Bienvenidos a las historias del nómada.

Siempre me ha gustado escribir historias y que otros las lean. También contarlas, escucharlas, leerlas, vivirlas... Historias para reír, para pensar, quizás para llorar... Historias al fin y al cabo de las que están hechas nuestras vidas.

Me pareció buena idea aprovechar este lugar para lanzar al viento algunas de las que he vivido, en cualquiera de los dos mundos, el real o el imaginario (igual de real, porque ambos pueden considerarse también imaginarios).

Bonita sensación la del que arroja una botella al mar con un mensaje, que no sabe donde irá y quien llegará a leerlo.

Aquí va mi botella, quizás alguna vez hasta sepa donde llegó...



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viernes, 2 de mayo de 2014

La Piedra

Podía ser una piedra preciosa, quizás la piedra filosofal, incluso una con poderes místicos de la mágica India…, pero fue una piedra en el riñón.

Para los que la habéis sufrido, no hace falta decir nada, para los que no, cualquier cosa que se diga se queda corta.

Fue una mañana temprano en mi cama india cuando, de repente, noté como alguien empezaba a acuchillarme por detrás y movía el arma con mala idea… Pero no había nadie. Dado que estaba en una habitación cutrilla en un pequeño pueblo de los Himalayas, y que no tenía ni ida de lo que me estaba pasando, me pareció un buen momento para asustarme, así que lo hice. Me dolía tanto que pese a creer tener cercana la muerte, ni siquiera veía mi vida en diapositivas, ni la luz al final del túnel. Será porque no tenía fuerzas ni para mirar.

Cuando decidí pedir ayuda, dado que no terminaba de morirme ni se me pasaba el dolor, me di cuenta de que la asistencia médica que ofrecía el hotel en caso de urgencia era en caso de otra urgencia, no de la mía, porque no sabían ni de que les hablaba.

El dolor me lo quité finalmente de una forma digna de contar en el otro tipo de historias, las impares y tuvo que ver con mi Maestro. Simplemente le dijeron lo que me pasaba y el dolor desapareció. No digo que os lo tengáis que creer, digo lo que sucedió. Pero también dijo que me llevaran al hospital.

Al llegar allí y contar los síntomas, el médico me pidió que me bajara el pantalón, sopesó, textualmente, mis testículos y dijo que tenía una piedra en el riñón de unos 7 milímetros. Las posteriores radiografía y ecografía sólo sirvieron para confirmar el diagnóstico inicial. En realidad, parece que después de tocarme los huevos, literalmente, las otras pruebas eran innecesarias.

A partir de ahí empezaron a meterme suero por vía venosa para hacerme ir al baño a ver si expulsaba el pedrolo (7 milímetros y en el riñón, no es una piedrecita, es el Aconcagua). Además tuve la promesa del ayudante del doctor de que si no salía, la opción era introducirme una sonda por el sitio que no se introducen sondas, para dar con ella… Así que intenté hacer pis cerca de un millón de veces, con la habilidad que tuve que adquirir para quitarme y ponerme la sonda, dado que la primera vez que pedí ayuda el resultado fue similar a la matanza de Texas. Decidí que para desangrarme no necesitaba colaboración y aprendí a cerrar la cánula antes de perder el conocimiento.

También pedí una mantita por el frío que hacía y no sé si abrigaba más la lana o lo que la recubría, pero sirvió.  Imagino la duda de la enfermera al dármela, ¿la querrá con sangre o con mucha sangre?...

Finalmente no expulsé la piedra y me volví con ella a España. La confirmé (no de cambiarla el nombre, sino de asegurar que me seguía acompañando) al llegar con una ecografía y también confirmé su desaparición en la siguiente. No la expulsé (me dijeron que sin duda lo hubiera notado en el sitio donde es mejor no notar esas cosas) ni me volvió a doler…

Cosas de la India.


San Agustín del Guadalix. Septiembre 2012

martes, 3 de enero de 2012

Ya estoy aquí, del todo (Planeta India)

Llevo ya más de un mes en este Planeta y ya puedo afirmar que estoy aquí del todo. ¿Qué cómo se sabe eso? Hay unos síntomas clarísimos que paso a narrar a continuación. Los hay mentales y corporales. Los espirituales ya hablaremos de ellos… O apuntaos a los talleres, que es más caro que el blog, pero se aprende más.
En mi caso, la mente se habitúa antes a los cambios. Está ya acostumbrada (¿harta?) a estar siempre de acá para allá con tanto cambio de planeta.

Principales síntomas que demuestran que ya estás aquí, del todo:

1. No saltas, ni siquiera te sobresaltas en exceso, con los pitidos o gritos, extremadamente altos, aunque sucedan a 10 cm. de tu oreja. Muchas veces son los mismos 10 cm. a los que ha pasado la moto o el coche de tu cuerpo. Tú sigues avanzando, charlando o ensimismado (¿o aquí se dice entimismado?), como si nada hubiera pasado. La verdad es que me gustaría que alguien viniera a medir alguna vez los niveles de contaminación acústica de pueblos y ciudades indias, seguro que tendría que renovar todo el equipo.

2. Simplemente quitas la cucaracha que corre por tu plato sin darle mucha vueltas (ni al asunto, ni mucho menos al plato, claro). Mi duda es qué tamaño de cucaracha es el que me haría rechazar el plato. Es cierto que las grandes dan más asco, pero también que son más fáciles de coger. La última, pequeña, se escondió detrás de las patatas y no había manera. Es la vida, me dijo un amigo indio… Y es cierto, lo que pasa es que la vida en según que formas, da cosita… Pero ya no, porque ya estoy aquí, del todo.

3. Los ratones son seres vivos como nosotros y por eso suelen estar en los mismos sitios. El último me saltó por encima mientras meditaba (yo, no el ratón). No podía mosquearme, nos asustamos los dos. Yo pensé, como dijo una vez mi sobri: “si tiene ropa no lo cogeré”. Ella esperaba al ratoncito Pérez, yo que no apareciera la madre.

4. Mejor decir “camarero, hay un pelo en mi sopa” que “camarero, hay una sopa en mi pelo”. Dado el nivel profesional de los empleados de los restaurantes, ambas posibilidades son reales y ambas han sido por mí contempladas. En realidad, lo que te parezca a ti da igual, el camarero dará la misma importancia a la una o a la otra. En el primer caso quitará el pelo con sus dedos y en el segundo intentará quitar la sopa con una servilleta de “las que resbalan”.
5. Ayer un camarero pidió mi botella mientras la llenaba de agua filtrada, para dar de beber a otro cliente que le había pedido agua. Este, otro indio, bebió a morro y dio las gracias. Al camarero, no a mí que me quedé mirando la escena con cara de gilipollas. Luego me dio la risa, claro. Creo que debe ser un mecanismo de defensa, o te descojonas con todas las cosas que cuento en este blog (absolutamente ciertas) o debería replantear seriamente mi vida. ¿Qué coño hago aquí?.

6. Creo que ya he comentado alguna vez que la sensación de intimidad desaparece. Puede haber alguien mirándote a 20 cm. de tu cara sin cortarse un pelo. Y, probablemente, si algo le llama la atención de ti o de tus cosas, te señale y grite para llamar a todos sus colegas. Si son paisanos de algún pueblo, te puedes ver rodeado por 30 personas mirándote fijamente. Así que, si eres chica y rubia, aféitate la cabeza al cero, mejor parecer una Hare Krishna que cruzarte con un grupo de curiosos peregrinos. Yo, que no soy ni chica ni rubia, me he hecho miles de fotos con los que me lo han pedido, me imagino lo que debe ser estar buena…

7. La capacidad de esquive de todo tipo de obstáculos ya la comenté en el capítulo anterior. Aunque me dejé uno importante porque tiene una doble faceta. Los escupitajos. Debes estar atento al sonido proveniente de cualquier garganta (si, garganta, no boca) para intuir por donde aparecerá el proyectil. La segunda faceta es que cuidadín con pisarlos. Hay algunos que, gracias a su tamaño y composición, patinan más que si haces snowboard.

8. La espalda se queja, pero ya no chilla. Unas 8 ó 10 horas sentado en el suelo, esterilla o cojín, machaca cualquier espalda. Y la que viene fastidiada de serie no mejora. Así que un claro síntoma de que ya estás aquí del todo es que puedes seguir andando y levantarte casi sin ayuda…

9. El estómago se acostumbra y comprende que a veces viene una de cal y a veces una de arena. No sé cual pica más, la de cal o la de arena.

10. Los tobillos hacen callo (sí, se pueden endurecer los tobillos, yo hace años tampoco lo creía…) y las plantas de los pies se van convirtiendo en suelas de los pies. No al nivel de la gente de aquí, claro, que llevan neumáticos.

11. El culo se “amandrila”, en cuanto a que se pone duro, no al color. Bueno, el color no me lo veo, ni tengo intención de mirarlo, no vaya a ser...

12. Te acostumbras a vivir y convivir en 10m2 (¿Cuántos sobran en Madrid?). A vestir con muchas menos cosas, a comer y beber muchas menos cosas, a hablar de muchas menos cosas… Al silencio del que ya he hablado alguna vez, por fuera y por dentro…

Sobre todo, ya se que da igual las veces que haya venido. Me sigo sorprendiendo. Eso es lo mejor de este Planeta, con todas las ocasiones en las que he estado aquí y con la de tiempo que he pasado, sigo aprendiendo y alucinando a diario…


Rishikesh. Enero 2012

jueves, 24 de marzo de 2011

A tigres y en chancletas IV

O quizás debería llamarse, “No hay huevos IV”…

Determinar el tamaño de un animal al escuchar su rugido no es complicado, no depende del volumen del mismo, sino de la cantidad de órganos que te paraliza. Cuando hasta el páncreas, o algún otro que tampoco se sabe para que sirve, queda absolutamente petrificado, está claro que nos encontramos ante una fiera de proporciones considerables

Estaba leyendo precisamente este artículo del National Geographic, cuando llamaron a la puerta de mi habitación.

Era Ram, el “mensajero de la muerte”… Venía a buscarme para que regresáramos a la selva esa noche. Yo flipaba… Pero ¿él no se había cagado conmigo la última vez?. Hicimos un pacto de caballeros, coño, pero yo seguía dando un bote cada vez que alguien me tosía cerca…

Además, nada más regresar a España después de la última aventura, hice una visita al Parque de Cabárceno, en Cantabria. Y allí tuve la oportunidad de comprobar de cerca un par de cosas, el tamaño real de un tigre de bengala y el tamaño aproximado de mi cerebro.

Ram me insistió que ahora la moto era buena, que no había peligro… Y yo… Accedí. ¿Por qué? Sigo haciéndome preguntas… ¿Qué hubiera pasado si Ram se hubiera ido solo? ¿Y si no hubiéramos ido? ¿Para qué sirve hacer la carrera de biología? ¿Y visitar el parque de Cabárceno? ¿Y si hubiera usado el clásico: si no es por no ir, pero ir pa ná…?

En fin, cogí mi paraguas rosa, mis chancletas y dirigí sonriendo la quizás última mirada a lo que estaba escribiendo, el “Tratado del No Hay Huevos”. A lo mejor cascaba, pero yo tenía razón, el no hay huevos es infalible háyese uno donde se haye y haya vivido las experiencias que haya vivido… Así que allí íbamos de nuevo, a tigres y en chancletas.

Recordemos, velocidad del tigre atacando 120 km/h. Velocidad de nuestra moto “buena”, la misma. Pero dejándola caer desde lo alto de un barranco. ¡La moto era la misma!, pero… ¡había puesto una pegatina de Ganesh! Es el dios con cabeza de elefante (ver Wikipedia), de la buena fortuna. Por eso la moto ahora era buena…

Con el nuevo Ganesh y sin violencia en nuestro interior, no habría problema. Los antiguos lectores comprenderán que para mí esa segunda parte siempre era complicada. Al inicio de cada viaje, yo siempre quería matar a Ram y luego se me iba pasando porque tenía muchas otras cosas de las que preocuparme. Así que, en función del momento de la expedición en que nos encontráramos al tigre, yo estaría más o menos a salvo. Realmente no quería ver un tigre y además, cuanto antes, peor.

No, casualmente no habían arreglado los baches y socabones de la carretera, también coincidió que Ram no había cambiado la luz del scutre, las cuestas seguían siendo muy pronunciadas y nuestra velocidad punta no era punta, era la puntita nada más. Afortunadamente, se puso a diluviar.

Cuando en la India llueve, cambia hasta la flora y la fauna… Se empiezan a ver algas y chanquetes, sustituyendo a monos y árboles. El paraguas rosa lo puse en ebay para cambiarlo por aletas y tubo… Nos mojamos hasta los órganos internos, los que se paralizan con los rugidos. El agua rebotaba en el suelo y te mojaba otra vez al subir, la hija puta.

Joder, que chupa de agua.

Para el que piense que podíamos parar la moto y meternos debajo de un árbol, le recuerdo que estábamos en la selva, no en el merendero del pueblo de su madre… Y en la selva hay bichos que comen a las personas (aunque tengas a Ganesh pegado en la moto).

Pero lo de parar la moto si lo hicimos, más bien ella tomó la decisión una vez más por nosotros. La junta de la trócola, me pareció entender a Ram.

Eso sí, teníamos la absoluta seguridad de no ser devorados por ningún tigre, porque estos estarían donde coño quiera que se metan los tigres, calentitos y viendo la tele... Sólo nos quedaban dos posibilidades, esperar la muerte por inanición o empezar a andar camino a casa. Decidí la segunda, y digo decidí, porque creo que a Ram le valía cualquiera de las dos.

¿Tiramos pa queli Ram?
Now?
No, el año que viene, no te jode. Sí, now, paqué esperar.
Oquei.
(Lamento no haber traducido esta conversación al español por si alguien no lo entiende, pero creo que queda mucho mejor en el idioma original).

Así que para queli tiramos (queli es casa, esto sí lo traduzco).

Ni cinco minutos llevábamos de agradable caminata cuando, de repente, escuchamos un espectacular ruido que se nos echaba encima ¿Quién osaba turbar nuestro placentero paseo, con el agua por las rodillas y a treinta y cuatro grados bajo cero?

Pues era un camión, que en la India tienen la curiosa costumbre de ir sin luces por la noche y hablamos de noches más negras que el sobaco de un grillo… Realmente fue una agradable sorpresa, una vez que comprobamos que no estábamos muertos. Ganesh (o Neptuno) nos mandaba transporte.
El camionero, entre risas ahogadas después de que Ram le explicó lo que nos había sucedido, aceptó llevarnos hasta la ciudad.

Y nos contó que, un poco más arriba de donde nos encontró, un espectacular ejemplar de tigre se había cruzado por delante de su camión…


Risikesh. Noviembre 2010

viernes, 18 de marzo de 2011

La casa de huéspedes de la diosa Ganga (Planeta India)

Se quedaba una en el tintero digital...

Parece el título de una película o de una canción, pero es el alojamiento al que me trasladé desde el ya mundialmente famoso Hari Om. En Dev Ganga Guest House es donde me llevo alojando los últimos años, aunque me incorporé tarde porque estaban de boda y los dueños andaban liados. Al final sí que la boda fue pequeña pero equivoqué la cifra, fue una fiesta para mil invitados y al día siguiente para cuatrocientos… No quiero ni imaginarme la tarta.

Aunque me han invitado a unas cuantas bodas en la India, a veces el novio, a veces la familia y a veces sin conocer ni al tato, estos que me acogen habitualmente no lo han hecho. Supongo que porque no cabría, no te jode… Así que sí, les guardo rencor. Sólo se me pasará si el primer hijo que tengan es niña, que aquí da mucha rabia. Y, por supuesto, unos días después me dijeron: Pero… ¿cómo no viniste a la boda?

En otra ocasión, cuando murió el padre del dueño de esta casa, estuve en la cremación y me lo agradecieron mucho. La morbosa realidad es que yo iba a la playa y me encontré la chusca (hoguera, para los no castizos). Donde a veces me iba a bañar en el sagrado río Ganges, también queman a los muertos. Lo descubrí ese día. En España en la orilla de los ríos se hacen barbacoas y esto… huele igual. Evidentemente sigo bañándome, pero miro donde piso.

Mi habitación es bastante pequeña, pero el balcón sobre el Ganges lo compensa. Además hay agua caliente casi todos los días y suplen los apagones habituales con un generador que nos ilumina (a eso se viene a la India ¿no?). La verdad es que en esta zona no hay hoteles de lujo, el lujo suele estar relacionado con las condiciones higiénicas del lugar. Creo que entre todos los hoteles de Risikesh si que llegarían a una estrella, en la clasificación habitual (si no entran en el examen los baños, claro). Te peleas un poco para que te cambién las sábanas, a veces te dan toallas y las mantas habitualmente se sujetan de pié. Al estar en la India se les habrá pegado el fakirismo de las cuerdas. Lo de las sábanas es muy curioso, nunca entienden para qué quieres dos. Mil veces he cambiado las sábanas y las mil me traen de entrada, una. Y cualquiera que viera las mantas por un lado y el colchón por el otro, entendería la cuestión… Creo que el mito de la Sábana Santa empezó aquí, yo he visto a Jesucristo en un montón de ellas. Y a Buda, a Mahoma y a un tío de Cuenca…

Esta casa ha cambiado mucho desde la última vez. El “chico para todo” que tienen es el único que debe ser eficiente en todo el país y lo tenemos para nosotros. No se le puede hablar porque siempre va con el pinganillo del móvil en la oreja, pero más o menos nos entendemos. Seguro que un día me traerá dos sábanas. También limpia la habitación, creo.

Aquí queda siempre un baúl lleno de ropa india, con el calentador, los zuecos, un paraguas que da pena pero que no cala, una taza, un platito, unas pinzas y otras cosas que en España serían para reciclar (en el contenedor) pero que aquí son tesoritos que te hacen la vida más fácil. El pasear todo eso por aeropuertos del mundo, no tiene mucho sentido, aunque en el de Londres sería divertido… Salvo que tengas hemorroides.

Tengo justo debajo de la habitación un cibercafé desde el que ilustro al mundo con este blog (no a todo, claro) y enfrente un restaurante que me surte de sopas en las frías noches de invierno. ¿Qué más se puede pedir? Ahhh si, que me paguen por ello.

Aquí vivo, feliz en la casa de huéspedes de la diosa Ganga.


Risikesh. Febrero 2011

domingo, 13 de febrero de 2011

Y vuelta a volver… (Planeta India)

Pues ya he vuelto a volver… Para llegar, 26 horas justas, repartidas entre coches, aviones y paseos por el duty free. Esta vez vine vía Dubai (ponlo en el mapa…). Me ahorré el que me sodomizaran en Londres con un detector intracolónico de nueva generación. Así que, por el mismo precio, no tuve que pagar con mi cuerpo. Lo bueno de viajar tan seguido es que recoges el jet lag a mitad de camino, ahora tengo sueño pero no sé si es sueño español o indio, así que cuando duermo no sé con qué soñar.

Por aquí me preguntan que donde he estado estos días y cuando digo que en España, me miran como si fuera jilipollas (yo, no el que me mira). Así que es mejor decir que he tenido malaria, tifus o cualquier otra porquería, que la gente lo entiende más y cree que tu enfermedad tiene cura. Porque la de ir y venir continuamente, parece que no la tiene.

Lo más entretenido, como siempre, fue el tramo en coche entre Delhi y Risikesh. Unas siete horitas y media en las que te juegas la vida cada diez minutos.

En la India se utilizan mucho los mantras para la meditación. Hay uno que suelo utilizar en estos viajes, porque aunque quiera evitarlo viene continuamente a mi cabeza (esta es la magia de los mantras). El mío de estas ocasiones concretamente es: “Pocas hostias hay…” No sé si es con h o sin h, pero es que como lo traduzco directamente del sanscrito, me pierdo. Pocas hostias hay. Con la cantidad de “uyuyuyuyuys” por minuto que se producen, parece mentira que haya alguien vivo en todo el país, tanto ser humano como ser animal.

Los coches no tienen retrovisores, claro, porque se apura cada resquicio espectacularmente. No solo en los atascos, donde no se puede dejar medio metro entre vehículos porque siempre cabe otro, también en marcha, independientemente de la velocidad que todos lleven.

Yo suelo pedir como transporte un Ambassador, un viejo coche inglés que antes era el más numeroso en la India. Ahora la mayoría lo ha sustituido por coches pequeños japoneses. Mi elección es debida no sólo a la distinción que evidentemente me caracteriza, sino a su posicionamiento en la Escala Vital Carrereril. Esta escala, a partir de ahora EVC, cuyo peldaño inferior es la gallina, tiene un montón de posiciones intermedias. Los camiones cargados se disputan la posición de privilegio con los autobuses también cargados, por lo que yo recomiendo utilizarlos, ambos, lo menos posible. Hay quienes, como peatones y bicicletas, reconocen su situación, por lo que se apartan siempre que se dan cuenta. Las gallinas tienen más cerebro que las bicicletas, pero no suelen ir acompañadas, por lo que, si se salvan, es por instinto, no por reconocimiento de su lugar en el escalafón. Los gatos están más arriba, porque el instinto felino prevalece sobre el instinto gallino. Los perros se salvan más, porque de instinto creo que no andan mejor que los gatos, pero abollan más los coches… Y así podría seguir eternamente, pero me lo evito a mi mismo y a vosotros.

El problema viene en las posiciones “quiero y no puedo”, que es donde se producen los duelos. Claro que sólo es un problema si vas dentro de uno de los contendientes, por lo que siempre intento evitarlo. El Ambassador se haya discretamente colocado por encima de la mayoría de los turismos, creo que por tamaño y quizás también por algo de respeto a su señorío, y por debajo de los grandes todoterrenos, jóvenes ambiciosos que no respetan nada… En esa situación no es del todo incómodo desplazarse, pero el mantra sigo recitándolo todo el rato.

Estos viajes permiten seguir aprendiendo. Por ejemplo, si hay algo característico de la India, que creo que no debe encontrarse en otro planeta, es la situación que se produce en los pasos a nivel. Cuando uno se cierra porque va a pasar un tren, lo primero que sucede es que las motos siguen pasando por debajo (y motos cargadas con 4 y hasta 5 personas más perro)) en complicadas posiciones y apurando al límite. Luego los coches, buses, rickshaws, motos que llegaron tarde, el carrito de la fruta, la carreta con los bueyes, etc. se colocan a lo largo de toda la barrera, por supuesto ocupando ambos carriles. Cuando se abre el paso, el pollo es espectacular porque hay dos ejércitos enfrentados y pitando a tope. Siempre imagino verlo desde arriba, pensando que la mejor solución es echar alquitrán y volver a empezar… Al final, lleva su tiempo, pero todo se desmadeja y cada uno sigue por su lugar (recordemos, lo del lugar es algo relativo y tiene que ver tanto con el espacio disponible como con la posición dentro de la EVC). Evidentemente, en la siguiente barrera cerrada vuelve a pasar exactamente lo mismo. Yo he llegado a pensar que lo hacen de cachondeo…

Por aquí cerca acaba de autoincluirse en la EVC un elefante y parece que pugna por el primer puesto porque se ha cargado ya a tres personas, así que cortan la carretera por las noches. Curiosamente es cerquita de las historias de “A Tigres y en Chancletas”, así que espero que no me llegue un tremendo e ineludible “No Hay Huevos” para ir a ver elefantes asesinos…


Risikesh. Febrero 2011.

sábado, 29 de enero de 2011

Morriña y una mierda

Ayer paseaba por el campo y cuando empecé a ver cagadas de vaca me dio una morriña… Es cierto que estas eran mucho más lustrosas que las indias, al igual que sus propietarias (mejor, expropietarias, ahora pertenecen al universo y, en mayor medida, al que las pise). En la India suelen estar mucho más desparramadas con la ayuda de bicis, chancletas, motos, etc. Además como la alimentación es algo diferente, el producto final también lo es. Las vacas indias que habitan en las ciudades no saben lo que es la hierba, creo que si la vieran quizás les daría asco tan limpita. Ellas comen de todo lo que no se mueve (porque se escapa) y puedes ver como arrancan los carteles recién pegados a las paredes y los tragan sin hacer distinciones entre políticos o publicitarios.

Bueno, que he decidido que vuelvo a cambar de planeta y lo he hecho contemplando una mierda. No es poético, no es espiritual, no es bonito, es… una mierda. Pero que le vamos a hacer, así surgen las cosas y las siguientes historias volverán a ser desde allí.

Tengo que reconocerlo, estoy completamente enamorado de la India. Quizás los habituales seguidores de Planeta India (los tres) tengan dudas al respecto, por todo lo que escribo, pero es precisamente por todo eso.

Vaaaaaale, también hay más cosas que seguiré contando.

¡Namaste!


San Agustín del Guadalix. Enero 2011

lunes, 24 de enero de 2011

Cambio de Planeta

Después de un cómodo viaje que incluyó 8 horas de taxi y 12 de avión divididas en dos vuelos con espera intermedia e interminable en Londres por las nieblas europeas, cambié de planeta. Atrás quedó el Planeta India.

Fui y vine por Londres por la vulgaridad esa del dinero del billete, pero es el aeropuerto más antipático del mundo. Coges trenes, autobuses, andas kilómetros… Yo creo que lo que sobra es el avión, porque si todo eso lo pusieran en línea recta, llegabas a casa. Y luego están los controles, es más cómodo que te detengan por terrorista que pasar todos los controles de seguridad que hay aquí. La gente se resigna en la cola de tal manera que 100 metros antes ya ves a algunos andando en calcetines. También hay quien, por no tirarlo, es capaz de beberse 3 litros de Coca Cola o echarse un bote entero de colonia.

¿Puede sacar el ordenador de la mochila? ¿puede ponerlo en una bandeja aparte? ¿puede sacarlo de la funda? ¿puede abrirlo? ¿puede retirar el protector?. Joder, ¿tú no tienes manos? Si te gusta tanto el ordenador, te compras uno (Torrente dixit).

En Delhi también pasé un rato entretenido entre policias. Llegó un tío con un regalo envuelto para su pequeña sobrina que vive en Wisconsin (esto es una licencia mía, realmente no sé para quien era) y se lo hicieron desempaquetar. Era una muñeca de las que andan y hablan. Le hicieron poner las pilas y, mientras unos cuantos, tanto de paisano como de uniforme nos descojonábamos, un poli serio perseguía a la muñeca por la mesa con un detector de metales, mientras esta chillaba en no se que idioma…

El aeropuerto de Delhi lo han remodelado ya al menos 4 veces desde que empecé a ir a la India. De los rickshaws en la puerta peleando por clientes se ha pasado a uno megamoderno que no se puede distinguir de cualquier otro del mundo. Se ha perdido el encanto, pero supongo que para que a mí me encante no van a dejar de hacer. Ahora te puedes comprar las mismas cosas de marca que en cualquier otro Duty free y con las mismas ventajas que en los otros, es decir al doble de precio que en la calle.

En fin, que ya estoy aquí. Llegué a casa a las 2 de la mañana, abrí la puerta esperando encontrar el calor del hogar y… estaba fuera. El calor del hogar, me refiero. Hacía más frío dentro de mi casa que fuera donde sólo había cuatro bajo cero. Pensé ¿me meto en la cama directamente o me quito la mochila?.

Ahora ya han pasado unos días y estoy empezando a acostumbrarme al cambio de planeta. Es cuioso ir andando por la calle y poder ir en línea recta. Para el que no entienda lo que digo, que se lea la historia anterior. Joder, que limpio está todo.

Siempre he pensado que el principal peligro de ir mucho a la India es morir atropellado, nunca recuerdo a que lado de la calle tengo que mirar para cruzar. Es por que allí van al revés lo coches ¿o es aquí?. ¿Lo veis? No me acuerdo. Ah, y al revés me refiero en carriles distintos, no marcha atrás, ni con las ruedas para arriba. Es que sé que hay gente que utiliza el blog como guía de viajes y no quiero confundir.

Bueno, ya seguiré escribiendo de las diferencias entre planetas, si es que encuentro alguna más.


San Agustín del Guadalix. Enero 2011

sábado, 15 de enero de 2011

Una asquerosa historia (Planeta India)

Sí, has leído bien, no todas las historias van a ser bellas y poéticas, esta es asquerosa. Y lo es porque trata de cosas asquerosas. Porque, aunque os parezca mentira, en el Planeta India también hay cosas que dan asco… Os contaré algunas de ellas.

En este planeta, cuando vas a un restaurante hay dos cosas que jamás debes hacer. La primera es, por muy lujoso que sea el restaurante, nunca vayas a la cocina. Es posible que no vuelvas a comer, no ahí, tampoco en tu casa. De la cocina habitualmente, y dios sabe como, sale suculenta comida. Entonces ¿para qué estropearte el banquete? Come y ya está, no entres en el lado oscuro. Creerás que los secuaces de Darth Vader, con sartenes, te han atrapado, pero sólo es que te quedaste pegado... Entonces, noooooo, no mires al suelo, salvo que estudiaras entomología y quieras refrescar conocimientos. Sólo sonríe a los cocineros y huye de allí. Hazlo sin mirar las decenas de cacerolas cuya centenaria sustancia adereza cada plato. Y no estreches su mano, no quieras verla.

Y la segunda es que por muy necesitado que estés, ni te acerques al baño. Háztelo encima, me agradecerás el consejo. Un baño de restaurante indio es, probablemente, de las cosas más asquerosas que han sido creadas por dios. Y digo por dios porque es imposible que el ser humano alcance tamaña perfección en la asquerosidad. No entraré en detalles en cuanto a la visión que puede y suele apreciarse, creo que vuestra imaginación os llevará cerca, nunca a la realidad. Pero a eso que habéis pensado, ponedle colores… Cuando entras, siempre empiezas a llorar y no es de pena, ni siquiera de asco. Es por el aroma a orina milenaria, muy, muy reconcentrada. Como trocear quinientas cebollas a la vez… A mis amigos novatos siempre les digo, entrad rápido que acaban de desinfectar… Porque es como bañarte en amoniaco. Yo creo que los baños los instalan ya sucios, si no, no es posible.

También en los restaurantes ocurre algo muy curioso. Se vale eructar. Sí, como suena, la gente se pega unos espectaculares eructos y no pasa nada. No es que sea de buena educación, es que tampoco es de mala. Se da libertad a los gases para que fluyan por donde les parezca. No se les condiciona ni obliga a hacer nada, es la democracia gaseosa. Y, claro, ¿qué hace un españolito en una situación así? Evidentemente, se pega uno lo más grande que puede, a ver que pasa. Y no pasa nada,,, Nadie mira, ni comenta. Así que, no tiene ni puta gracia. No he probado a decir supercalifragilisticoespialidoso, como cuando era joven, quizás así alguien tuerza la cabeza.

Y todos os estareis preguntando, pero, ¿esa democracia gaseosa no será también para…? Pues efectivamente. India es la democracia más grande del mundo y también para esto. Lo diré claro, para que no quede ninguna duda: También los pedos son libres. Y con ellos te vas encontrando en los lugares más insólitos, en el templo, en los mismos restaurantes de antes, si tienes mucha, mucha suerte, en tu propia cara mientras estás sentado meditando… Y con esto no he probado yo, pero es que forzar eructos sí que sé.

Uno de los mejores pedos de los que he gozado fue en una clase de yoga, pero esta vez el protagonista no fue un indio, sino una agraciada señorita israelí. Detrás de ella, estábamos un amigo y yo que hicimos el resto de la clase con la misma cara que el centurión de “La vida de Brian” (toque para cinéfilos). Me acuerdo y me sigue haciendo gracia, soy así de simple. En cualquier caso, vine a la India para eso (para simplificar mi vida, no para comerme pedos judíos).

Volviendo a los restaurantes, os comento una anécdota de hace unos días. En las calles de la India hay una curiosa profesión, la de limpiador de orejas. Van con un maletín, un gorro de lana rojo y algodones sobre las orejas, así se les reconoce. Pues estando yo comiendo tranquilamente, el dueño del restaurante se sentó en la mesa de enfrente y llamó a uno de estos sanitarios. Mientras disfrutaba de mis lentejas, podía observar como le introducían en los oídos una especie de alambre y, el resultado de la excavación, el cirujano se lo untaba directamente en su mano… En España cenas con espectáculos flamencos y aquí puedes deleitarte con este otro tipo.

Tenemos otra preciosa asquerosidad, los escupitajos, gargajos, lapos, gapos, salivazos… En la India se escupe tanto como en los partidos de fútbol (al menos los que ponen en la tele). Se escupe saliva normal, saliva más sus correspondientes mocos o, en el mejor de los casos, se escucha esa preparación de lapo a varios kilómetros. Alguien empieza a recorrer absorviendo su más profundo yo, acompañando la búsqueda de cualquier cosa escupible con los ruidos más desagradables y tú sólo piensas: por favor que lo suelte ya, va a terminar escupiendo el pancreas… (guiño a antiguos lectores). Y, para qué ocultarlo, deseando que lo haga contra el viento. ¡Y allá va ese pollo de corral!

Una variación escupitájica es la de los escupitajos rojos de paan. Hay ciudades coloreadas por esta maravillosa aportación de la India milenaria a la sociedad actual. El paan manual está hecho con unas hojas de betel y dentro van un montón de cositas, anís, ralladuras de coco, cal, nuez de areca... Eso te lo metes en la boca y produces tal cantidad de saliva que escupes o te ahogas (y normalmente la decisión está clara) Desde hace ya años lo venden también por todos lados en sobrecitos y se va perdiendo la tradición en la que cada barrio tenía su hacedor de paan, con sus fórmulas familiares.

Como ya había probado el manual alguna vez (pidiéndolo dulce), un día compré un sobrecito sin saber que mierda ponía en el envase. Y, efectivamente, la mierda que ponía me la comí porque iba dentro. En fin, tanto los unos como los otros, se escupen continuamente. Es divertido, y repugnante, que los que lo llevan en la boca te hablan normalmente. Si por normal se entiende con el labio de abajo hacia fuera y la cabeza inclinada hacia atrás… Sí, habéis acertado, te descojonas independientemente de lo que te hablen.

Los gapos indios, sobre todo aquellos del tipo C), los de rebuscarse en el interior, tienen vida propia. Se van moviendo por el suelo buscando ponerse debajo de tus zapatos, que, recordemos, aquí son chanclas.

El suelo… el suelo indio. Tenemos mierdas de: vacas, monos, perros, gatos, caballos, burros, camellos, elefantes (eso es bañarse, no pisar) y, las mejores, las humanas. Aquí no se reconocen muy bien, porque no tienen un kleenex al lado, pero son igual de desagradables que en otros lugares del mundo. En la India hay más, porque hay más culos y menos váteres. Así que cuando pisas una mierda de vaca, lo agradeces (aunque mejor no te plantees lo que habrá comido esa vaca)

Otra bonita posibilidad es meter la pata dentro de uno de los canales de alcantarillado que aquí, para aromatizar la ciudad, van al descubierto. Yo ya tengo avisado que, si en alguna ocasión me sucede, corten mi pierna a la altura de la ingle. Claro que, ahora que lo pienso, a la segunda me tendrán que cortar también los huevos… Quizás cambie la regla.

Y, para terminar hablando de todo esto, hago un llamamiento a todos los guiris que creen que como están en la India no hace falta que se laven ellos ni su ropa. Esa información que recibieron es falsa, repito es falsa. Tanto los indios como al otro tipo de extranjeros que estamos por aquí nos da asco.

Últimas noticias: el dueño de un restaurante me ha asegurado hoy, 9 de diciembre, que el baño estará limpio antes de Navidad.


Risikesh. Diciembre 2010

miércoles, 5 de enero de 2011

La Boda (Planeta India)

Las 11 en punto, la hora señalada y… ni el tato. Ni el tato, ni el cura que debía casar a los también ausentes novios.

Me invitaron, por primera vez, a una boda cristiana en la India. Era en una Iglesia Metodista. Y no, no tenía ni idea de lo que era una iglesia metodista, pero ahora tampoco. Toda la misa fue en hindi, así que me enteré de lo mismo que cuando iba a clase de Biostadística.

Sí que vi alguna diferencia con nuestras clásicas bodas, por ejemplo que había 4 curas en lugar de uno (no sé si por el metodismo o por los 1200 millones de indios) y que llega tarde todo dios. A las once y cuarto llegó una señora, a y media llegó un grupito y el novio apareció a las doce y diez. La novia, a la una, con dos horas puntuales de retraso.

Pero nadie se sorprendía ni preocupaba, claro. Estábamos en una iglesia, pero prevalecía el Planeta India. Yo llamé al novio pensando que me había equivocado de día o de lugar… Y me dijo que es que iban un poco tarde… Todos.

Una vez que empezamos me di cuenta de un interesante detalle, el único que iba vestido con el traje indio clásico, el kurta, era el único guiri de la ceremonia, o sea mi menda. El resto, de traje y corbata. La novia de blanco inmaculado (el color, ella no lo sé). ¿Qué si iba guapa? No lo sé. Nunca he sabido si las novias van guapas, a mí me parece que todas van iguales. Hay para algunas cosas que ya sé que no tengo criterio. Nunca elijo lámparas, ni manteles, por ejemplo. Y con las novias me pasa lo mismo. ¿Qué si era guapa? No. Para eso si tengo criterio.

El resto de la boda si que fue igual que las españolas, en el convite había cinco veces más personas que en la iglesia. Y yo creo que al guiri del kurta le hicieron tantas fotos como a los novios (él también iba de traje y corbata, el cabrón).

En las celebraciones de las bodas indias prevalece la cantidad sobre la calidad. Se invita a muchísimas personas (400 invitados es un número normalito, tirando a pequeño) y, aunque la comida suele ser muy buena, la puesta en escena es del tipo “a maricón el último”. Se pone un gran buffet con diferentes platos (digo diferentes entre sí, porque en todas las bodas son los mismos) y se da la salida. El pueblo indio es muy paciente casi siempre, pero no para comer. En ese momento tienes dos opciones, o esperas que pase la primera horda y te arriesgas a que se acabe el papeo o te unes al mogollón y que sea lo que Shiva quiera.

En esta boda, al igual que en la mayoría que se celebran por aquí, los novios sólo se habían visto un par de veces antes de la ceremonia. Es lo que llaman “matrimonio arreglado”, frente al “matrimonio por amor”. Las familias se ponen de acuerdo y los chicos se casan. Aquí se dice que en Occidente primero llega el amor y luego la boda y en la India primero llega la boda y luego el amor. En realidad está relacionado con la importancia que se da en uno y otro sitio a la pareja frente a la familia. Aquí la relación de pareja no es la más importante.

En todas las bodas que he estado, todos se divierten menos los novios. No he visto una sola foto de boda india (y he visto unas cuantas) con los novios sonriendo. Ella se va a vivir a casa de la familia de él (con los suegros, los hermanos y las hermanas que no se hayan casado) y a él se le acaba la libertad que hasta ahora tenía. ¿Quién va a sonreir?

En las celebraciones se monta un pollo espectacular. El novio pasea a caballo blanco, yegua en realidad, con un montón de músicos tocando con volumen ensordecedor y con una calidad también ensordecedora. Además hay unos cuya profesión no sé como explican a los amigos. Me dedico a llevar un farol encima de la cabeza y pasear con él por el pueblo ¿y tú? Yo tiro de un carro con un megagenerador para dar luz a los capullos que lleváis los faroles…

Tampoco faltan, como en toda boda que se precie, el grupo de borrachos bailando como locos. Todo esto en movimiento por las calles de la ciudad o pueblo. Los trajes de los invitados parece que son los de su padre, que le saca cuatro tallas y trabaja en un circo... Las mujeres en cambio van muy elegantes con sus saris y sus joyas.

Como las bodas se celebran en la temporada que los astrólogos consideran auspiciosa, hay momentos que hay miles de bodas a la vez. En el mismo pueblo te puedes encontrar con un montón de procesiones, con su tío serio montado en yegua, sus portafaroles, el del generador y los invitados vestidos de gaby y fofó.

En mi boda metodista no hubo estas cosas, sí que hubo señoras preguntándome que a qué iglesia iba yo y diciéndome que Jesús era “superpower”, un encargado del banquete que se dio cuenta, equivocadamente, de quien era el único que le podía dar propina (no porque tuviera cara de rico, creo que más por cara de pringado) y le faltó meterme la cucharita en la boca… Me recordaba al de “La boda del monzón” así que no podía parar de reirme cuando se acercaba. (El que no haya visto la peli que se vaya a verla y luego siga leyendo). Y también hubo una “ceremonia de la tarta” cuya duración fue acorde con la espera inicial. Así que cuando llegó la comida, el asalto habitual se convirtió en un duelo a muerte, pero yo tenía a mi solícito encargado que peleaba por mí… Después de mis 20 rupias de propina y ver como las miraba, decidí no pedir nada más, porque el escupitajo en el café de camarero descontento creo que es internacional.


Risikesh. Diciembre 2010

viernes, 17 de diciembre de 2010

Om de estoy metido… (Planeta India)

Si cuando entras en tu habitación ves tus chancletas flotando, es que algo ha pasado… Después de un rato de sorpresa, deduces que es que hay agua en el suelo. La primera emoción es la alegría ¡no son aguas fecales!, y luego ya te planteas qué hacer. Al final tomé la decisión errónea, me fui a buscar a Shuvam. Un minuto antes estaba estorbando en medio de la escalera, así que comprobé que mi teoría sobre la capa de Harry Potter era correcta. Había desaparecido y era imposible que le hubiera dado tiempo a salir del hotel. Así que me di cuenta que a la invisivilidad debía sumarle su capacidad de leer el pensamiento.

Llamé por teléfono a Manish y me dijo que iría con el fontanero. Al ratito suena la puerta y abro, pensando que eran los susodichos. Pues no, ahí me encuentro al de la habitación 32 que venía a hacerrme una visita. Un rato antes, cuando subía de buscar al hombre invisible, me lo había encontrado bloqueando el paso y buscando conversación… porque estábamos en la misma planta. Yo le preguntaba que si estaba de vacaciones y él me decía que era de Agra, yo le decía que vale, que si estaba de vacaciones y él me decía que de Agra y como yo insistía con mi pregunta, me dijo, a ver si le entendía, de donde el Taj Mahal. Al final logré regatearle y mientras iba hacia mi habitación le escuchaba decir, ¡ven a visitarme, estoy en la 32! ¡estamos en la misma planta!. Tengo que investigar a ver que pasa en los hoteles indios cuando estás en la misma planta.

Lo que sí he aprendido es que en una habitación de un hotel de este planeta siempre hay que echar el cerrojo, si no cualquiera puede entrar. No existe privacidad en la India y para ellos es lo más normal del mundo. Un día en Delhi (la capital…) estaba en gallumbos tirado en la cama y entra un tio y se me queda mirando como pensando ¿qué hará este en bolas en su habitación…?. Venía para ver si necesitaba algo y le conteste que sí que se pirara o se pusiera él también en calzoncillos para seguir hablando.

En este mismo hotel de Delhi (la capital…) llovía muchísimo fuera por el monzón y dentro exactamente lo mismo. En mi vida había visto entrar tanta agua dentro de un edificio, como si la metieran a mala idea. Al rato me fui a cenar con el agua por encima de la rodilla para cruzar la calle. Lo bueno es que en Delhi (la capital…) no es sólo agua lo que te cubre tanto, arrastra absolutamente todo lo que hay por las calles. Nada bueno. Pero como me mojé las dos, decidí no cortarme las piernas.
Pues aquí sigo en el Hari Om, con total normalidad… Algunos detallitos con el agua, por ejemplo lo que os contaba, que sale por el suelo. Pero compensa porque habitualmente por los grifos no sale. He desarrollado una habilidad especial para pegarme a la pared como una salamanquesa y aprovechar el hilillo de agua caliente que sale de la ducha y, en lugar de brotar cual manantial, se arrastra por el caño hacia el muro y continúa por él hasta encontrar mi reptílico cuerpo esperándola. No he podido adaptarme todavía perfectamente al grifo que sobresale, pero, como sigo con el yoga, lo conseguiré.

Me limpiaron el moho de la habitación, aunque insistí en que le había cogido ya cariño. Afortunadamente está volviendo a salir uno muy parecido, deben ser familia o también de Belmes. Así que en realidad no puedo decir que no haya agua sino que está desordenada.


Rishikesh. Diciembre 2010

martes, 7 de diciembre de 2010

Motos, vacas y otros animales (Planeta India)

Pues no, nunca he ordeñado una motocicleta, pero tampoco una vaca, así que no sé las principales diferencias entre ellas. Lo que sí sé es una gran semejanza, ambas te pueden atropellar. La motocicleta generalmente lo hace cuando no funciona su pito convenientemente, es decir, se lo han vendido sin la mágica cualidad de hacer desaparecer al que está enfrente cuando se hace sonar violentamente. La vaca lo hace simplemente cuando estás en medio, como ella no tiene claxon (diferencia que sí sé) no puede avisarte, dado que el mugir lo utilizan para otros menesteres que, cuando escriba el “Tratado sobre la comunicación bovina”, aclararé convenientemente.

Ambas cosas o, mejor dicho, ambos atropellos, son fáciles de conseguir. Incluso, si hay suerte, puedes hacer un pleno el mismo día. Una vaca puede intuir tu nacionalidad, no puedo explicarlo, pero se que poseen ese don, e intentando vengar a todos esos congéneres cuyos compatriotas (tuyos, no de la vaca) han toreado, pisarte esos piececitos que llevas calzados con unas simples chanclas y hacer que tus deditos (de cuyo sufrimiento también tendré que escribir un tratado) no se reconozcan los unos a los otros. Y seguir tan tranquila su camino mientras tú te cagas en lo más sagrado (que recordemos que aquí es la vaca).

Una vaca también puede acercarse cariñosamente, es curioso porque te apoyan la cabeza en el regazo y se frotan como los gatos. Un gato de 400 kilos queriendo que la acaricies… Tú piensas, joder ¿No puedes pisarme y seguir tan tranquila?

Las motos no se acercan para que las acaricies, tienen otras costumbres. Por ejemplo, parece que la hora del apareamiento es la media noche, entonces, muchas de ellas dejan oir su estridente llamada para la cópula. Y joder, desde luego que joden. Luego, durante el día se dedican a pasear capullos que quitan puntos a las vacas atropellando personas...

También disfrutamos de la compañía de otros animales a diario. Por ejemplo, los alegres monitos como Amedio, el de Marco, pero en hijoputa. Te quitan la comida, te dan un bocao, se meten en tu habitación… Y no se achantan les hagas lo que les hagas. Hace unos años les amagabas y huían, luego ya había que coger un palo o una piedra y ahora ni con un AK47 se piran. Claro que el AK 47 te puede servir para los cachondos que les mosquean justo cuando tú pasas al lado. Porque el mono le mete al que tiene más cerca y luego ya pregunta…
Tenemos perros también, vamos, algunas garrapatas los tienen. Los perros indios tienen la virtud de extrarte todas las emociones, te dan tristeza por su aspecto y asco por lo mismo, miedo cuando se juntan varios de noche, rabia si te muerden y no te vacunas, odio cuando te rondan de madrugada, alegría (bueno, esta la he puesto porque no me salían más emociones)…

Gatos no hay muchos porque aunque es zona vegetariana deben competir con los monos que son bastante más listos (compartimos el 90 y tantos por ciento de los genes con ellos y el otro tanto es el de ir al corte inglés, así que deben ser listísimos). Ratas, ratones, etc. si que hay alguno, unos cien millones. Al ver uno, le sonríes y esperas que te diga algo, como Welcome to Disneyland… Sí, son grandes, sí. Las serpientes de vez en cuando vienen de visita y como son sagradas y no se las mata, a alguna cobra la puedes terminar cogiendo cariño.

Lo bueno de todos estos animales es que te muerda lo que te muerda, te jode. Si no es por la grandeza del bocado (coño, parece que un mordisco pudiera ser marqués) o por el veneno, lo es por los bichitos que pueda llevar en la boca el asqueroso. Y parece que ellos lo saben, así que el monito recién nacido ya se pavonea delante de ti conocedor que un rocecito de sus dientes te hace pasar un interesante periplo de vacuna en vacuna.

También he aprendido algunas cosas que no estudié en la facultad, por ejemplo que los mosquitos saben que si te zumban en la oreja vas a moverte lo suficiente como para colarse por debajo de la sábana y brearte. Que el sonido de tuneladora que se escucha cuando intentas dormir proviene del festín que las termitas se están dando con tu propia cama. Que el desproporcionado número de ronchones que aparece en tu cuerpo por la mañana debe ser proporcional al número de chinches que compartieron tu lecho. Que las moscas en la India no se reproducen, se rereproducen. Y aunque sigo sin saber la diferencia entre escorpión y alacrán (que sería fácil si alguno llevara h), sé que el hábitat de uno de los dos son las esterillas de meditación. Y, por supuesto, cucarachas no hay, yo nunca he visto ninguna, bueno quitando la que se me llevó el portatil encima cuando creí que era la mesilla de noche…

Y los tigres… para saber de eso hay que leerse otras historias.


Risikesh. Diciembre 2010

martes, 30 de noviembre de 2010

Hari Om (Planeta India)

Hari Om es el saludo más sagrado en la India y de los más utilizados en la zona donde me encuentro, pero para fieles lectores es algo mucho más importante. Es el hotel donde continúo alojado.

Por el día las cosas transcurren con normalidad en mi habitación, quiero decir que, como no estoy, no sé lo que pasa. Pero de noche, al acostarme, empiezan a oirse ruidos, como cacofonías…

Lo primero que se oye es el pis del de la habitación de al lado, y se oye tanto que te quedas esperando las últimas gotitas… No hay, es chica (que de todos es sabido que las reabsorben)

Por cierto aprovecho para contaros (viene al caso, es de pis) una anécdota de por aquí, una ocasión en la que estaba en un urinario al aire libre. (Era un urinario de verdad, si no diría la puta calle). En fin, estaba ahí con las manos ocupadas y, de repente, a la altura de mi cara, aparece una víbora mirándome. ¿Qué coño se hace con una víbora en la cara, si tienes la propia agarrada? Pues encomendarte al dios de las víboras, que seguro que aquí lo hay, cerrar los ojos e intentar seguir a lo tuyo…

¿Seguir? Tres días sin mear estuve… Pero hubo suerte, no le interesó aparearse.

Continuando con los extraños ruidos… Después se oyen las toses de la misma u otra habitación de al lado. No sé como explicar mi sensación, una mezcla de pena, asco, curiosidad… Creo que lo mejor lo define es miedo… Susto, pánico, terror. Parecía que iba a darse la vuelta. Que sensación sería verle al día siguiente al revés ¿cómo le reconocería? ¿Se reconocerá a la gente por su pancreas? ¿Servirá para eso el pancreas? ¿Cómo coño es un pancreas?

A esto añadimos perros con afán de notoriedad, monos en continua pelea de a ver quien la tiene más larga, motoristas con la mano pegada a la bocina creo que con la misma pelea que los monos, gente hablando a voces a cualquier hora de la noche, petardos que no se que coño celebran, pero parece que siempre son Fallas y, ahora, además, la suerte de que es la época de las bodas y la música está a tope (canción estrella en toda boda india que se precie: Dame, dame gasolina…, sí, si, en español)… En fin ¿quieres encontrar paz? Vente a India, paraiso del yoga y la meditación…

Última hora del Hari Om

Pasé un par de días sin ver a Shuvam y eso me preocupaba. No porque creyera que le había pasado nada, si no porque me preguntaba qué habría hecho. En el hotel de al lado unas amigas le dieron al “chico para todo” sus tangas (sic) para que se los lavaran. Y fue la última vez que vieron al chico y sus tangas. Supongo que le compensó la pérdida de emplero… y mis amigas ya siempre lavan su propia ropa interior.

Finalmente Shuvam apareció y yo preferí no preguntar, eso sí, confirmé que mis gallumbos Carfur Klein siguen en su sitio, es decir encima de la mesa, al lado del ordenador.

Manish me regañó porque llevaba dos días buscándome para limpiarme la habitación… Todavía flipo, es la primera vez en la India que me ocurre algo así. Y hoy llegó con la blacandequer y, sin pedírselo, me colocó un espejo en el baño (me había olvidado de cómo era, yo, no un espejo), una jabonera y unos colgadores. Además prometió arreglarme las humedades (yo creí que era el Ganges y eran humedades…). Así que, hay que ser justos, al César lo que es del idem y a Manish lo que es suyo.

Además tiene un hijo de un añito que, cuando me ve, salta a mis brazos a que le diga cosas en español, se ríe y se vuelve con su papi…

Así que esto se empieza a parecer a un hogar…


Rishikesh. Noviembre 2010

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Om sweet Om (Planeta India)

Pues ya estoy aquí de nuevo…

Tuve que buscar nuevo alojamiento, pues en mi casa de siempre, se celebra la boda de la hija y está completa durante bastantes días. Porque las bodas indias son largas y de ¿mucha gente?, no, unos seiscientos invitados…

Esto de encontrar donde vivir tiene un lado (del dodecágono) divertido… Probé primero en un hotel donde me dieron a elegir entre sábanas new o sábanas clean. Opté por las clean aunque tuvieran agujeros y también opté por mudarme. A unos amigos, al pedir que se las cambiaran, les preguntaron do you want fresh? y como sí que want fresh, los muy pijos tuvieron que esperar cuatro días… Eso sí, un par de noches si que pasé entre sábanas go you to know.

De ahí me mudé, en lo que pensé que sólo sería una nueva escala, al Hari Om Hotel, que cuesta casi 7 € y te dan sábanas sin hablarte de ellas.

El Hari Om Hotel lo veía construir hace unos meses desde el otro lado del río y, viendo como ponían piso sobre piso en los andamios iniciales pensados para una sola planta, pensé “yo no me metería ahí ni de coña”… Y aquí estoy, en el piso más alto. En fin, si llego a colgar esta historia en el blog, es que, por ahora, todo va bien. O que se cayó el edificio sin pillarme a mí ni al ordenador.

Manish es el jefe y Shuvam el “chico para todo”. Estos “chicos para todo” que hay en todos los hoteles indios, son idénticos, creo que se sólo diferencian en el nombre. En realidad yo creo que están para que los jefes tengan a quien chillar, porque su aporte al bien común es absolutamente nulo. Tienen la habilidad para el escaqueo más espectacular que he visto jamás. Si limpian la habitación, tienes que limpiarla tú el doble porque esparcen la porquería como las servilletas de los bares de Madrid; si les pides algo, justo en ese momento, o día, o mes o año, no puede ser, porque tienen mucho lío (o mucha plancha, o un pollo en el horno…); siempre están por ahí, en medio, menos cuando los necesitas, entonces desaparecen, creo que han desarrollado el don de la invisibilidad o que tienen la capa de Harry Potter (aquí todo es posible, quizás Harry Potter trabajó en un hotel indio antes de hacerse famoso). En fin, Shuvam cumple todos estos requisitos con notable alto, aunque en este caso es de gran utilidad, por supuesto sin saberlo o hasta de aquí se escaquearía, porque ha participado como invitado en esta historia.

El primer día en el Hari Om parecía que todo iba bien pero, eso, en el Planeta India, suele ser como cuando en la selva de Tarzán todos los animales enmudecen, algún grave peligro acecha… Al irse el sol, mientras leía tumbado en la cama, noto como los dedos de los pies se me empiezan a criogenizar y se escucha de fondo un viento huracanado... En realidad, no había mucho misterio, el baño tenía un agujero a la calle de más de medio metro, el cual, en mi hábil chequeo de la habitación, había pasado por alto.

Ventilation, me dijo Manish… Ya, ya, contesté yo.

Tras cuatro intentos infructuosos de quedar, vamos, tras cuatro plantones de puta madre que me dio, por fin ahí estábamos Manish y yo, a las 11 de la noche (que aquí es muy tarde), tapando el agujerito con un plástico duro. Él subido en el respaldo de una silla, agarrándose con los deditos de los pies, yo sentado en la misma de contrapeso y pasándole herramientas, mucho más preocupado porque su blacandequer no se les resbalara, por cuarta vez, y me abriera el tercer ojo, que de que él no se matara (ya que aquí, al lado del Ganges, no es tan grave, pues se libra del ciclo de las reencarnaciones).
El cable de la herramienta también era pa verlo. Medía, eso sí, unos 3 km., podía hacer agujeros en la otra orilla del río, pero tenía más remiendos que trozos de cable original. Así que al acojone del descalabre, se unía el de que aquella silla donde me sentaba se convirtiera en la silla de Sing Sing y que el tapar el agujero, hubiera sido mi último deseo y no la típica megacena de las pelis.

Todo fue bien, si la estética no es importante claro. Un nuevo parche para un nuevo hotel. El concepto de belleza que tienen los indios o algunos de ellos al menos, entra dentro de lo que llamaríamos nosotros “Arte moderno”, creo. Vamos que nuestra obra podía exponerse en el MOMA de Nueva York, pero que como pared de baño era una mierda (a la inversa de muchas obras modernas, que como pared de baño quizás queden bien).

Al acabar la ñapa, ¿tienes una escobita Manish? Su respuesta: échale agua y que se vaya todo por el desagüe… Yo miro los restos, con cachos de pared, trozos de plástico, polvo de ladrillo, media broca… y le digo: ok, ok. ¿Qué coño le voy a decir a un tío que me dice que tire todo eso por el sumidero…? Luego, curiosamente, en muchos sitios pone que no se tire el papel higiénico, porque el sistema de cañerías indios es estrecho y no está preparado… Quizás mejor deberían poner “No tirar escombros por el vater”

Pero el objetivo estaba cumplido, al menos de momento, y dejó de entrar el Katrina cada noche en mi habitación. Otro día ya abordaremos el asunto de la cisterna que inunda el baño entero cada vez que se usa. Manish me dijo today don´t use, y yo, con el sueño que tenía, pensé que ya me preocuparía si me daba el apretón.

El hotel lleva un mes abierto. En mi habitación están las caras de Belmes pero con barba (es espectacular la evolución del moho si se le deja manga ancha), las puertas no abren ni cierran bien (una creo que la he cerrado para siempre), la mesa es fabricada a cachos (la Frankesteinmesa), la cama he preferido no mirarla todavía (sólo he dormido en ella cuatro noches), si cierras el armario luego tienes que tirar la ropa del pestazo que queda, asoman cables por dentro de la habitación y hierros por fuera… Pero bueno, como es invierno no se ven excesivos bichos y además evito la tentación de segarme la cabeza con el ventilador. Eso sí, dicen que va a ser de los más fríos de los últimos tiempos, así que a ver si encuentro el libro “Instrucciones para construir un iglú indoor”.

Resumiendo mi primera semana por aquí: No se a donde, pero se va la luz habitualmente. Las motos siguen volando bajo, pensando que con tocar la bocina tú te desvaneces. Las vacas sagradas se llevan ostias sagadas como panes si se comen lo que no deben. Los monos te quitan lo que pueden, de la mano o de la habitación (pues cierra bien, coño). Y los dioses, millones, continúan por todas partes, vigilando que no te abran la cabeza con una blacandequer.


Risikesh. Noviembre 2010

domingo, 14 de noviembre de 2010

A tigres y en chancletas III

En la India el camino a recorrer es interior. Cuando uno busca en su interior profundamente, lo que encuentra es una de las palancas que realmente mueve al mundo.

Porque estoy convencido de que, al igual que la fuerza de la gravedad genera movimiento (hacia abajo principalmente), hay otra fuerza mucho mayor, a la que ya hice mención en ATYEC 2ª parte (para los no iniciados, A Tigres Y En Chancletas). Es la fuerza del “no hay huevos…”

La cantidad de jilipolleces, y hablo a nivel mundial, que se han podido hacer debido al poder de esa fuerza.

Y como digo, en la India es todo interior. Es decir es un “no hay huevos…” que encuentras dentro de ti mismo. Eso es lo curioso de esta ley, no necesitas a nadie. Sin ayuda y sin presiones externas. Tú te lo guisas y tú te lo comes. En este caso tú te lo guisas y a ti te comen. En fin, aplicas la ley y terminas en un jardín del que difícilmente saldrás incólume.

En mi caso no fue un jardín, fue la puta selva.

De nuevo “A tigres y en chancletas”. Y en el scutre, claro. Esta vez no había ni para elegir, porque Ram (os recuerdo, el otro colgado, profesor de yoga, piloto de Moto GP y dueño de la “bala roja”) había vendido la otra moto. Aquella cuya velocidad era igual, o quizás incluso un poco superior, a la velocidad del ataque de un tigre.

Nunca terceras partes fueron buenas, así que suponía que esta vez si que encontraríamos al tigre y, además, nos mataría.

Antes de iniciar el viaje volvimos a hablar de si alguno de los dos teníamos algo de violencia dentro (esto sólo lo entenderán los asiduos a ATYEC). Esta era nuestra principal protección, dado que las armas que portaríamos serían similares a las del verano pasado, aunque el paraguas era azul en lugar de rosa (no porque ese color sea especialmente antitigres, es que coincidió así). Por supuesto, yo le juraba que ni un ápice de violencia residía en mí, a la vez que planeaba, eso sí sólo en caso de felino ataque, darle un golpe prácticamente mortal en la nuez. Y digo prácticamente y no mortal del todo, por dos razones. La primera, porque no sé si sabría hacerlo (me perdí en la facultad la clase que impartió Bruce Lee) y la otra más importante, no recordaba si los tigres eran comedores de carroña. Estaría divertido que, teniendo un jugoso cadáver al lado, fácilmente accesible aunque no especialmente suculento, al puto tigre le saliera la vena cazadora y persiguiera al mejor bocado, que intenta huir sin saber conducir un vespino y dando con las patitas (y las chancletas) en el suelo…

Bueno, como alguien dijo que había uno que había visto un tigre en esa carretera (nuestra carretera, la de ATYEC 1ª parte), ayer mismo… parecía que había llegado nuestra oportunidad.

Realmente cuando lo escuché, lo que pensé fue “¡No jodas! Hay tigres de verdad y yo haciendo el jilipollas”. Pero dije, debido a esa fuerza que mencioné al principio que habita en nuestro interior y sobre la que pienso escribir un tratado*, “Ram, no podemos dejar pasar la ocasión, esta vez no se nos puede escapar”.

Ram, del cual estoy convencido que piensa que su siguiente vida será mucho mejor que la actual, me miró y simplemente dijo: Tonight?

Joder, ¿no podía acojonarse él por una vez? ¿No podría fallar la ley del no hay huevos? ¿No podría llegar ya ese fin del mundo del que tanto se habla?... Todo eso bullía en mi interior pero, claro, dije: Of course.

Así que allí fuimos.

Como los más avezados lectores (y para el resto no escribo, puesto que no lo entenderían) podrán suponer, si escribo una historia en pasado, sobre hechos acontecidos, es que estoy vivo. Aunque esto no garantizaría que estuviera entero. Han podido comerme algunos trozos…

O también podía haber dejado escrita la historia antes de salir. A modo de testamento, para que mi madre supiera lo listo que era su hijo (si le quedaba alguna duda después de los capítulos anteriores).

Pero no, si que estoy entero y ya casi con la moral renovada. Quedamos que nunca lo contaríamos, pero no puedo defraudar a mis lectores. Además Ram no entiende el español y no sé si esta historia llegará a publicarse en muchas lenguas.

La carretera ya está descrita anteriormente, la moto también, sobre la velocidad, sólo diré que al salir del pueblo un chaval en bici nos pasó y nos dijo, con una gran sonrisa, Namaste….

La visibilidad si que merece un capítulo aparte, pero como no había ninguna, no escribo el capítulo.

Inicialmente, el miedo en la moto era mayor que el que tenía a los tigres. Pensaba, metafísicamente, si era peor morir de accidente o atacado por un gran felino. En realidad, la muerte sería más heroica si un animal salvaje te ataca y mueres luchando. Pero, ¿más heroica para quien? Coño, tú estás muerto. Y tus herederos se quedarían mucho más con la idea de que eras imbécil, que con la de que eras un aventurero… La de accidente tampoco pintaba bien, el tigre casi seguro que te remataba, pero con la moto no tenías garantías de reencarnar inmediatamente, te podías quedar en esta vida y sólo a medias…

Y digo que ese miedo era mayor inicialmente, hasta que llegó el momento. Ese momento al que a partir de ahora y para el resto de nuestra vida llamaremos R.

¡Vaya RUGIDO!

¿Alegría? ¿Ilusión? ¿Curiosidad? ¿Triunfo?

CACA. Nos hicimos caca. Metafóricamente hablando, casi. Y digo casi porque según creo, las metáforas, al igual que los pedos, no pesan..

No habíamos recorrido ni dos kilómetros desde el pueblo. Casi se veían las luces todavía (desde luego, mucho más que las de la moto). De repente, un rugido que hizo retumbar las bases de la ley del NHH. Es decir, paró el movimiento. La tierra paró en su rotación, esa que algunos dicen que hace alrededor del sol, Mi corazón se paró. La moto también.

Yo, mientras veía mi vida en un extraño caleidoscopio y pensaba ¿no debía verla en diapositivas?, miré a Ram y le dije: moto ok? Yes, yes. You ok? Yes, yes… Nos volvemos, majo? Yes, yes. Dijo, sin entender el idioma, pero sí mi cara. Y la suya, claro.

Un rugido paraliza el mundo. Un rugido destempla a un indestemplable profesor de yoga. Un rugido es suficiente para dejar de hacer el jilipollas.

Es decir, un rugido se pasa por las pelotas la ley del “no hay huevos”…

Al menos por ahora, porque parece que ya hay uno que puede dejarnos una moto más rápida…

Y un paraguas rosa.



* Ver “Tratado del NHH”. Editorial NISU. Alfredo Rey 2008




Rishikesh. Agosto 2008

domingo, 31 de octubre de 2010

A tigres y en chancletas II

En chancletas yo, porque mi compañero llevaba zapatos y camisa de manga larga. Si hubiera llevado unas Nike, eso sí que me habría mosqueado…

Evidentemente, habiendo nacido en la piel de toro, es imposible resistirse a un “no hay huevos” y, mucho menos, a un “no hay huevos”… segunda parte. Aclaro, para evitar malos entendidos, que este “no hay huevos” es metafóricamente hablando. No tengo ni idea de si los indios utilizan esa expresión, aunque me atrevería a asegurar que pertenece al subconsciente de todos los pueblos del mundo. Habrá que investigarlo…

Así que allí estábamos de nuevo, en la misma scutre y por una zona diferente donde las posibilidades de éxito aumentaban. Estas posibilidades se veían incrementadas aún más por ser bastante más tarde que en la anterior ocasión, lo que también jugaba a nuestro ¿favor?. Porque… en un caso así ¿qué es tener suerte?. En realidad ¿qué es la suerte?. Yendo aún más allá… ¿Hay vida después de la muerte? Esperaba no responder pronto a esta última cuestión.

La primera frase de la nueva expedición fue: “Con la otra moto sería mucho mejor, porque alcanza los 120 km/h. Un tigre llega a correr también a esa velocidad, pero esta scutre no pasa de los 40…”

Empezábamos con un franco optimismo, mezclándose en mi interior mi natural inclinación, como biólogo, a desear ver tigres y mi, también natural, necesidad de poder contarlo luego. En realidad, si podía ver un tigre y luego no podía decírselo a nadie… ¿Habría visto el tigre realmente?. Es como un viejo koan… (palabra escrita a propósito para que los no iniciados acudan raudos a la Espasa a consultar, donde no aparecerá ni de coña) Un ejemplo, para una igual de imposible comprensión: “¿Cuál es el sonido que produce una sola mano al aplaudir?”

La ruta discurría todo el rato cuesta arriba (la descripción de la carretera me la ahorro, no hay ninguna variación sobre lo expuesto en el capítulo 1). Y, de repente… ¡qué frío, coño! Estábamos subiendo una montaña y mi cuerpo llevaba más de tres meses sin tener esa sensación tan desagradable (sí, obviamente, muchas otras). Era verano, era la India y yo me estaba helando.

Entonces entendí los zapatos con calcetines y la camisa de manga larga… Bien, bien, así no dudaría si tenía que recurrir a la estrategia decidida en caso de ataque de feroz predador. Estrategia también narrada en el capítulo anterior.
Dada mi inexperiencia en ir en moto, dudaba si una solución como la de los submarinistas, de mearme encima, tendría algún resultado. ¿Hacía donde se esparciría todo el calentito y líquido elemento? ¿Serviría de algo?

El conductor, recordemos un esmirriado profesor de yoga, no tapaba mucho el cuerpo del “paquete”, recordemos un… yo, mucho más grande (por lo fuerte). Concretamente, sólo tapaba la línea nariz-nuez-ombligo-cola (todo ello bastante pequeñito, pero debido a las condiciones adversas…). El resto de ese yo, permanecía al fresco.

Además de incómodo era realmente peligroso. Si iba perdiendo los dedos de los pies por congelación, para los tigres sería mucho más sencillo seguir nuestro rastro…

El frío se me pasó de repente. Un espectacular patinazo de la rueda trasera me hizo recordar que había olvidado algo en la habitación. Además del cerebro, como comenté anteriormente. Concretamente, el casco, el traje de cuero, las botas y la Biblia...

Pero la desgracia fue evitada gracias a la pericia del experimentado conductor (realmente lo es, sigue vivo después de tantos años conduciendo por aquí. Ver Darwin “Selección Natural”),

Así que el viaje pudo continuar sin más consecuencias que la de comprobar que, efectivamente, la táctica del submarinista funcionaba, pero sólo en parte. En parte del cuerpo, me refiero.

EL viaje me sirvió para comprobar algo por otro lado bastante lógico. Es cierto que la noche cerrada aumenta bastante las posibilidades de ver animales salvajes… Siempre que tengas un visor nocturno de infrarrojos, como los de la pelis, claro. El faro de la moto alumbraba exactamente tres metros por delante. Quizás en la cuneta había 3000 tigres disfrutando del espectáculo de nuestras tiritonas en scutre y nosotros ni podíamos vislumbrarlos…

Realmente el momento que más deseé que apareciera un tigre fue cuando regresábamos cuesta abajo, ahora sí que a más de 60 por hora… Pensaba: “Si se cruza algo, por favor que tenga la habilidad de un felino para esquivar, porque como se trate de una vaca sagrada…”
De nuevo fuimos afortunados y no encontramos ningún tigre… Pero cuando se ven realmente es invierno. Y ya hemos quedado para diciembre, porque en esa época, además de que “sí hay huevos”, estarán todavía más frescos.

O si no, cuando vaya a Orissa, de donde es Ram, mi compañero de aventuras y, por ahora, amigo. Porque allí él si que sabe “como escapar realmente de los tigres”…


Risikesh. Septiembre 2007

sábado, 30 de octubre de 2010

A tigres y en chancletas

Ayer fui “a tigres”. Hay quien va a setas, pero yo fui a tigres. La diferencia principal es que el que va a setas, tiene el objetivo de comer setas y el que va a tigres, de que no le coman los tigres.

La expedición empezó a fraguarse durante una comida. Ahí me dijeron que había un sitio donde en ocasiones se veía algún tigre, que si quería ir. Eso es como el clásico “no hay huevos”, nadie puede negarse.

Dos tíos en un vespino indio, en chancletas y con un paraguas (rosa, para más señas) por si la cosa se ponía fea (y llovía…).

Hay momentos que uno se plantea realmente si se ha dejado el cerebro en casa o, al menos, las instrucciones de cómo utilizarlo. Uno de esos momentos fue cuando me encontraba de paquete en un cutrescuter por una carretera en medio de la selva y completamente de noche.

No se veía absolutamente nada, la luz de la moto era como encender un mechero delante del faro… La verdad es que, pudiendo ser el último, era un momento bastante divertido. Si lo analizamos desde el punto de vista de un imparcial observador y desde un lugar seguro, no desde el de una posible merienda.

Decidí analizar mis posibilidades:
Si salía un tigre en cuesta arriba, sería complicado porque la velocidad punta que podríamos alcanzar sería superada sin problema por la abuelita del felino. Si era cuesta abajo, probablemente nos mataríamos antes de que nos alcanzara el tigre, en esa carretera mojada y llena de piedras y agujeros. Aunque, en este caso, si al tigre lo que le gustara fuera cazar, nos libraríamos de sus garras, algo que sería un pobre consuelo para nuestros cadáveres.
Por otro lado, yo era una presa bastante más apetitosa para cualquier predador que mi compañero, un flacucho profesor de yoga. Mi única ventaja era que se había operado hace poco de la pierna y quizás, si lograba golpearle justo en la rodilla en el momento del ataque, antes de salir corriendo, podría salvarme. Eso si sólo salía un tigre, claro. Si salía toda la familia “Tigretón”, quizás no mereciera la pena ni pegarle.

Me habían asegurado que no había ningún problema, puesto que los tigres sólo atacaban a los humanos si tenían mucho hambre (ellos, no los humanos). La seguridad de la explicación sigo sin entenderla, porque nadie me garantizó que hubiera quien se dedicara a diario a alimentarlos por aquella zona.

Además, según los indios, parece ser que sólo atacan a aquellas personas que guardan violencia en su interior… Y yo no podía quitarme de la cabeza mi estrategia de patear al conductor de aquella bala plateada…

La tranquilidad definitiva me vino cuando mi compañero de aventura me dijo que nunca había oído de ningún muerto por ataque de tigres por allí. Aunque sí varios casos por los elefantes…

Finalmente no tuvimos éxito, o quizás sí, porque un día después estoy escribiendo esta historia y sigo teniendo el mismo número de brazos y de piernas.

Si que me pareció en algún momento, escuchar rugidos como carcajadas… Quizás de alguien que se planteaba como su cena podía hacer tanto ruido si iba tan despacito. Un tigre con sentido del humor no podía acabar con aquella imagen, debía dejar que el resto de animales de la selva también la disfrutara…

Quedamos en repetir la experiencia otro día y algo más tarde por la noche, algo que parece ser que aumenta mucho las posibilidades… De nuevo otro: “No hay huevos”…

CONTINUARÁ (ESPERO…)


Risikesh. Septiembre 2007