que en cualquier sitio se puede, y se debe, meditar, pero aquí puedo dedicarle la mayor parte del día. En España, entre compromisos variopintos y la vulgaridad esa llamada trabajo, es más difícil hacerlo tanto tiempo.

Sobre la meditación ya he hablado en alguna historia anterior (¿no las has leído? Deja de leer esta y acude a ellas para saber de qué se trata) y seguro que seguirá apareciendo. Así que ahora os contaré otro tipo de aprendizajes que también obtengo de este planeta y que vienen a diario, sólo hay que tener los ojos y oídos abiertos y, sobre todo el corazón. Cualquiera puede enseñarte y toda situación trae algo para ti, sólo hay que estar atento…

1. Inexistencia del tiempo. Todos sabemos que el tiempo no existe, simplemente es un invento del hombre (quizás en este caso de la mujer), para organizarse de una determinada manera. Es algo que aquí se comprueba constantemente, pero seguro que vosotros también. Vuela cuando hacemos algo placentero y se eterniza cuando algo es aburrido o doloroso. Pero… ¿no son los mismos minutos?. Y aquí existe el “indian time” que significa: “quedamos a la hora que quieras y yo aparezco a la hora que quiero yo”. Esto enlaza con el punto 2.

2. Paciencia. La aprendes. A la fuerza. O te suicidas, claro. Pasan las cosas que tienen que pasar y cuando tienen que hacerlo, que no coincide necesariamente con tus previsiones. De hecho, si coincide, es que alguna previsión hiciste mal. Esto hace que, poco a poco, claro, pacientemente, te vayas dando cuenta del punto 1. Entonces empiezas a comprender el punto 3.

3. Nada es realmente importante. Y si algo crees que lo es, vuelve a leer el enunciado de este punto. Y digo nada, porque todo es pasajero, intemporal, nada permanece, por lo que no puede ser importante algo que pronto pasará. Sí, incluso esta vida que llevamos de la forma que sea. (Autopromoción: lee la historia “El pequeño Nicolás”).

4. Felicidad. La teoría te dice que la felicidad no depende de los bienes materiales, puesto que todos conocemos gente con muchas posesiones y tremendamente infelices y otros, mucho más pobres, pero muy satisfechos con su vida. Pues esa teoría aquí la ves, la vives, la experimentas a diario. Una vez dije, hace mucho, mucho tiempo, que me encantaba ir a los sitios que si tenías mucho dinero sólo te sirviera para poder desayunar tres veces… En muchas partes de la India es así. La gente no tiene prácticamente nada. Y sin necesidad de irte a las recónditas aldeas. He estado en muchas casas de amigos donde viven 4 personas en menos de 9m2, con todas sus pertenencias, mobiliario, ropa, cocina, etc. Y me enseñan a ser feliz cada vez que hablamos o cuando me invitan a comer o tomar el té. ¿Significa su felicidad que no tengan problemas? Nooooooo. Tienen en un mes más que tú y yo en toda nuestra vida, pero ya saben que eso no es la felicidad. No es ser feliz las 24 horas los 365 días, es disfrutar ahora de lo que este ahora nos trae. Y desde ahí ir afrontando lo que venga.
Siempre digo que no soy más feliz en mi chalet de Madrid, donde vamos sobrados de espacio, con dos coches, mucha ropa, hipermercados, etc. que en mi cuarto de la India. Tampoco más infeliz. Estoy bien en los dos sitios. Quizás todo el mundo pueda entenderlo, pero es tan bonito comprobarlo…

5. Aceptación. Las cosas pasan, las cosas son… Y no necesariamente son y pasan las que a nosotros nos gustaría. De hecho, aquí no suele coincidir. Pero es que ¡son las que son! Y aprendes a aceptarlas. Primero te cabreas, luego te resignas y, un día, te sorprendes porque ¡sonríes! Y aceptas. Los maestros dicen que la vida te trae lo que necesitas, no lo que quieres…

6. Silencio. Ahí está el mayor aprendizaje, en el silencio exterior e interior. Si lo consigues, ya no necesitas nada más. Es fácil evitar conversaciones innecesarias, no ves la tele, pocos periódicos, poco Internet, poco teléfono… Puedes irte centrando más fácilmente e ir hacia dentro. Aquí, en este planeta, pese a que probablemente sea el más ruidoso del mundo, existe un gran silencio debajo de todo ese ruido. Y aprendes a conectar con él, que a su vez te lleva al tuyo.

7. Espiritualidad. Esa es otra historia que en otro momento será contada…

En serio, ven. No te arrepentirás. Abre los ojos, abre la mente y, sobretodo, abre el corazón. No conocerás un país, te conocerás mejor a ti mismo.


Tiruvannamalai. Enero 2012

martes, 3 de enero de 2012

Ya estoy aquí, del todo (Planeta India)

Llevo ya más de un mes en este Planeta y ya puedo afirmar que estoy aquí del todo. ¿Qué cómo se sabe eso? Hay unos síntomas clarísimos que paso a narrar a continuación. Los hay mentales y corporales. Los espirituales ya hablaremos de ellos… O apuntaos a los talleres, que es más caro que el blog, pero se aprende más.
En mi caso, la mente se habitúa antes a los cambios. Está ya acostumbrada (¿harta?) a estar siempre de acá para allá con tanto cambio de planeta.

Principales síntomas que demuestran que ya estás aquí, del todo:

1. No saltas, ni siquiera te sobresaltas en exceso, con los pitidos o gritos, extremadamente altos, aunque sucedan a 10 cm. de tu oreja. Muchas veces son los mismos 10 cm. a los que ha pasado la moto o el coche de tu cuerpo. Tú sigues avanzando, charlando o ensimismado (¿o aquí se dice entimismado?), como si nada hubiera pasado. La verdad es que me gustaría que alguien viniera a medir alguna vez los niveles de contaminación acústica de pueblos y ciudades indias, seguro que tendría que renovar todo el equipo.

2. Simplemente quitas la cucaracha que corre por tu plato sin darle mucha vueltas (ni al asunto, ni mucho menos al plato, claro). Mi duda es qué tamaño de cucaracha es el que me haría rechazar el plato. Es cierto que las grandes dan más asco, pero también que son más fáciles de coger. La última, pequeña, se escondió detrás de las patatas y no había manera. Es la vida, me dijo un amigo indio… Y es cierto, lo que pasa es que la vida en según que formas, da cosita… Pero ya no, porque ya estoy aquí, del todo.

3. Los ratones son seres vivos como nosotros y por eso suelen estar en los mismos sitios. El último me saltó por encima mientras meditaba (yo, no el ratón). No podía mosquearme, nos asustamos los dos. Yo pensé, como dijo una vez mi sobri: “si tiene ropa no lo cogeré”. Ella esperaba al ratoncito Pérez, yo que no apareciera la madre.

4. Mejor decir “camarero, hay un pelo en mi sopa” que “camarero, hay una sopa en mi pelo”. Dado el nivel profesional de los empleados de los restaurantes, ambas posibilidades son reales y ambas han sido por mí contempladas. En realidad, lo que te parezca a ti da igual, el camarero dará la misma importancia a la una o a la otra. En el primer caso quitará el pelo con sus dedos y en el segundo intentará quitar la sopa con una servilleta de “las que resbalan”.
5. Ayer un camarero pidió mi botella mientras la llenaba de agua filtrada, para dar de beber a otro cliente que le había pedido agua. Este, otro indio, bebió a morro y dio las gracias. Al camarero, no a mí que me quedé mirando la escena con cara de gilipollas. Luego me dio la risa, claro. Creo que debe ser un mecanismo de defensa, o te descojonas con todas las cosas que cuento en este blog (absolutamente ciertas) o debería replantear seriamente mi vida. ¿Qué coño hago aquí?.

6. Creo que ya he comentado alguna vez que la sensación de intimidad desaparece. Puede haber alguien mirándote a 20 cm. de tu cara sin cortarse un pelo. Y, probablemente, si algo le llama la atención de ti o de tus cosas, te señale y grite para llamar a todos sus colegas. Si son paisanos de algún pueblo, te puedes ver rodeado por 30 personas mirándote fijamente. Así que, si eres chica y rubia, aféitate la cabeza al cero, mejor parecer una Hare Krishna que cruzarte con un grupo de curiosos peregrinos. Yo, que no soy ni chica ni rubia, me he hecho miles de fotos con los que me lo han pedido, me imagino lo que debe ser estar buena…

7. La capacidad de esquive de todo tipo de obstáculos ya la comenté en el capítulo anterior. Aunque me dejé uno importante porque tiene una doble faceta. Los escupitajos. Debes estar atento al sonido proveniente de cualquier garganta (si, garganta, no boca) para intuir por donde aparecerá el proyectil. La segunda faceta es que cuidadín con pisarlos. Hay algunos que, gracias a su tamaño y composición, patinan más que si haces snowboard.

8. La espalda se queja, pero ya no chilla. Unas 8 ó 10 horas sentado en el suelo, esterilla o cojín, machaca cualquier espalda. Y la que viene fastidiada de serie no mejora. Así que un claro síntoma de que ya estás aquí del todo es que puedes seguir andando y levantarte casi sin ayuda…

9. El estómago se acostumbra y comprende que a veces viene una de cal y a veces una de arena. No sé cual pica más, la de cal o la de arena.

10. Los tobillos hacen callo (sí, se pueden endurecer los tobillos, yo hace años tampoco lo creía…) y las plantas de los pies se van convirtiendo en suelas de los pies. No al nivel de la gente de aquí, claro, que llevan neumáticos.

11. El culo se “amandrila”, en cuanto a que se pone duro, no al color. Bueno, el color no me lo veo, ni tengo intención de mirarlo, no vaya a ser...

12. Te acostumbras a vivir y convivir en 10m2 (¿Cuántos sobran en Madrid?). A vestir con muchas menos cosas, a comer y beber muchas menos cosas, a hablar de muchas menos cosas… Al silencio del que ya he hablado alguna vez, por fuera y por dentro…

Sobre todo, ya se que da igual las veces que haya venido. Me sigo sorprendiendo. Eso es lo mejor de este Planeta, con todas las ocasiones en las que he estado aquí y con la de tiempo que he pasado, sigo aprendiendo y alucinando a diario…


Rishikesh. Enero 2012

jueves, 29 de diciembre de 2011

Paseando… (Planeta India)

Os voy a contar un paseo por mi barrio, en el que hay unas cuantas cosas que no varían mucho de un día para otro, ni siquiera de un año para otro.

Hay que ir esquivando grandes boñigas de vaca y otros seres, saltando charcos que vaya usted de donde salen si hace semanas que no llueve (y no, nunca pregunto acerca de ello), evitando resbalar con miles de plásticos que tuvieron diferentes utilidades y ahora sólo tienen la de enguarrar, saltar a gente sentada, gente tumbada, gente muerta… Bueno esto último no pero habéis flipado ¿no?. Algunos realmente lo parecen, pero a la tercera moto que les pasa por encima se mueven un poco (aunque no se quejan).

Si tienes suerte, a ti te van esquivando coches, motos, bicis, vacas… Con los perros hay regateo, te esquivas mutuamente. Los monos te esquivan a veces si llevas un palo, los esquivas tú, si puedes, si llevas fruta o comida u os ignoráis mutuamente si ni una cosa ni la otra.

Al pasear, respirar es necesario, casi obligatorio diría yo, pero no siempre conveniente. Depende de la zona que atravieses. Hay zonas que seguro olerán a mierda (lo siento, busqué sinónimos pero es lo más descriptivo y real) y otras maravillosas con aromas de flores o inciensos. Cada inspiración, y cambia en centímetros de calle, puede ser un maravilloso placer o una maravillosa arcada. Y lo malo son la sorpresas, quiero decir cuando te confías, respiras profundamente y te equivocas. Entonces te quieres morir (también busqué sinónimos, pero es que de verdad prefieres la muerte, ni susto ni nada). ¿Sabes el olor que desprende un cadáver en putrefacción cuando está situado en un vertedero próximo al lugar donde descargan las cloacas de los mataderos de Wisconsin? ¿Sí lo sabes? Joder, ¿dónde vives?. En fin esto debe ser parecido.

Y, como no te lo esperas, resulta que todo el prana (os recuerdo que esto es Planeta India el que no entienda los términos debe repasar historias anteriores o ir a guguel) o energía vital acumulada durante años de meditación fermenta en tu interior y explotas. Sí, yo lo he visto. Algún guiri explotando por la calle y yo pensando ¿para qué respiras ahí?. Si siguiera por aquí la narración, os podría contar como he desarrollado el proceso de fotosíntesis para pasear sin tener que respirar oxígeno durante horas en este Planeta. Pero, como decían en la Historia Interminable, esa es otra historia que ya será contada en otro momento.

Lo que es tremendamente variado es la gente con la que te cruzas. Peregrinos de los más diversos lugares vistiendo unos trajes no típicos (¿qué será eso de típicos...?) sino únicos, porque son los que tienen. Grupos numerosos donde todos los hombres visten igual, así como las mujeres. Provenientes del Punjab, Rajasthan, Gujarat…

Y sadhus, hombres santos errantes, cubiertos algunos exclusivamente de cenizas, los Naga Babas, otros de rojo, de naranja, de negro, con tridentes, con espadas, con bastones, caras pintadas con símbolos extraños, escudillas como única posesión… Y todos con miradas que atraviesan que sientes como leen el más recóndito de tus pensamientos… Y saludas: Hari Om Baba, y devuelven el saludo con una sonrisa, o te ignoran arrogantes porque eres uno de esos que has comido la vaca…

Y también hay tiendas, miles que venden lo mismo. Y una tienda nueva que abre para también ofrecerlo, por si con las otras no había bastante. Desordenadas, revueltas, sucias, sin fondo… E intentas dar unos consejos para cambiar algo a algún amigo y te mira como diciendo “esto lleva miles de años siendo así, ¿me vas a enseñar el rollo del marketing tú ahora?. Es cierto, miles de años siendo así, sólo cambian los productos que se venden, pero todo lo demás continúa igual.

También está el zapatero, que trabaja en el suelo y por el que ha pasado todo lo que ha cubierto mis pies alguna vez en la India. Me puso suelas de botas de montaña en unos zuecos, me cose cada agujerito que ve en mi calzado (por favor, esto no lo cierres que tengo que meter el pie por algún lado…). Limpia, pule y da esplendor, hasta cambiar de color lo que antes era… ¿qué más da como era? Ahora está bien.

El limpiorejas profesional, siempre con gorro de lana rojo aunque haga 45º, algodones sobre sus orejas y un maletín con las herramientas. Es su uniforme. Te ofrece un chequeo gratuito por si tienes dudas. Lo que va sacando con su metálico punzón lo va untando convenientemente en la muñeca de su otra mano, como mostrando lo necesaria que era su intervención. Supongo que el resultado lo comercializará para hacer velas, debido a los múltiples apagones de los que gozamos por estos lares.

Te tomas un zumo de caña de azúcar sin mirar el vaso, mejor con un poquito de sal negra porque, aunque realmente huele a huevos podridos, adereza perfectamente zumos, frutas y comidas variadas. Y compras frutas, ¿serán buenas, no? Igual que decimos en España. Y él frutero responde, igual que en España, no, son muy malas cómpreselas mejor al de al lado… Pero suelen ser buenas y algunas raras, con sabores raros. Y alguna está hasta buena. Esto último es broma, todas suelen estarlo,

Empieza a llover y salen de no sé donde un montón de vendedores de paraguas y de capas de plástico. Éstas últimas son capaces de romperse con solo mirarlas fijamente. Estos personajes creo que son capaces de provocar la lluvia con algún tipo de brujería, si no, no es posible que aparezcan de la nada a la segunda gota.

Como en mi pueblo sólo hay un puente peatonal (aquí las motos son peatones) que comunica las dos partes en las que está dividido por el río Ganges, el día que hay bull fighting se colapsa. Porque aquí es de verdad que los toros se pelean (la fiesta española se llama así en inglés y es mentira, casi siempre es más bull killing) y, como se está fresco, a veces lo hacen en el centro del puente. Entonces quedamos aislados, porque como Murphy acostumbra a decir: “en caso de pelea de toros siempre necesitas ir al otro lado de la ciudad”. Al final suelen firmar tablas y todo vuelve a la normalidad.

También puede suceder que uno de esos toros o una vaca sagrada decida poner a prueba ese torero que todo españolito lleva dentro y saca de ti un arte por chicuelinas que tú mismo no te conocías. Bueno o saca eso o saca el intestino delgado. Sí, yo lo he visto y he pensado, ¿dónde va ese tío sin intestino delgado? Haber esquivado a la vaca. Pero era inglés, si le hubiera atacado un zorro otro gallo cantaría (salvo que le hubieran arrancado la cabeza desde un caballo después de colgarlo boca abajo, claro. Al gallo, no al inglés).

Bueno, como he dicho al principio, esto es un simple paseo por mi barrio, ¿te imaginas recorrer la India?


Risikesh. Diciembre 2011

domingo, 18 de diciembre de 2011

Namasté desde el Planeta India

El significado de Namasté es muy bonito, es algo así como que la divinidad que hay en mí se inclina o saluda a la divinidad que hay en ti. Es decir, ya se parte de que dentro de cada uno de nosotros está la divinidad. Se utiliza como saludo en toda la India y, en la zona donde vivo, siempre se acompaña colocando juntas las palmas de las manos a la altura del pecho o llevando la mano derecha al corazón.

Probablemente para entender esta historia habría que leer la anterior escrita hace ya tanto tiempo… (mis disculpas por ello, a los lectores más fieles)

Ya estoy por este Planeta, desde hace un par de semanas. No sabía como me sentiría hasta que no llegué aquí y confirmé la sensación inicial que tuve en España. Nada más llegar me pregunté ¿estoy triste?, casi daba por hecho que tenía que estarlo… Pero no, no hay tristeza, realmente hay mucha alegría por dentro. Evidentemente las cosas han cambiado en el ashram y todavía hay muchas que deben colocarse, sobre todo para los indios que viven en él.

En la habitación donde vivía Maharajji es donde le han enterrado y ahora ahí está el Mahasamadhi, un monumento en mármol que recuerda donde el maestro descansa en eterna meditación. A los hindúes tradicionalmente se les quema en una pira funeraria y, en esta zona, siempre lo hacen a orillas del Ganges, donde terminan descansando sus cenizas. En cambio, a los grandes maestros, no se les quema, o bien se pone su cuerpo directamente hundido en el río, sujeto con piedras o se les entierra, como se ha hecho en este caso.

Con respecto a mis aprendizajes, como alguna vez he comentado, se producían de forma diferente a los mensajes hablados, así que eso no ha cambiado, incluso se han reforzado. Llegan en forma de meditación, sueños, conversaciones con otras personas, mensajes de otros maestros, repentinos entendimientos… Y es tu intuición la que te indica que eso es para ti, así que sonríes y das las gracias (aunque a veces son verdaderos puñetazos al ego…). Y sí, ya se que no se entiende muy bien, pero de eso se trata, de dejar de tratar de entenderlo todo y de aprender más allá de la razón. Eso es lo que intento hacer comprender desde este blog, con el coaching, los talleres, etc.

Sí que he notado un desapego bastante grande por el lugar. Aunque tengo muchos amigos por aquí, el principal apego era por mi maestro y eso ha quedado también liberado (más aprendizajes...). Así que veremos como evoluciona esta temporada y también en qué se convierten las siguientes.

Fuera del ashram la vida sigue bastante igual. Casi siempre hay más tiendas, más restaurantes, más profes de yoga… pero lo básico, la gente, la forma de estar y de vivir, los ritos y tradiciones, eso no cambia. En realidad muchas veces tengo la sensación de que la vida no cambia, es como la rueda que le ponemos al hamster para que se haga la ilusión de que corre por los campos. Es una sensación habitual al venir aquí, pero más todavía al regresar a mi otra casa, donde la única diferencia que realmente aprecio es que los niños están más altos. Un eterno día de la marmota…

Aquí, como siempre desde hace miles de años, los peregrinos siguen viniendo desde aldeas recónditas del país para bañarse en las aguas del sagrado río, en el mismo lugar donde millones de santos lo han hecho.

Temprano por la mañana, cruzando el puente que comunica la orilla de mi casa con la orilla de mi ashram, congelado, pese a estar envuelto en dos mantas, los veo dentro del agua recitando sus mantras…

Om Namah Shivaya!!


Rishikesh. Diciembre 2011

jueves, 24 de marzo de 2011

A tigres y en chancletas IV

O quizás debería llamarse, “No hay huevos IV”…

Determinar el tamaño de un animal al escuchar su rugido no es complicado, no depende del volumen del mismo, sino de la cantidad de órganos que te paraliza. Cuando hasta el páncreas, o algún otro que tampoco se sabe para que sirve, queda absolutamente petrificado, está claro que nos encontramos ante una fiera de proporciones considerables

Estaba leyendo precisamente este artículo del National Geographic, cuando llamaron a la puerta de mi habitación.

Era Ram, el “mensajero de la muerte”… Venía a buscarme para que regresáramos a la selva esa noche. Yo flipaba… Pero ¿él no se había cagado conmigo la última vez?. Hicimos un pacto de caballeros, coño, pero yo seguía dando un bote cada vez que alguien me tosía cerca…

Además, nada más regresar a España después de la última aventura, hice una visita al Parque de Cabárceno, en Cantabria. Y allí tuve la oportunidad de comprobar de cerca un par de cosas, el tamaño real de un tigre de bengala y el tamaño aproximado de mi cerebro.

Ram me insistió que ahora la moto era buena, que no había peligro… Y yo… Accedí. ¿Por qué? Sigo haciéndome preguntas… ¿Qué hubiera pasado si Ram se hubiera ido solo? ¿Y si no hubiéramos ido? ¿Para qué sirve hacer la carrera de biología? ¿Y visitar el parque de Cabárceno? ¿Y si hubiera usado el clásico: si no es por no ir, pero ir pa ná…?

En fin, cogí mi paraguas rosa, mis chancletas y dirigí sonriendo la quizás última mirada a lo que estaba escribiendo, el “Tratado del No Hay Huevos”. A lo mejor cascaba, pero yo tenía razón, el no hay huevos es infalible háyese uno donde se haye y haya vivido las experiencias que haya vivido… Así que allí íbamos de nuevo, a tigres y en chancletas.

Recordemos, velocidad del tigre atacando 120 km/h. Velocidad de nuestra moto “buena”, la misma. Pero dejándola caer desde lo alto de un barranco. ¡La moto era la misma!, pero… ¡había puesto una pegatina de Ganesh! Es el dios con cabeza de elefante (ver Wikipedia), de la buena fortuna. Por eso la moto ahora era buena…

Con el nuevo Ganesh y sin violencia en nuestro interior, no habría problema. Los antiguos lectores comprenderán que para mí esa segunda parte siempre era complicada. Al inicio de cada viaje, yo siempre quería matar a Ram y luego se me iba pasando porque tenía muchas otras cosas de las que preocuparme. Así que, en función del momento de la expedición en que nos encontráramos al tigre, yo estaría más o menos a salvo. Realmente no quería ver un tigre y además, cuanto antes, peor.

No, casualmente no habían arreglado los baches y socabones de la carretera, también coincidió que Ram no había cambiado la luz del scutre, las cuestas seguían siendo muy pronunciadas y nuestra velocidad punta no era punta, era la puntita nada más. Afortunadamente, se puso a diluviar.

Cuando en la India llueve, cambia hasta la flora y la fauna… Se empiezan a ver algas y chanquetes, sustituyendo a monos y árboles. El paraguas rosa lo puse en ebay para cambiarlo por aletas y tubo… Nos mojamos hasta los órganos internos, los que se paralizan con los rugidos. El agua rebotaba en el suelo y te mojaba otra vez al subir, la hija puta.

Joder, que chupa de agua.

Para el que piense que podíamos parar la moto y meternos debajo de un árbol, le recuerdo que estábamos en la selva, no en el merendero del pueblo de su madre… Y en la selva hay bichos que comen a las personas (aunque tengas a Ganesh pegado en la moto).

Pero lo de parar la moto si lo hicimos, más bien ella tomó la decisión una vez más por nosotros. La junta de la trócola, me pareció entender a Ram.

Eso sí, teníamos la absoluta seguridad de no ser devorados por ningún tigre, porque estos estarían donde coño quiera que se metan los tigres, calentitos y viendo la tele... Sólo nos quedaban dos posibilidades, esperar la muerte por inanición o empezar a andar camino a casa. Decidí la segunda, y digo decidí, porque creo que a Ram le valía cualquiera de las dos.

¿Tiramos pa queli Ram?
Now?
No, el año que viene, no te jode. Sí, now, paqué esperar.
Oquei.
(Lamento no haber traducido esta conversación al español por si alguien no lo entiende, pero creo que queda mucho mejor en el idioma original).

Así que para queli tiramos (queli es casa, esto sí lo traduzco).

Ni cinco minutos llevábamos de agradable caminata cuando, de repente, escuchamos un espectacular ruido que se nos echaba encima ¿Quién osaba turbar nuestro placentero paseo, con el agua por las rodillas y a treinta y cuatro grados bajo cero?

Pues era un camión, que en la India tienen la curiosa costumbre de ir sin luces por la noche y hablamos de noches más negras que el sobaco de un grillo… Realmente fue una agradable sorpresa, una vez que comprobamos que no estábamos muertos. Ganesh (o Neptuno) nos mandaba transporte.
El camionero, entre risas ahogadas después de que Ram le explicó lo que nos había sucedido, aceptó llevarnos hasta la ciudad.

Y nos contó que, un poco más arriba de donde nos encontró, un espectacular ejemplar de tigre se había cruzado por delante de su camión…


Risikesh. Noviembre 2010

viernes, 18 de marzo de 2011

La casa de huéspedes de la diosa Ganga (Planeta India)

Se quedaba una en el tintero digital...

Parece el título de una película o de una canción, pero es el alojamiento al que me trasladé desde el ya mundialmente famoso Hari Om. En Dev Ganga Guest House es donde me llevo alojando los últimos años, aunque me incorporé tarde porque estaban de boda y los dueños andaban liados. Al final sí que la boda fue pequeña pero equivoqué la cifra, fue una fiesta para mil invitados y al día siguiente para cuatrocientos… No quiero ni imaginarme la tarta.

Aunque me han invitado a unas cuantas bodas en la India, a veces el novio, a veces la familia y a veces sin conocer ni al tato, estos que me acogen habitualmente no lo han hecho. Supongo que porque no cabría, no te jode… Así que sí, les guardo rencor. Sólo se me pasará si el primer hijo que tengan es niña, que aquí da mucha rabia. Y, por supuesto, unos días después me dijeron: Pero… ¿cómo no viniste a la boda?

En otra ocasión, cuando murió el padre del dueño de esta casa, estuve en la cremación y me lo agradecieron mucho. La morbosa realidad es que yo iba a la playa y me encontré la chusca (hoguera, para los no castizos). Donde a veces me iba a bañar en el sagrado río Ganges, también queman a los muertos. Lo descubrí ese día. En España en la orilla de los ríos se hacen barbacoas y esto… huele igual. Evidentemente sigo bañándome, pero miro donde piso.

Mi habitación es bastante pequeña, pero el balcón sobre el Ganges lo compensa. Además hay agua caliente casi todos los días y suplen los apagones habituales con un generador que nos ilumina (a eso se viene a la India ¿no?). La verdad es que en esta zona no hay hoteles de lujo, el lujo suele estar relacionado con las condiciones higiénicas del lugar. Creo que entre todos los hoteles de Risikesh si que llegarían a una estrella, en la clasificación habitual (si no entran en el examen los baños, claro). Te peleas un poco para que te cambién las sábanas, a veces te dan toallas y las mantas habitualmente se sujetan de pié. Al estar en la India se les habrá pegado el fakirismo de las cuerdas. Lo de las sábanas es muy curioso, nunca entienden para qué quieres dos. Mil veces he cambiado las sábanas y las mil me traen de entrada, una. Y cualquiera que viera las mantas por un lado y el colchón por el otro, entendería la cuestión… Creo que el mito de la Sábana Santa empezó aquí, yo he visto a Jesucristo en un montón de ellas. Y a Buda, a Mahoma y a un tío de Cuenca…

Esta casa ha cambiado mucho desde la última vez. El “chico para todo” que tienen es el único que debe ser eficiente en todo el país y lo tenemos para nosotros. No se le puede hablar porque siempre va con el pinganillo del móvil en la oreja, pero más o menos nos entendemos. Seguro que un día me traerá dos sábanas. También limpia la habitación, creo.

Aquí queda siempre un baúl lleno de ropa india, con el calentador, los zuecos, un paraguas que da pena pero que no cala, una taza, un platito, unas pinzas y otras cosas que en España serían para reciclar (en el contenedor) pero que aquí son tesoritos que te hacen la vida más fácil. El pasear todo eso por aeropuertos del mundo, no tiene mucho sentido, aunque en el de Londres sería divertido… Salvo que tengas hemorroides.

Tengo justo debajo de la habitación un cibercafé desde el que ilustro al mundo con este blog (no a todo, claro) y enfrente un restaurante que me surte de sopas en las frías noches de invierno. ¿Qué más se puede pedir? Ahhh si, que me paguen por ello.

Aquí vivo, feliz en la casa de huéspedes de la diosa Ganga.


Risikesh. Febrero 2011

jueves, 24 de febrero de 2011

Una sencilla historia (Planeta India)

Ahora estoy sentado en la terracita de mi habitación, justo encima del Ganges, viendo pescar a los cormoranes y como lo intenta un águila pescadora. El frío se va marchando y, aunque todo el mundo deseaba hace un mes que lo hiciera, ahora preferimos que aguante un poco con nosotros, ya que lo que viene detrás es mucho peor. Empezará el calor que en pocos días se hará sofocante, será el momento de hacer las maletas de nuevo y regresar a casa, a la otra casa.

Mi día comienza a eso de las 6 y media porque todavía hace fresco para madrugar más y, después de una ducha y un desayuno, me siento a meditar (o a intentarlo). Desde las 8 hasta la 1, más o menos. La meditación es al aire libre y se hace con mantas por encima (y forro y gorro y guantes…). A la 1 tocan la campana en el ashram y es la hora de comer. Pasamos todos al comedor, este si que cerrado, y comemos sentados en el suelo, con la mano. La comida, salvo algún día especial, siempre es la misma, verduras, lentejas, arroz y unos panes indios sin levadura que se llaman chapatis. Se mezcla todo con el arroz, haciendo bolas, si no comer con la mano sería imposible. A la vez, al aire libre, se da de comer a un montón de sadhus y mendigos. Esto se hace en las tres comidas del día y es un espectáculo ver los personajes que vienen. Los hay con tridentes, collares, escudillas de distintos tipos, las ropas de diferentes colores, jóvenes y viejos… Una vez, mientras lavaba mi plato, un hombre al lado lavaba su bolsa de plástico… Un continuo aprendizaje.

Luego, un rato de descanso para la tertulia, la lectura, un baño en el río, escribir para el blog, etc. hasta las 4,30 h que empieza el yoga en otro ashram. El yoga que hago es Hatha (el yoga físico), con pranayama (ejercicios de respiración) y relajación. A las 6 y media, de nuevo a meditar hasta las 9. La cena la evito en el ashram porque el picante con una vez al día es más que suficiente. Y a dormir prontito que mañana se empieza de nuevo.

Evidentemente, el culo se te queda totalmente plano, porque entre meditaciones, las comidas y el yoga, se pasa pegado al suelo unas 8 ó 9 horas diarias. Las piernas se rebelan y no quieren andar, en la espalda identificas cada vértebra por lo que te duele… en fin, que para el espíritu va todo esto muy bien, pero el cuerpo queda bastante machacado.

Mi casa no es tal, es una habitación de unos 12 m2 en la que habitualmente vivimos dos personas. Con un calentador como único lujo y, casi siempre, agua caliente. La ropa que uso es comprada en la India muy barata, que se lava y se vuelve a usar una y mil veces. Eso sí, complementada con un forro polar español. De calzado, chancletas o zuecos, porque te los quitas mil veces al día. Si hace frío, unas u otros con calcetines. Y mantas, claro.

Y así pasa un día y una semana y un mes y otro… Aquí el tiempo transcurre de manera diferente, realmente no sé si más rápido o más lento. Se viven los días más intensamente. Aunque la vida es más rutinaria que la que llevo en España, cualquier cosa puede pasar. Una conversación, un encuentro, una intuición… y cambias cualquier plan que hubieras hecho previamente. Así que no se hacen planes y ya está. El tiempo ha pasado volando, ahora que termina la temporada y, por otra parte, parece que pasé años aquí…

Al regresar a España siempre tengo la sensación de necesitar vacaciones, en el sentido de descanso (sobre todo para el culo y la espalda…), de poder elegir lo que comer entre una amplia gama de opciones, de pasear por un campo limpio, de que no me piten todas las motos del mundo, de que no haya gente en todos lados… Así que también es agradable regresar.

Pero, la verdad, es que aquí se aprende mucho. De uno mismo, con la meditación sobre la que quizás me extienda otro día, pero también de la poca necesidad real de cosas materiales. Lo que en occidente te parece una chorrada aquí te parece un lujazo que valoras y disfrutas. Te adaptas a todo perfectamente y no echas de menos nada. Vives cada día, cada momento con lo que este trae y ya está. Aprendes que muchas, casi todas, las complicaciones son creadas por nosotros mismos. Que en realidad todo es mucho más fácil.

Una vida sencilla, una sencilla historia.


Risikesh. Febrero 2011

domingo, 13 de febrero de 2011

Y vuelta a volver… (Planeta India)

Pues ya he vuelto a volver… Para llegar, 26 horas justas, repartidas entre coches, aviones y paseos por el duty free. Esta vez vine vía Dubai (ponlo en el mapa…). Me ahorré el que me sodomizaran en Londres con un detector intracolónico de nueva generación. Así que, por el mismo precio, no tuve que pagar con mi cuerpo. Lo bueno de viajar tan seguido es que recoges el jet lag a mitad de camino, ahora tengo sueño pero no sé si es sueño español o indio, así que cuando duermo no sé con qué soñar.

Por aquí me preguntan que donde he estado estos días y cuando digo que en España, me miran como si fuera jilipollas (yo, no el que me mira). Así que es mejor decir que he tenido malaria, tifus o cualquier otra porquería, que la gente lo entiende más y cree que tu enfermedad tiene cura. Porque la de ir y venir continuamente, parece que no la tiene.

Lo más entretenido, como siempre, fue el tramo en coche entre Delhi y Risikesh. Unas siete horitas y media en las que te juegas la vida cada diez minutos.

En la India se utilizan mucho los mantras para la meditación. Hay uno que suelo utilizar en estos viajes, porque aunque quiera evitarlo viene continuamente a mi cabeza (esta es la magia de los mantras). El mío de estas ocasiones concretamente es: “Pocas hostias hay…” No sé si es con h o sin h, pero es que como lo traduzco directamente del sanscrito, me pierdo. Pocas hostias hay. Con la cantidad de “uyuyuyuyuys” por minuto que se producen, parece mentira que haya alguien vivo en todo el país, tanto ser humano como ser animal.

Los coches no tienen retrovisores, claro, porque se apura cada resquicio espectacularmente. No solo en los atascos, donde no se puede dejar medio metro entre vehículos porque siempre cabe otro, también en marcha, independientemente de la velocidad que todos lleven.

Yo suelo pedir como transporte un Ambassador, un viejo coche inglés que antes era el más numeroso en la India. Ahora la mayoría lo ha sustituido por coches pequeños japoneses. Mi elección es debida no sólo a la distinción que evidentemente me caracteriza, sino a su posicionamiento en la Escala Vital Carrereril. Esta escala, a partir de ahora EVC, cuyo peldaño inferior es la gallina, tiene un montón de posiciones intermedias. Los camiones cargados se disputan la posición de privilegio con los autobuses también cargados, por lo que yo recomiendo utilizarlos, ambos, lo menos posible. Hay quienes, como peatones y bicicletas, reconocen su situación, por lo que se apartan siempre que se dan cuenta. Las gallinas tienen más cerebro que las bicicletas, pero no suelen ir acompañadas, por lo que, si se salvan, es por instinto, no por reconocimiento de su lugar en el escalafón. Los gatos están más arriba, porque el instinto felino prevalece sobre el instinto gallino. Los perros se salvan más, porque de instinto creo que no andan mejor que los gatos, pero abollan más los coches… Y así podría seguir eternamente, pero me lo evito a mi mismo y a vosotros.

El problema viene en las posiciones “quiero y no puedo”, que es donde se producen los duelos. Claro que sólo es un problema si vas dentro de uno de los contendientes, por lo que siempre intento evitarlo. El Ambassador se haya discretamente colocado por encima de la mayoría de los turismos, creo que por tamaño y quizás también por algo de respeto a su señorío, y por debajo de los grandes todoterrenos, jóvenes ambiciosos que no respetan nada… En esa situación no es del todo incómodo desplazarse, pero el mantra sigo recitándolo todo el rato.

Estos viajes permiten seguir aprendiendo. Por ejemplo, si hay algo característico de la India, que creo que no debe encontrarse en otro planeta, es la situación que se produce en los pasos a nivel. Cuando uno se cierra porque va a pasar un tren, lo primero que sucede es que las motos siguen pasando por debajo (y motos cargadas con 4 y hasta 5 personas más perro)) en complicadas posiciones y apurando al límite. Luego los coches, buses, rickshaws, motos que llegaron tarde, el carrito de la fruta, la carreta con los bueyes, etc. se colocan a lo largo de toda la barrera, por supuesto ocupando ambos carriles. Cuando se abre el paso, el pollo es espectacular porque hay dos ejércitos enfrentados y pitando a tope. Siempre imagino verlo desde arriba, pensando que la mejor solución es echar alquitrán y volver a empezar… Al final, lleva su tiempo, pero todo se desmadeja y cada uno sigue por su lugar (recordemos, lo del lugar es algo relativo y tiene que ver tanto con el espacio disponible como con la posición dentro de la EVC). Evidentemente, en la siguiente barrera cerrada vuelve a pasar exactamente lo mismo. Yo he llegado a pensar que lo hacen de cachondeo…

Por aquí cerca acaba de autoincluirse en la EVC un elefante y parece que pugna por el primer puesto porque se ha cargado ya a tres personas, así que cortan la carretera por las noches. Curiosamente es cerquita de las historias de “A Tigres y en Chancletas”, así que espero que no me llegue un tremendo e ineludible “No Hay Huevos” para ir a ver elefantes asesinos…


Risikesh. Febrero 2011.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Así empezó todo (Planeta India)

Dicen que la India es el único lugar donde todavía no se ha roto el cordón espiritual, ese que nos une con todo y con todos. El que te permite llegar a la Paz.

Ya hace unos cuantos años que yo me enredé en él y en ese momento, sin todavía saberlo, escribí una historia. Así que hoy pongo en el blog otra historia india, pero esta es especial, porque es la primera.


LLEGADA A VARANASI

Después de discutir con varios taxistas, siendo ya noche cerrada, conseguimos que nos lleven al Scindia Hotel, recomendado por un amigo por su espléndida ubicación para lo que nosotros necesitábamos, que no era más que estar en medio de todo. Empieza la aventura, el hotel al que nos llevaron se llamaba igual, pero no era.

En muchos lugares de la India, que entre miles de cosas buenas tiene también el engaño al turista como prioridad en muchísima gente, sucede que, aprovechando la buena fama que un determinado lugar tiene entre los viajeros, surgen varios con idéntico nombre. Muchas veces por cansancio, por no discutir, por temor al entorno que ya se encargan los timadores de hacerlo hostil, por lo que sea, la gente traga y, al menos una noche, una comida o alguna compra, cae.

Nosotros decidimos que aunque fuera lo último que hiciéramos, después de horas de viaje, de discusiones y de gritos, llegaríamos al maldito hotel.

Mochilas al hombro en medio de la ciudad más caótica e interesante del mundo, un rickshaw se ofrece a acompañarnos al verdadero destino. Nos subimos en el triciclo hasta la entrada del laberinto, allí paramos y nos indica que hay que seguir andando. Después de la noche que llevábamos ya no creíamos a nadie, pero pocas opciones había.

Empezamos a seguirle por las callejuelas del viejo Benarés. Todo un mercado, iluminado por bombillas y candiles, olores totalmente desconocidos, algunos embriagantes, otros pestilentes, miles de personas por las estrechas calles. Ambiente en el que nuestro improvisado guía se movía como pez en el agua, parando aquí, preguntando allá y nosotros siguiéndole como podíamos, bloqueados por la marabunta de gente y aturdidos por el ambiente que nos rodeaba.

De repente, unas campanillas empezaron a escucharse acompañadas de unos cánticos y observamos algo que flotaba sobre la multitud. Envuelto en telas de colores chillones, desplazándose a una velocidad imposible para el lugar en el que nos encontrábamos, un cuerpo era transportado por sus familiares, que se abrían paso con canciones, gritos y tintineos. El caos se convirtió en magia, con la visión del cadáver que volaba por encima de los todavía no muertos.

Era transportado hacia Manikarnica, el ghat crematorio, el lugar más sagrado a orillas del más sagrado de todos los ríos. Donde el fuego libra a los hombres del eterno ciclo de las reencarnaciones y los envía directamente a la fusión con Brahma, garantizada por morir en la ciudad de la luz.

Continuamos nuestra ruta, que había comenzado simplemente siendo una necesidad de hotel y se estaba convirtiendo en un claro empujón en nuestro continuo camino en busca del aprendizaje. El laberinto y sus candiles ya eran de cuento de hadas, no estábamos en la realidad, nos habíamos adentrado en fantasía… Seguíamos andando pero el tiempo no transcurría, estábamos drogados de emoción. El impacto que fuimos buscando a la India se produjo allí al final del viaje, en el viejo Varanasi, la ciudad de la luz y de los muertos.

Llegamos al Ganges, el lugar al que más de mil millones de personas quieren llegar. Allí estaba, iluminado por unos faroles blancos y con una bruma que lo envolvía. Un grupo de hombres se bañaba y hacía sus abluciones, aprovechando su inmensa fortuna, la de ser ciudadanos de Varanasi, la ciudad de Shiva. La ciudad que permite a los que mueran en ella, salirse de la rueda y no tener que reencarnarse más.

Por fin, el hotel. Aunque quizás ya hubiera dado igual dormir en la calle. Todavía una sorpresa más, desde el balcón de la habitación se divisaba el ghat Manikarnika, donde todos los días del año y todas las horas del día, se reducen cuerpos a cenizas, en piras funerarias.

Hogueras y humo, fantasmas envueltos en telas moviéndose entre los cuerpos que se están quemando, los más intocables de todos los hombres vigilan el adiós definitivo a la penúltima vida.

La visión es eterna, en su significado real porque siempre se ha hecho y siempre se hará, y porque permanecerá grabada en nosotros, probablemente también en nuestras siguientes vidas.

Ya sólo podía hacer una cosa, aquello que tantísimos millones de personas desean hacer y harían si estuvieran en mi lugar. Vencer los escrúpulos y remilgos occidentales y sumergirme en el Ganges, el río más sagrado y más contaminado, el que da vida a millones de personas y alberga los cadáveres de otros millones.

En homenaje a los que no pueden hacerlo y pidiendo el deseo de que lo consigan, entré en el río y realicé tres simbólicas abluciones que, con distinto lenguaje de las que se realizan todos los amaneceres y atardeceres, buscaban lo mismo... encontrar la paz espiritual.


Varanasi. Agosto 1999

sábado, 15 de enero de 2011

Una asquerosa historia (Planeta India)

Sí, has leído bien, no todas las historias van a ser bellas y poéticas, esta es asquerosa. Y lo es porque trata de cosas asquerosas. Porque, aunque os parezca mentira, en el Planeta India también hay cosas que dan asco… Os contaré algunas de ellas.

En este planeta, cuando vas a un restaurante hay dos cosas que jamás debes hacer. La primera es, por muy lujoso que sea el restaurante, nunca vayas a la cocina. Es posible que no vuelvas a comer, no ahí, tampoco en tu casa. De la cocina habitualmente, y dios sabe como, sale suculenta comida. Entonces ¿para qué estropearte el banquete? Come y ya está, no entres en el lado oscuro. Creerás que los secuaces de Darth Vader, con sartenes, te han atrapado, pero sólo es que te quedaste pegado... Entonces, noooooo, no mires al suelo, salvo que estudiaras entomología y quieras refrescar conocimientos. Sólo sonríe a los cocineros y huye de allí. Hazlo sin mirar las decenas de cacerolas cuya centenaria sustancia adereza cada plato. Y no estreches su mano, no quieras verla.

Y la segunda es que por muy necesitado que estés, ni te acerques al baño. Háztelo encima, me agradecerás el consejo. Un baño de restaurante indio es, probablemente, de las cosas más asquerosas que han sido creadas por dios. Y digo por dios porque es imposible que el ser humano alcance tamaña perfección en la asquerosidad. No entraré en detalles en cuanto a la visión que puede y suele apreciarse, creo que vuestra imaginación os llevará cerca, nunca a la realidad. Pero a eso que habéis pensado, ponedle colores… Cuando entras, siempre empiezas a llorar y no es de pena, ni siquiera de asco. Es por el aroma a orina milenaria, muy, muy reconcentrada. Como trocear quinientas cebollas a la vez… A mis amigos novatos siempre les digo, entrad rápido que acaban de desinfectar… Porque es como bañarte en amoniaco. Yo creo que los baños los instalan ya sucios, si no, no es posible.

También en los restaurantes ocurre algo muy curioso. Se vale eructar. Sí, como suena, la gente se pega unos espectaculares eructos y no pasa nada. No es que sea de buena educación, es que tampoco es de mala. Se da libertad a los gases para que fluyan por donde les parezca. No se les condiciona ni obliga a hacer nada, es la democracia gaseosa. Y, claro, ¿qué hace un españolito en una situación así? Evidentemente, se pega uno lo más grande que puede, a ver que pasa. Y no pasa nada,,, Nadie mira, ni comenta. Así que, no tiene ni puta gracia. No he probado a decir supercalifragilisticoespialidoso, como cuando era joven, quizás así alguien tuerza la cabeza.

Y todos os estareis preguntando, pero, ¿esa democracia gaseosa no será también para…? Pues efectivamente. India es la democracia más grande del mundo y también para esto. Lo diré claro, para que no quede ninguna duda: También los pedos son libres. Y con ellos te vas encontrando en los lugares más insólitos, en el templo, en los mismos restaurantes de antes, si tienes mucha, mucha suerte, en tu propia cara mientras estás sentado meditando… Y con esto no he probado yo, pero es que forzar eructos sí que sé.

Uno de los mejores pedos de los que he gozado fue en una clase de yoga, pero esta vez el protagonista no fue un indio, sino una agraciada señorita israelí. Detrás de ella, estábamos un amigo y yo que hicimos el resto de la clase con la misma cara que el centurión de “La vida de Brian” (toque para cinéfilos). Me acuerdo y me sigue haciendo gracia, soy así de simple. En cualquier caso, vine a la India para eso (para simplificar mi vida, no para comerme pedos judíos).

Volviendo a los restaurantes, os comento una anécdota de hace unos días. En las calles de la India hay una curiosa profesión, la de limpiador de orejas. Van con un maletín, un gorro de lana rojo y algodones sobre las orejas, así se les reconoce. Pues estando yo comiendo tranquilamente, el dueño del restaurante se sentó en la mesa de enfrente y llamó a uno de estos sanitarios. Mientras disfrutaba de mis lentejas, podía observar como le introducían en los oídos una especie de alambre y, el resultado de la excavación, el cirujano se lo untaba directamente en su mano… En España cenas con espectáculos flamencos y aquí puedes deleitarte con este otro tipo.

Tenemos otra preciosa asquerosidad, los escupitajos, gargajos, lapos, gapos, salivazos… En la India se escupe tanto como en los partidos de fútbol (al menos los que ponen en la tele). Se escupe saliva normal, saliva más sus correspondientes mocos o, en el mejor de los casos, se escucha esa preparación de lapo a varios kilómetros. Alguien empieza a recorrer absorviendo su más profundo yo, acompañando la búsqueda de cualquier cosa escupible con los ruidos más desagradables y tú sólo piensas: por favor que lo suelte ya, va a terminar escupiendo el pancreas… (guiño a antiguos lectores). Y, para qué ocultarlo, deseando que lo haga contra el viento. ¡Y allá va ese pollo de corral!

Una variación escupitájica es la de los escupitajos rojos de paan. Hay ciudades coloreadas por esta maravillosa aportación de la India milenaria a la sociedad actual. El paan manual está hecho con unas hojas de betel y dentro van un montón de cositas, anís, ralladuras de coco, cal, nuez de areca... Eso te lo metes en la boca y produces tal cantidad de saliva que escupes o te ahogas (y normalmente la decisión está clara) Desde hace ya años lo venden también por todos lados en sobrecitos y se va perdiendo la tradición en la que cada barrio tenía su hacedor de paan, con sus fórmulas familiares.

Como ya había probado el manual alguna vez (pidiéndolo dulce), un día compré un sobrecito sin saber que mierda ponía en el envase. Y, efectivamente, la mierda que ponía me la comí porque iba dentro. En fin, tanto los unos como los otros, se escupen continuamente. Es divertido, y repugnante, que los que lo llevan en la boca te hablan normalmente. Si por normal se entiende con el labio de abajo hacia fuera y la cabeza inclinada hacia atrás… Sí, habéis acertado, te descojonas independientemente de lo que te hablen.

Los gapos indios, sobre todo aquellos del tipo C), los de rebuscarse en el interior, tienen vida propia. Se van moviendo por el suelo buscando ponerse debajo de tus zapatos, que, recordemos, aquí son chanclas.

El suelo… el suelo indio. Tenemos mierdas de: vacas, monos, perros, gatos, caballos, burros, camellos, elefantes (eso es bañarse, no pisar) y, las mejores, las humanas. Aquí no se reconocen muy bien, porque no tienen un kleenex al lado, pero son igual de desagradables que en otros lugares del mundo. En la India hay más, porque hay más culos y menos váteres. Así que cuando pisas una mierda de vaca, lo agradeces (aunque mejor no te plantees lo que habrá comido esa vaca)

Otra bonita posibilidad es meter la pata dentro de uno de los canales de alcantarillado que aquí, para aromatizar la ciudad, van al descubierto. Yo ya tengo avisado que, si en alguna ocasión me sucede, corten mi pierna a la altura de la ingle. Claro que, ahora que lo pienso, a la segunda me tendrán que cortar también los huevos… Quizás cambie la regla.

Y, para terminar hablando de todo esto, hago un llamamiento a todos los guiris que creen que como están en la India no hace falta que se laven ellos ni su ropa. Esa información que recibieron es falsa, repito es falsa. Tanto los indios como al otro tipo de extranjeros que estamos por aquí nos da asco.

Últimas noticias: el dueño de un restaurante me ha asegurado hoy, 9 de diciembre, que el baño estará limpio antes de Navidad.


Risikesh. Diciembre 2010