O quizás debería llamarse, “No hay huevos IV”…
“Determinar el tamaño de un animal al escuchar su rugido no es complicado, no depende del volumen del mismo, sino de la cantidad de órganos que te paraliza. Cuando hasta el páncreas, o algún otro que tampoco se sabe para que sirve, queda absolutamente petrificado, está claro que nos encontramos ante una fiera de proporciones considerables”
Estaba leyendo precisamente este artículo del National Geographic, cuando llamaron a la puerta de mi habitación.
Era Ram, el “mensajero de la muerte”… Venía a buscarme para que regresáramos a la selva esa noche. Yo flipaba… Pero ¿él no se había cagado conmigo la última vez?. Hicimos un pacto de caballeros, coño, pero yo seguía dando un bote cada vez que alguien me tosía cerca…
Además, nada más regresar a España después de la última aventura, hice una visita al Parque de Cabárceno, en Cantabria. Y allí tuve la oportunidad de comprobar de cerca un par de cosas, el tamaño real de un tigre de bengala y el tamaño aproximado de mi cerebro.
Ram me insistió que ahora la moto era buena, que no había peligro… Y yo… Accedí. ¿Por qué? Sigo haciéndome preguntas… ¿Qué hubiera pasado si Ram se hubiera ido solo? ¿Y si no hubiéramos ido? ¿Para qué sirve hacer la carrera de biología? ¿Y visitar el parque de Cabárceno? ¿Y si hubiera usado el clásico: si no es por no ir, pero ir pa ná…?
En fin, cogí mi paraguas rosa, mis chancletas y dirigí sonriendo la quizás última mirada a lo que estaba escribiendo, el “Tratado del No Hay Huevos”. A lo mejor cascaba, pero yo tenía razón, el no hay huevos es infalible háyese uno donde se haye y haya vivido las experiencias que haya vivido… Así que allí íbamos de nuevo, a tigres y en chancletas.
Recordemos, velocidad del tigre atacando 120 km/h. Velocidad de nuestra moto “buena”, la misma. Pero dejándola caer desde lo alto de un barranco. ¡La moto era la misma!, pero… ¡había puesto una pegatina de Ganesh! Es el dios con cabeza de elefante (ver Wikipedia), de la buena fortuna. Por eso la moto ahora era buena…
Con el nuevo Ganesh y sin violencia en nuestro interior, no habría problema. Los antiguos lectores comprenderán que para mí esa segunda parte siempre era complicada. Al inicio de cada viaje, yo siempre quería matar a Ram y luego se me iba pasando porque tenía muchas otras cosas de las que preocuparme. Así que, en función del momento de la expedición en que nos encontráramos al tigre, yo estaría más o menos a salvo. Realmente no quería ver un tigre y además, cuanto antes, peor.
No, casualmente no habían arreglado los baches y socabones de la carretera, también coincidió que Ram no había cambiado la luz del scutre, las cuestas seguían siendo muy pronunciadas y nuestra velocidad punta no era punta, era la puntita nada más. Afortunadamente, se puso a diluviar.
Cuando en la India llueve, cambia hasta la flora y la fauna… Se empiezan a ver algas y chanquetes, sustituyendo a monos y árboles. El paraguas rosa lo puse en ebay para cambiarlo por aletas y tubo… Nos mojamos hasta los órganos internos, los que se paralizan con los rugidos. El agua rebotaba en el suelo y te mojaba otra vez al subir, la hija puta.
Joder, que chupa de agua.
Para el que piense que podíamos parar la moto y meternos debajo de un árbol, le recuerdo que estábamos en la selva, no en el merendero del pueblo de su madre… Y en la selva hay bichos que comen a las personas (aunque tengas a Ganesh pegado en la moto).
Pero lo de parar la moto si lo hicimos, más bien ella tomó la decisión una vez más por nosotros. La junta de la trócola, me pareció entender a Ram.
Eso sí, teníamos la absoluta seguridad de no ser devorados por ningún tigre, porque estos estarían donde coño quiera que se metan los tigres, calentitos y viendo la tele... Sólo nos quedaban dos posibilidades, esperar la muerte por inanición o empezar a andar camino a casa. Decidí la segunda, y digo decidí, porque creo que a Ram le valía cualquiera de las dos.
¿Tiramos pa queli Ram?
Now?
No, el año que viene, no te jode. Sí, now, paqué esperar.
Oquei.
(Lamento no haber traducido esta conversación al español por si alguien no lo entiende, pero creo que queda mucho mejor en el idioma original).
Así que para queli tiramos (queli es casa, esto sí lo traduzco).
Ni cinco minutos llevábamos de agradable caminata cuando, de repente, escuchamos un espectacular ruido que se nos echaba encima ¿Quién osaba turbar nuestro placentero paseo, con el agua por las rodillas y a treinta y cuatro grados bajo cero?
Pues era un camión, que en la India tienen la curiosa costumbre de ir sin luces por la noche y hablamos de noches más negras que el sobaco de un grillo… Realmente fue una agradable sorpresa, una vez que comprobamos que no estábamos muertos. Ganesh (o Neptuno) nos mandaba transporte.
El camionero, entre risas ahogadas después de que Ram le explicó lo que nos había sucedido, aceptó llevarnos hasta la ciudad.
Y nos contó que, un poco más arriba de donde nos encontró, un espectacular ejemplar de tigre se había cruzado por delante de su camión…
Risikesh. Noviembre 2010
Bienvenidos a las historias del nómada.
Siempre me ha gustado escribir historias y que otros las lean. También contarlas, escucharlas, leerlas, vivirlas... Historias para reír, para pensar, quizás para llorar... Historias al fin y al cabo de las que están hechas nuestras vidas.
Me pareció buena idea aprovechar este lugar para lanzar al viento algunas de las que he vivido, en cualquiera de los dos mundos, el real o el imaginario (igual de real, porque ambos pueden considerarse también imaginarios).
Bonita sensación la del que arroja una botella al mar con un mensaje, que no sabe donde irá y quien llegará a leerlo.
Aquí va mi botella, quizás alguna vez hasta sepa donde llegó...
Siempre me ha gustado escribir historias y que otros las lean. También contarlas, escucharlas, leerlas, vivirlas... Historias para reír, para pensar, quizás para llorar... Historias al fin y al cabo de las que están hechas nuestras vidas.
Me pareció buena idea aprovechar este lugar para lanzar al viento algunas de las que he vivido, en cualquiera de los dos mundos, el real o el imaginario (igual de real, porque ambos pueden considerarse también imaginarios).
Bonita sensación la del que arroja una botella al mar con un mensaje, que no sabe donde irá y quien llegará a leerlo.
Aquí va mi botella, quizás alguna vez hasta sepa donde llegó...
jueves, 24 de marzo de 2011
viernes, 18 de marzo de 2011
La casa de huéspedes de la diosa Ganga (Planeta India)
Se quedaba una en el tintero digital...
Parece el título de una película o de una canción, pero es el alojamiento al que me trasladé desde el ya mundialmente famoso Hari Om. En Dev Ganga Guest House es donde me llevo alojando los últimos años, aunque me incorporé tarde porque estaban de boda y los dueños andaban liados. Al final sí que la boda fue pequeña pero equivoqué la cifra, fue una fiesta para mil invitados y al día siguiente para cuatrocientos… No quiero ni imaginarme la tarta.
Aunque me han invitado a unas cuantas bodas en la India, a veces el novio, a veces la familia y a veces sin conocer ni al tato, estos que me acogen habitualmente no lo han hecho. Supongo que porque no cabría, no te jode… Así que sí, les guardo rencor. Sólo se me pasará si el primer hijo que tengan es niña, que aquí da mucha rabia. Y, por supuesto, unos días después me dijeron: Pero… ¿cómo no viniste a la boda?
En otra ocasión, cuando murió el padre del dueño de esta casa, estuve en la cremación y me lo agradecieron mucho. La morbosa realidad es que yo iba a la playa y me encontré la chusca (hoguera, para los no castizos). Donde a veces me iba a bañar en el sagrado río Ganges, también queman a los muertos. Lo descubrí ese día. En España en la orilla de los ríos se hacen barbacoas y esto… huele igual. Evidentemente sigo bañándome, pero miro donde piso.
Mi habitación es bastante pequeña, pero el balcón sobre el Ganges lo compensa. Además hay agua caliente casi todos los días y suplen los apagones habituales con un generador que nos ilumina (a eso se viene a la India ¿no?). La verdad es que en esta zona no hay hoteles de lujo, el lujo suele estar relacionado con las condiciones higiénicas del lugar. Creo que entre todos los hoteles de Risikesh si que llegarían a una estrella, en la clasificación habitual (si no entran en el examen los baños, claro). Te peleas un poco para que te cambién las sábanas, a veces te dan toallas y las mantas habitualmente se sujetan de pié. Al estar en la India se les habrá pegado el fakirismo de las cuerdas. Lo de las sábanas es muy curioso, nunca entienden para qué quieres dos. Mil veces he cambiado las sábanas y las mil me traen de entrada, una. Y cualquiera que viera las mantas por un lado y el colchón por el otro, entendería la cuestión… Creo que el mito de la Sábana Santa empezó aquí, yo he visto a Jesucristo en un montón de ellas. Y a Buda, a Mahoma y a un tío de Cuenca…
Esta casa ha cambiado mucho desde la última vez. El “chico para todo” que tienen es el único que debe ser eficiente en todo el país y lo tenemos para nosotros. No se le puede hablar porque siempre va con el pinganillo del móvil en la oreja, pero más o menos nos entendemos. Seguro que un día me traerá dos sábanas. También limpia la habitación, creo.
Aquí queda siempre un baúl lleno de ropa india, con el calentador, los zuecos, un paraguas que da pena pero que no cala, una taza, un platito, unas pinzas y otras cosas que en España serían para reciclar (en el contenedor) pero que aquí son tesoritos que te hacen la vida más fácil. El pasear todo eso por aeropuertos del mundo, no tiene mucho sentido, aunque en el de Londres sería divertido… Salvo que tengas hemorroides.
Tengo justo debajo de la habitación un cibercafé desde el que ilustro al mundo con este blog (no a todo, claro) y enfrente un restaurante que me surte de sopas en las frías noches de invierno. ¿Qué más se puede pedir? Ahhh si, que me paguen por ello.
Aquí vivo, feliz en la casa de huéspedes de la diosa Ganga.
Risikesh. Febrero 2011
Parece el título de una película o de una canción, pero es el alojamiento al que me trasladé desde el ya mundialmente famoso Hari Om. En Dev Ganga Guest House es donde me llevo alojando los últimos años, aunque me incorporé tarde porque estaban de boda y los dueños andaban liados. Al final sí que la boda fue pequeña pero equivoqué la cifra, fue una fiesta para mil invitados y al día siguiente para cuatrocientos… No quiero ni imaginarme la tarta.
Aunque me han invitado a unas cuantas bodas en la India, a veces el novio, a veces la familia y a veces sin conocer ni al tato, estos que me acogen habitualmente no lo han hecho. Supongo que porque no cabría, no te jode… Así que sí, les guardo rencor. Sólo se me pasará si el primer hijo que tengan es niña, que aquí da mucha rabia. Y, por supuesto, unos días después me dijeron: Pero… ¿cómo no viniste a la boda?
En otra ocasión, cuando murió el padre del dueño de esta casa, estuve en la cremación y me lo agradecieron mucho. La morbosa realidad es que yo iba a la playa y me encontré la chusca (hoguera, para los no castizos). Donde a veces me iba a bañar en el sagrado río Ganges, también queman a los muertos. Lo descubrí ese día. En España en la orilla de los ríos se hacen barbacoas y esto… huele igual. Evidentemente sigo bañándome, pero miro donde piso.
Mi habitación es bastante pequeña, pero el balcón sobre el Ganges lo compensa. Además hay agua caliente casi todos los días y suplen los apagones habituales con un generador que nos ilumina (a eso se viene a la India ¿no?). La verdad es que en esta zona no hay hoteles de lujo, el lujo suele estar relacionado con las condiciones higiénicas del lugar. Creo que entre todos los hoteles de Risikesh si que llegarían a una estrella, en la clasificación habitual (si no entran en el examen los baños, claro). Te peleas un poco para que te cambién las sábanas, a veces te dan toallas y las mantas habitualmente se sujetan de pié. Al estar en la India se les habrá pegado el fakirismo de las cuerdas. Lo de las sábanas es muy curioso, nunca entienden para qué quieres dos. Mil veces he cambiado las sábanas y las mil me traen de entrada, una. Y cualquiera que viera las mantas por un lado y el colchón por el otro, entendería la cuestión… Creo que el mito de la Sábana Santa empezó aquí, yo he visto a Jesucristo en un montón de ellas. Y a Buda, a Mahoma y a un tío de Cuenca…
Esta casa ha cambiado mucho desde la última vez. El “chico para todo” que tienen es el único que debe ser eficiente en todo el país y lo tenemos para nosotros. No se le puede hablar porque siempre va con el pinganillo del móvil en la oreja, pero más o menos nos entendemos. Seguro que un día me traerá dos sábanas. También limpia la habitación, creo.
Aquí queda siempre un baúl lleno de ropa india, con el calentador, los zuecos, un paraguas que da pena pero que no cala, una taza, un platito, unas pinzas y otras cosas que en España serían para reciclar (en el contenedor) pero que aquí son tesoritos que te hacen la vida más fácil. El pasear todo eso por aeropuertos del mundo, no tiene mucho sentido, aunque en el de Londres sería divertido… Salvo que tengas hemorroides.
Tengo justo debajo de la habitación un cibercafé desde el que ilustro al mundo con este blog (no a todo, claro) y enfrente un restaurante que me surte de sopas en las frías noches de invierno. ¿Qué más se puede pedir? Ahhh si, que me paguen por ello.
Aquí vivo, feliz en la casa de huéspedes de la diosa Ganga.
Risikesh. Febrero 2011
martes, 8 de marzo de 2011
MEDITACIÓN II
Con la Meditación comienzas a escuchar la voz de la intuición, esa que sólo se asomaba de vez en cuando y que en la India dicen que es la voz del Maestro en tu interior. Aprendes a seguirla y a anteponerla a la cabeza. Empieza a primar el corazón sobre el cerebro. Pero no el corazón entendido como las pasiones, las emociones… No, el corazón de la sabiduría interior. El que todos tenemos dentro y hemos recubierto de miles de capas negativas y positivas, en la eterna e inexistente dualidad entre lo bueno y lo malo.
Y comprendes que nada es casual. Nunca lo ha sido, pero ahora empiezas a darte cuenta. No es casual que yo ahora mismo esté escribiendo esta historia y tampoco lo es que tú ahora mismo la estés leyendo, siendo dos ahora mismo diferentes.
Tampoco lo es que justo sonrias cuando lees que nada es casual. Lo pensaste tantas veces… Pero nada es nada, también las cosas horribles que nos pasan y pasan a nuestro alrededor tienen un sentido, pasan por algo, aunque no acertemos a comprenderlo ahora. Aunque nunca lo hagamos.
Hay tantas cosas incomprensibles para la razón que cuando comienzas a entenderlo, le vas quitando protagonismo. No entiende casi nada e intenta explicarlo todo. Incluso, cuando algo sucede que se le escapa, intenta convencerte de que no ha sucedido…
Cuando a veces escucho sobre los indios o sobre otra gente de lugares diferentes al nuestro, que son felices “porque no conocen otra cosa”, siempre pienso lo mismo. Que pena, el que no conoces otra cosa eres tú… Creemos que tenemos libertad de elección y ellos no. Pero, desde que nacemos, ya venimos condicionados, primero genéticamente y luego socialmente. Vemos, creemos, actuamos como estamos obligados a hacerlo por nuestros condicionamientos. ¿Es esto libertad?
Libertad es poder salir de todos esos condicionamientos heredados y sociales. Libertad es salir de ahí, es no tener apegos, no tener deseos, no tener ataduras…
Libertad es meditar.
Risikesh. Marzo 2011
Y comprendes que nada es casual. Nunca lo ha sido, pero ahora empiezas a darte cuenta. No es casual que yo ahora mismo esté escribiendo esta historia y tampoco lo es que tú ahora mismo la estés leyendo, siendo dos ahora mismo diferentes.
Tampoco lo es que justo sonrias cuando lees que nada es casual. Lo pensaste tantas veces… Pero nada es nada, también las cosas horribles que nos pasan y pasan a nuestro alrededor tienen un sentido, pasan por algo, aunque no acertemos a comprenderlo ahora. Aunque nunca lo hagamos.
Hay tantas cosas incomprensibles para la razón que cuando comienzas a entenderlo, le vas quitando protagonismo. No entiende casi nada e intenta explicarlo todo. Incluso, cuando algo sucede que se le escapa, intenta convencerte de que no ha sucedido…
Cuando a veces escucho sobre los indios o sobre otra gente de lugares diferentes al nuestro, que son felices “porque no conocen otra cosa”, siempre pienso lo mismo. Que pena, el que no conoces otra cosa eres tú… Creemos que tenemos libertad de elección y ellos no. Pero, desde que nacemos, ya venimos condicionados, primero genéticamente y luego socialmente. Vemos, creemos, actuamos como estamos obligados a hacerlo por nuestros condicionamientos. ¿Es esto libertad?
Libertad es poder salir de todos esos condicionamientos heredados y sociales. Libertad es salir de ahí, es no tener apegos, no tener deseos, no tener ataduras…
Libertad es meditar.
Risikesh. Marzo 2011
jueves, 3 de marzo de 2011
MEDITACIÓN
Hoy es Maha Sivaratri en la India. En realidad es en todo el mundo, pero sólo aquí lo saben. La luna nueva de febrero-marzo, la noche de Siva y uno de los momentos más propicios para meditar. La luna, al igual que a las mareas, afecta a nuestra mente, a nuestros pensamientos, emociones, etc. por lo que los mejores momentos para la meditación son cuando está oculta. Cada mes tiene su Sivaratri, esa luna nueva en la que Siva baja a la tierra, pero esta es la más importante del año. Se canta a Siva en todos los lugares y se peregrina a todos sus templos. Lo que más se escucha por las calles es su mantra: “Om Namah Sivah”.
Así que aprovecho este día para escribir un poco sobre la meditación, no tanto como concepto genérico, dado que hay muchos libros sobre ello, sino lo que para mí supone.
Hay alguna definición que me gusta especialmente, como esa que dice que si nuestra cabeza es una habitación con todos los cajones y armarios desordenados, la ropa en el suelo, etc. y, al rato, la vemos totalmente ordenada, con todo perfectamente colocado, la meditación es lo que ha sucedido entre medias. Por eso no comparto “el no tener tiempo para meditar”, puesto que la meditación puede hacer que tu tiempo se estire, en realidad ¿qué es el tiempo?...
Para mí la meditación consiste en situarse en el momento presente, en el tiempo y en el espacio. En realidad puede meditarse en cualquier situación, estemos haciendo lo que estemos haciendo, como el pintor, el bailarín, la cantante, la escritora, el cocinero…, que pierde la noción del tiempo y sólo está haciendo eso. Cien por cien metido en su tarea, el resto del universo desaparece… Y hablo de esas disciplinas más creativas porque ahí parece más sencillo que suceda, pues la propia belleza de lo que estamos haciendo nos atrapa, pero también vale para el albañil, el fontanero, la enfermera, etc. Pero como a esto no estamos acostumbrados en nuestra vida diaria, a prescindir de ese pasado que murió y de ese futuro que no existe, es por lo que nos sentamos a meditar.
Y entonces nuestra cabeza se llena de pensamientos y nos peleamos con ellos… ¡tengo que tener la mente en blanco! Y elimino a la fuerza un pensamiento y viene otro o el mismo a lo bestia y sigo luchando… Y acuden a la batalla hasta cosas de cuando era pequeño... La mente no se deja, si es una pelea, ella gana. Está acostumbrada. ¿Esto es lo que me habían dicho que relaja la meditación? Me levanto mosqueado, ¡esto no es para mí!.
Si os fijais, nuestra cabeza siempre está pensando en cosas que pasaron o que debieron haber pasado y de ahí salta a lo que tengo que hacer o no hacer. Del futuro al pasado y del pasado al futuro, un continuo partido de tenis, con la pelota de lado a lado y sin dejarla suspendida encima justo de la red. Aquí y ahora.
La meditación no es lucha, es rendición. Rendirnos a la vida. Aceptar todo lo que sucede sin juzgarlo. Lo que ayer consideré malísimo hoy veo que no lo fue tanto, lo que para aquel es bueno, a mí me parece horroroso. Etiquetas y etiquetas, todo bueno o malo. La meditación es no juzgar, sólo aceptar lo que la vida nos trae. Aunque no entendamos lo que nos pase, da igual, nunca entenderemos todo. Sólo hay que dar gracias a la vida (como la canción).
Cuando me siento a meditar, me rindo de entrada. No busco nada, no espero nada, que suceda lo que tenga que suceder. No medito con ningún objetivo, no pretendo nada, sólo medito. Un pensamiento viene, no lucho con él, lo observo y lo dejo marchar. Pero tampoco me voy con él, es decir, no me enredo en él y lo desarrollo y dejo que me leve a otro y a otro. Lo miro y dejo que pase. Me gusta la analogía con mirar al cielo, ver una nube que pasa y luego viene otra, y otra… hola nube, adiós nube. Y en un momento, hoy o mañana, deja de haber nubes y ya estás meditando. Eres el cielo.
Pero la siguiente vez exige una nueva rendición y empiezas a conocerte mejor. Cuando te cuesta menos meditar, cuando más… Lo que va sucediendo por dentro y por fuera. Las capas que van emergiendo de emociones, pensamientos, frustraciones, alegrías… todo se va quemando en ese fuego meditativo. Y a veces lloras y a veces ríes. Te sientes fatal o te encuentras en el paraíso. Y no quieres salir de ese paraíso y ese deseo te saca inmediatamente de él. Abres los ojos y te duelen las piernas, el culo y la espalda, pero ya lo viste, ya lo sentiste, ya sabes que existe y está dentro de ti…
Fue en un viaje hace ya unos cuantos años en Varanasi, donde un día se abrió una ventanita por la que me asomé por simple espíritu aventurero, porque me encantaba viajar. Una ventanita en mi interior donde un profesor, en una oscura habitación de las entrañas de la ciudad, me animó a mirar. Ahí descubrí el viaje más increíble que podía realizar y no tenía que salir ni de mi casa para empezar a explorar. Y ya prácticamente no viajo por el mundo, no me hace falta lo que antes era imprescindible en mi vida.
Aquí, a Risikesh, a la que dicen es la capital mundial del yoga y la meditación porque desde hace miles de años, sabios, sadhus, maestros y aprendices meditan en cuevas a las orillas del Ganges, vengo varios meses al año para eso, para meditar. Porque aquí me puedo dedicar a eso plenamente, sin distracciones, porque me rodeo de gente que viene a lo mismo que yo, porque casi todo me acompaña en mi viaje y, sobre todo, porque aquí está mi maestro. Pero eso es otra historia.
Con la meditación se consiguen un par de cosas interesantes, además de los listados de beneficios fisiológicos y psicológicos que pueden encontrarse en los libros. Desde un punto de vista material, conseguimos poner a descansar la mente, utilizarla sólo cuando nos hace falta. Como cualquier otra parte de nuestro cuerpo, estará mucho más fresca si no la usamos las 24 horas, como hacemos normalmente. Y, por otro lado, si paramos la mente un momentito, podemos ver lo que hay detrás… Podemos empezar a descubrir lo que no somos y a base de descubrir lo que no somos, llegaremos a darnos cuenta de lo que realmente somos. Eso que no puede explicarse, que sólo puede experimentar uno mismo. Porque, ¿cómo explicar algo tan grande cuando nuestras mentes son tan pequeñas? Como dicen aquí, ¿cómo meter todo el agua del mar dentro de un cubo?
Para terminar os cuento lo que a mí me aporta la meditación. Creo que una palabra lo resume todo: PAZ. Paz, para mi sinónimo de alegría, de felicidad, de serenidad, de templanza, de amor, de no miedo… Paz que me acompaña donde voy, a aunque a veces brille y a veces se esconda, siempre está conmigo. Paz que comparto y lo haría aunque no quisiera, porque se expande como el olor de las flores. Paz que captan rápido los más sensibles y a regañadientes los más escépticos, porque no se medita para uno, se medita para todos.
Sólo en la India existen los sadhus, hombres principalmente y algunas mujeres, que visten como mendigos y vagan de lugar en lugar. Los verdaderos son venerados como lo que son, como maestros. La gente los alimenta porque son conscientes de que su trabajo es para todos, porque trabajan espiritualmente por toda la humanidad.
Y los profundos cambios interiores pronto se reflejan en el exterior. En mi caso la vida fue cambiando poco a poco, sin brusquedades. Ahora paso varios meses al año en la India, también cambió mi alimentación, mi profesión, mi casa, nuevos amigos llegan, algunos quedan en el camino, otros regresan, cambiaron mis prioridades, mis deseos…
Y, tanto por dentro como por fuera, cada vez hay más silencio.
Risikesh. Marzo 2011
Así que aprovecho este día para escribir un poco sobre la meditación, no tanto como concepto genérico, dado que hay muchos libros sobre ello, sino lo que para mí supone.
Hay alguna definición que me gusta especialmente, como esa que dice que si nuestra cabeza es una habitación con todos los cajones y armarios desordenados, la ropa en el suelo, etc. y, al rato, la vemos totalmente ordenada, con todo perfectamente colocado, la meditación es lo que ha sucedido entre medias. Por eso no comparto “el no tener tiempo para meditar”, puesto que la meditación puede hacer que tu tiempo se estire, en realidad ¿qué es el tiempo?...
Para mí la meditación consiste en situarse en el momento presente, en el tiempo y en el espacio. En realidad puede meditarse en cualquier situación, estemos haciendo lo que estemos haciendo, como el pintor, el bailarín, la cantante, la escritora, el cocinero…, que pierde la noción del tiempo y sólo está haciendo eso. Cien por cien metido en su tarea, el resto del universo desaparece… Y hablo de esas disciplinas más creativas porque ahí parece más sencillo que suceda, pues la propia belleza de lo que estamos haciendo nos atrapa, pero también vale para el albañil, el fontanero, la enfermera, etc. Pero como a esto no estamos acostumbrados en nuestra vida diaria, a prescindir de ese pasado que murió y de ese futuro que no existe, es por lo que nos sentamos a meditar.
Y entonces nuestra cabeza se llena de pensamientos y nos peleamos con ellos… ¡tengo que tener la mente en blanco! Y elimino a la fuerza un pensamiento y viene otro o el mismo a lo bestia y sigo luchando… Y acuden a la batalla hasta cosas de cuando era pequeño... La mente no se deja, si es una pelea, ella gana. Está acostumbrada. ¿Esto es lo que me habían dicho que relaja la meditación? Me levanto mosqueado, ¡esto no es para mí!.
Si os fijais, nuestra cabeza siempre está pensando en cosas que pasaron o que debieron haber pasado y de ahí salta a lo que tengo que hacer o no hacer. Del futuro al pasado y del pasado al futuro, un continuo partido de tenis, con la pelota de lado a lado y sin dejarla suspendida encima justo de la red. Aquí y ahora.
La meditación no es lucha, es rendición. Rendirnos a la vida. Aceptar todo lo que sucede sin juzgarlo. Lo que ayer consideré malísimo hoy veo que no lo fue tanto, lo que para aquel es bueno, a mí me parece horroroso. Etiquetas y etiquetas, todo bueno o malo. La meditación es no juzgar, sólo aceptar lo que la vida nos trae. Aunque no entendamos lo que nos pase, da igual, nunca entenderemos todo. Sólo hay que dar gracias a la vida (como la canción).
Cuando me siento a meditar, me rindo de entrada. No busco nada, no espero nada, que suceda lo que tenga que suceder. No medito con ningún objetivo, no pretendo nada, sólo medito. Un pensamiento viene, no lucho con él, lo observo y lo dejo marchar. Pero tampoco me voy con él, es decir, no me enredo en él y lo desarrollo y dejo que me leve a otro y a otro. Lo miro y dejo que pase. Me gusta la analogía con mirar al cielo, ver una nube que pasa y luego viene otra, y otra… hola nube, adiós nube. Y en un momento, hoy o mañana, deja de haber nubes y ya estás meditando. Eres el cielo.
Pero la siguiente vez exige una nueva rendición y empiezas a conocerte mejor. Cuando te cuesta menos meditar, cuando más… Lo que va sucediendo por dentro y por fuera. Las capas que van emergiendo de emociones, pensamientos, frustraciones, alegrías… todo se va quemando en ese fuego meditativo. Y a veces lloras y a veces ríes. Te sientes fatal o te encuentras en el paraíso. Y no quieres salir de ese paraíso y ese deseo te saca inmediatamente de él. Abres los ojos y te duelen las piernas, el culo y la espalda, pero ya lo viste, ya lo sentiste, ya sabes que existe y está dentro de ti…
Fue en un viaje hace ya unos cuantos años en Varanasi, donde un día se abrió una ventanita por la que me asomé por simple espíritu aventurero, porque me encantaba viajar. Una ventanita en mi interior donde un profesor, en una oscura habitación de las entrañas de la ciudad, me animó a mirar. Ahí descubrí el viaje más increíble que podía realizar y no tenía que salir ni de mi casa para empezar a explorar. Y ya prácticamente no viajo por el mundo, no me hace falta lo que antes era imprescindible en mi vida.
Aquí, a Risikesh, a la que dicen es la capital mundial del yoga y la meditación porque desde hace miles de años, sabios, sadhus, maestros y aprendices meditan en cuevas a las orillas del Ganges, vengo varios meses al año para eso, para meditar. Porque aquí me puedo dedicar a eso plenamente, sin distracciones, porque me rodeo de gente que viene a lo mismo que yo, porque casi todo me acompaña en mi viaje y, sobre todo, porque aquí está mi maestro. Pero eso es otra historia.
Con la meditación se consiguen un par de cosas interesantes, además de los listados de beneficios fisiológicos y psicológicos que pueden encontrarse en los libros. Desde un punto de vista material, conseguimos poner a descansar la mente, utilizarla sólo cuando nos hace falta. Como cualquier otra parte de nuestro cuerpo, estará mucho más fresca si no la usamos las 24 horas, como hacemos normalmente. Y, por otro lado, si paramos la mente un momentito, podemos ver lo que hay detrás… Podemos empezar a descubrir lo que no somos y a base de descubrir lo que no somos, llegaremos a darnos cuenta de lo que realmente somos. Eso que no puede explicarse, que sólo puede experimentar uno mismo. Porque, ¿cómo explicar algo tan grande cuando nuestras mentes son tan pequeñas? Como dicen aquí, ¿cómo meter todo el agua del mar dentro de un cubo?
Para terminar os cuento lo que a mí me aporta la meditación. Creo que una palabra lo resume todo: PAZ. Paz, para mi sinónimo de alegría, de felicidad, de serenidad, de templanza, de amor, de no miedo… Paz que me acompaña donde voy, a aunque a veces brille y a veces se esconda, siempre está conmigo. Paz que comparto y lo haría aunque no quisiera, porque se expande como el olor de las flores. Paz que captan rápido los más sensibles y a regañadientes los más escépticos, porque no se medita para uno, se medita para todos.
Sólo en la India existen los sadhus, hombres principalmente y algunas mujeres, que visten como mendigos y vagan de lugar en lugar. Los verdaderos son venerados como lo que son, como maestros. La gente los alimenta porque son conscientes de que su trabajo es para todos, porque trabajan espiritualmente por toda la humanidad.
Y los profundos cambios interiores pronto se reflejan en el exterior. En mi caso la vida fue cambiando poco a poco, sin brusquedades. Ahora paso varios meses al año en la India, también cambió mi alimentación, mi profesión, mi casa, nuevos amigos llegan, algunos quedan en el camino, otros regresan, cambiaron mis prioridades, mis deseos…
Y, tanto por dentro como por fuera, cada vez hay más silencio.
Risikesh. Marzo 2011
jueves, 24 de febrero de 2011
Una sencilla historia (Planeta India)
Ahora estoy sentado en la terracita de mi habitación, justo encima del Ganges, viendo pescar a los cormoranes y como lo intenta un águila pescadora. El frío se va marchando y, aunque todo el mundo deseaba hace un mes que lo hiciera, ahora preferimos que aguante un poco con nosotros, ya que lo que viene detrás es mucho peor. Empezará el calor que en pocos días se hará sofocante, será el momento de hacer las maletas de nuevo y regresar a casa, a la otra casa.
Mi día comienza a eso de las 6 y media porque todavía hace fresco para madrugar más y, después de una ducha y un desayuno, me siento a meditar (o a intentarlo). Desde las 8 hasta la 1, más o menos. La meditación es al aire libre y se hace con mantas por encima (y forro y gorro y guantes…). A la 1 tocan la campana en el ashram y es la hora de comer. Pasamos todos al comedor, este si que cerrado, y comemos sentados en el suelo, con la mano. La comida, salvo algún día especial, siempre es la misma, verduras, lentejas, arroz y unos panes indios sin levadura que se llaman chapatis. Se mezcla todo con el arroz, haciendo bolas, si no comer con la mano sería imposible. A la vez, al aire libre, se da de comer a un montón de sadhus y mendigos. Esto se hace en las tres comidas del día y es un espectáculo ver los personajes que vienen. Los hay con tridentes, collares, escudillas de distintos tipos, las ropas de diferentes colores, jóvenes y viejos… Una vez, mientras lavaba mi plato, un hombre al lado lavaba su bolsa de plástico… Un continuo aprendizaje.
Luego, un rato de descanso para la tertulia, la lectura, un baño en el río, escribir para el blog, etc. hasta las 4,30 h que empieza el yoga en otro ashram. El yoga que hago es Hatha (el yoga físico), con pranayama (ejercicios de respiración) y relajación. A las 6 y media, de nuevo a meditar hasta las 9. La cena la evito en el ashram porque el picante con una vez al día es más que suficiente. Y a dormir prontito que mañana se empieza de nuevo.
Evidentemente, el culo se te queda totalmente plano, porque entre meditaciones, las comidas y el yoga, se pasa pegado al suelo unas 8 ó 9 horas diarias. Las piernas se rebelan y no quieren andar, en la espalda identificas cada vértebra por lo que te duele… en fin, que para el espíritu va todo esto muy bien, pero el cuerpo queda bastante machacado.
Mi casa no es tal, es una habitación de unos 12 m2 en la que habitualmente vivimos dos personas. Con un calentador como único lujo y, casi siempre, agua caliente. La ropa que uso es comprada en la India muy barata, que se lava y se vuelve a usar una y mil veces. Eso sí, complementada con un forro polar español. De calzado, chancletas o zuecos, porque te los quitas mil veces al día. Si hace frío, unas u otros con calcetines. Y mantas, claro.
Y así pasa un día y una semana y un mes y otro… Aquí el tiempo transcurre de manera diferente, realmente no sé si más rápido o más lento. Se viven los días más intensamente. Aunque la vida es más rutinaria que la que llevo en España, cualquier cosa puede pasar. Una conversación, un encuentro, una intuición… y cambias cualquier plan que hubieras hecho previamente. Así que no se hacen planes y ya está. El tiempo ha pasado volando, ahora que termina la temporada y, por otra parte, parece que pasé años aquí…
Al regresar a España siempre tengo la sensación de necesitar vacaciones, en el sentido de descanso (sobre todo para el culo y la espalda…), de poder elegir lo que comer entre una amplia gama de opciones, de pasear por un campo limpio, de que no me piten todas las motos del mundo, de que no haya gente en todos lados… Así que también es agradable regresar.
Pero, la verdad, es que aquí se aprende mucho. De uno mismo, con la meditación sobre la que quizás me extienda otro día, pero también de la poca necesidad real de cosas materiales. Lo que en occidente te parece una chorrada aquí te parece un lujazo que valoras y disfrutas. Te adaptas a todo perfectamente y no echas de menos nada. Vives cada día, cada momento con lo que este trae y ya está. Aprendes que muchas, casi todas, las complicaciones son creadas por nosotros mismos. Que en realidad todo es mucho más fácil.
Una vida sencilla, una sencilla historia.
Risikesh. Febrero 2011
Mi día comienza a eso de las 6 y media porque todavía hace fresco para madrugar más y, después de una ducha y un desayuno, me siento a meditar (o a intentarlo). Desde las 8 hasta la 1, más o menos. La meditación es al aire libre y se hace con mantas por encima (y forro y gorro y guantes…). A la 1 tocan la campana en el ashram y es la hora de comer. Pasamos todos al comedor, este si que cerrado, y comemos sentados en el suelo, con la mano. La comida, salvo algún día especial, siempre es la misma, verduras, lentejas, arroz y unos panes indios sin levadura que se llaman chapatis. Se mezcla todo con el arroz, haciendo bolas, si no comer con la mano sería imposible. A la vez, al aire libre, se da de comer a un montón de sadhus y mendigos. Esto se hace en las tres comidas del día y es un espectáculo ver los personajes que vienen. Los hay con tridentes, collares, escudillas de distintos tipos, las ropas de diferentes colores, jóvenes y viejos… Una vez, mientras lavaba mi plato, un hombre al lado lavaba su bolsa de plástico… Un continuo aprendizaje.
Luego, un rato de descanso para la tertulia, la lectura, un baño en el río, escribir para el blog, etc. hasta las 4,30 h que empieza el yoga en otro ashram. El yoga que hago es Hatha (el yoga físico), con pranayama (ejercicios de respiración) y relajación. A las 6 y media, de nuevo a meditar hasta las 9. La cena la evito en el ashram porque el picante con una vez al día es más que suficiente. Y a dormir prontito que mañana se empieza de nuevo.
Evidentemente, el culo se te queda totalmente plano, porque entre meditaciones, las comidas y el yoga, se pasa pegado al suelo unas 8 ó 9 horas diarias. Las piernas se rebelan y no quieren andar, en la espalda identificas cada vértebra por lo que te duele… en fin, que para el espíritu va todo esto muy bien, pero el cuerpo queda bastante machacado.
Mi casa no es tal, es una habitación de unos 12 m2 en la que habitualmente vivimos dos personas. Con un calentador como único lujo y, casi siempre, agua caliente. La ropa que uso es comprada en la India muy barata, que se lava y se vuelve a usar una y mil veces. Eso sí, complementada con un forro polar español. De calzado, chancletas o zuecos, porque te los quitas mil veces al día. Si hace frío, unas u otros con calcetines. Y mantas, claro.
Y así pasa un día y una semana y un mes y otro… Aquí el tiempo transcurre de manera diferente, realmente no sé si más rápido o más lento. Se viven los días más intensamente. Aunque la vida es más rutinaria que la que llevo en España, cualquier cosa puede pasar. Una conversación, un encuentro, una intuición… y cambias cualquier plan que hubieras hecho previamente. Así que no se hacen planes y ya está. El tiempo ha pasado volando, ahora que termina la temporada y, por otra parte, parece que pasé años aquí…
Al regresar a España siempre tengo la sensación de necesitar vacaciones, en el sentido de descanso (sobre todo para el culo y la espalda…), de poder elegir lo que comer entre una amplia gama de opciones, de pasear por un campo limpio, de que no me piten todas las motos del mundo, de que no haya gente en todos lados… Así que también es agradable regresar.
Pero, la verdad, es que aquí se aprende mucho. De uno mismo, con la meditación sobre la que quizás me extienda otro día, pero también de la poca necesidad real de cosas materiales. Lo que en occidente te parece una chorrada aquí te parece un lujazo que valoras y disfrutas. Te adaptas a todo perfectamente y no echas de menos nada. Vives cada día, cada momento con lo que este trae y ya está. Aprendes que muchas, casi todas, las complicaciones son creadas por nosotros mismos. Que en realidad todo es mucho más fácil.
Una vida sencilla, una sencilla historia.
Risikesh. Febrero 2011
domingo, 13 de febrero de 2011
Y vuelta a volver… (Planeta India)
Pues ya he vuelto a volver… Para llegar, 26 horas justas, repartidas entre coches, aviones y paseos por el duty free. Esta vez vine vía Dubai (ponlo en el mapa…). Me ahorré el que me sodomizaran en Londres con un detector intracolónico de nueva generación. Así que, por el mismo precio, no tuve que pagar con mi cuerpo. Lo bueno de viajar tan seguido es que recoges el jet lag a mitad de camino, ahora tengo sueño pero no sé si es sueño español o indio, así que cuando duermo no sé con qué soñar.
Por aquí me preguntan que donde he estado estos días y cuando digo que en España, me miran como si fuera jilipollas (yo, no el que me mira). Así que es mejor decir que he tenido malaria, tifus o cualquier otra porquería, que la gente lo entiende más y cree que tu enfermedad tiene cura. Porque la de ir y venir continuamente, parece que no la tiene.
Lo más entretenido, como siempre, fue el tramo en coche entre Delhi y Risikesh. Unas siete horitas y media en las que te juegas la vida cada diez minutos.
En la India se utilizan mucho los mantras para la meditación. Hay uno que suelo utilizar en estos viajes, porque aunque quiera evitarlo viene continuamente a mi cabeza (esta es la magia de los mantras). El mío de estas ocasiones concretamente es: “Pocas hostias hay…” No sé si es con h o sin h, pero es que como lo traduzco directamente del sanscrito, me pierdo. Pocas hostias hay. Con la cantidad de “uyuyuyuyuys” por minuto que se producen, parece mentira que haya alguien vivo en todo el país, tanto ser humano como ser animal.
Los coches no tienen retrovisores, claro, porque se apura cada resquicio espectacularmente. No solo en los atascos, donde no se puede dejar medio metro entre vehículos porque siempre cabe otro, también en marcha, independientemente de la velocidad que todos lleven.
Yo suelo pedir como transporte un Ambassador, un viejo coche inglés que antes era el más numeroso en la India. Ahora la mayoría lo ha sustituido por coches pequeños japoneses. Mi elección es debida no sólo a la distinción que evidentemente me caracteriza, sino a su posicionamiento en la Escala Vital Carrereril. Esta escala, a partir de ahora EVC, cuyo peldaño inferior es la gallina, tiene un montón de posiciones intermedias. Los camiones cargados se disputan la posición de privilegio con los autobuses también cargados, por lo que yo recomiendo utilizarlos, ambos, lo menos posible. Hay quienes, como peatones y bicicletas, reconocen su situación, por lo que se apartan siempre que se dan cuenta. Las gallinas tienen más cerebro que las bicicletas, pero no suelen ir acompañadas, por lo que, si se salvan, es por instinto, no por reconocimiento de su lugar en el escalafón. Los gatos están más arriba, porque el instinto felino prevalece sobre el instinto gallino. Los perros se salvan más, porque de instinto creo que no andan mejor que los gatos, pero abollan más los coches… Y así podría seguir eternamente, pero me lo evito a mi mismo y a vosotros.
El problema viene en las posiciones “quiero y no puedo”, que es donde se producen los duelos. Claro que sólo es un problema si vas dentro de uno de los contendientes, por lo que siempre intento evitarlo. El Ambassador se haya discretamente colocado por encima de la mayoría de los turismos, creo que por tamaño y quizás también por algo de respeto a su señorío, y por debajo de los grandes todoterrenos, jóvenes ambiciosos que no respetan nada… En esa situación no es del todo incómodo desplazarse, pero el mantra sigo recitándolo todo el rato.
Estos viajes permiten seguir aprendiendo. Por ejemplo, si hay algo característico de la India, que creo que no debe encontrarse en otro planeta, es la situación que se produce en los pasos a nivel. Cuando uno se cierra porque va a pasar un tren, lo primero que sucede es que las motos siguen pasando por debajo (y motos cargadas con 4 y hasta 5 personas más perro)) en complicadas posiciones y apurando al límite. Luego los coches, buses, rickshaws, motos que llegaron tarde, el carrito de la fruta, la carreta con los bueyes, etc. se colocan a lo largo de toda la barrera, por supuesto ocupando ambos carriles. Cuando se abre el paso, el pollo es espectacular porque hay dos ejércitos enfrentados y pitando a tope. Siempre imagino verlo desde arriba, pensando que la mejor solución es echar alquitrán y volver a empezar… Al final, lleva su tiempo, pero todo se desmadeja y cada uno sigue por su lugar (recordemos, lo del lugar es algo relativo y tiene que ver tanto con el espacio disponible como con la posición dentro de la EVC). Evidentemente, en la siguiente barrera cerrada vuelve a pasar exactamente lo mismo. Yo he llegado a pensar que lo hacen de cachondeo…
Por aquí cerca acaba de autoincluirse en la EVC un elefante y parece que pugna por el primer puesto porque se ha cargado ya a tres personas, así que cortan la carretera por las noches. Curiosamente es cerquita de las historias de “A Tigres y en Chancletas”, así que espero que no me llegue un tremendo e ineludible “No Hay Huevos” para ir a ver elefantes asesinos…
Risikesh. Febrero 2011.
Por aquí me preguntan que donde he estado estos días y cuando digo que en España, me miran como si fuera jilipollas (yo, no el que me mira). Así que es mejor decir que he tenido malaria, tifus o cualquier otra porquería, que la gente lo entiende más y cree que tu enfermedad tiene cura. Porque la de ir y venir continuamente, parece que no la tiene.
Lo más entretenido, como siempre, fue el tramo en coche entre Delhi y Risikesh. Unas siete horitas y media en las que te juegas la vida cada diez minutos.
En la India se utilizan mucho los mantras para la meditación. Hay uno que suelo utilizar en estos viajes, porque aunque quiera evitarlo viene continuamente a mi cabeza (esta es la magia de los mantras). El mío de estas ocasiones concretamente es: “Pocas hostias hay…” No sé si es con h o sin h, pero es que como lo traduzco directamente del sanscrito, me pierdo. Pocas hostias hay. Con la cantidad de “uyuyuyuyuys” por minuto que se producen, parece mentira que haya alguien vivo en todo el país, tanto ser humano como ser animal.
Los coches no tienen retrovisores, claro, porque se apura cada resquicio espectacularmente. No solo en los atascos, donde no se puede dejar medio metro entre vehículos porque siempre cabe otro, también en marcha, independientemente de la velocidad que todos lleven.
Yo suelo pedir como transporte un Ambassador, un viejo coche inglés que antes era el más numeroso en la India. Ahora la mayoría lo ha sustituido por coches pequeños japoneses. Mi elección es debida no sólo a la distinción que evidentemente me caracteriza, sino a su posicionamiento en la Escala Vital Carrereril. Esta escala, a partir de ahora EVC, cuyo peldaño inferior es la gallina, tiene un montón de posiciones intermedias. Los camiones cargados se disputan la posición de privilegio con los autobuses también cargados, por lo que yo recomiendo utilizarlos, ambos, lo menos posible. Hay quienes, como peatones y bicicletas, reconocen su situación, por lo que se apartan siempre que se dan cuenta. Las gallinas tienen más cerebro que las bicicletas, pero no suelen ir acompañadas, por lo que, si se salvan, es por instinto, no por reconocimiento de su lugar en el escalafón. Los gatos están más arriba, porque el instinto felino prevalece sobre el instinto gallino. Los perros se salvan más, porque de instinto creo que no andan mejor que los gatos, pero abollan más los coches… Y así podría seguir eternamente, pero me lo evito a mi mismo y a vosotros.
El problema viene en las posiciones “quiero y no puedo”, que es donde se producen los duelos. Claro que sólo es un problema si vas dentro de uno de los contendientes, por lo que siempre intento evitarlo. El Ambassador se haya discretamente colocado por encima de la mayoría de los turismos, creo que por tamaño y quizás también por algo de respeto a su señorío, y por debajo de los grandes todoterrenos, jóvenes ambiciosos que no respetan nada… En esa situación no es del todo incómodo desplazarse, pero el mantra sigo recitándolo todo el rato.
Estos viajes permiten seguir aprendiendo. Por ejemplo, si hay algo característico de la India, que creo que no debe encontrarse en otro planeta, es la situación que se produce en los pasos a nivel. Cuando uno se cierra porque va a pasar un tren, lo primero que sucede es que las motos siguen pasando por debajo (y motos cargadas con 4 y hasta 5 personas más perro)) en complicadas posiciones y apurando al límite. Luego los coches, buses, rickshaws, motos que llegaron tarde, el carrito de la fruta, la carreta con los bueyes, etc. se colocan a lo largo de toda la barrera, por supuesto ocupando ambos carriles. Cuando se abre el paso, el pollo es espectacular porque hay dos ejércitos enfrentados y pitando a tope. Siempre imagino verlo desde arriba, pensando que la mejor solución es echar alquitrán y volver a empezar… Al final, lleva su tiempo, pero todo se desmadeja y cada uno sigue por su lugar (recordemos, lo del lugar es algo relativo y tiene que ver tanto con el espacio disponible como con la posición dentro de la EVC). Evidentemente, en la siguiente barrera cerrada vuelve a pasar exactamente lo mismo. Yo he llegado a pensar que lo hacen de cachondeo…
Por aquí cerca acaba de autoincluirse en la EVC un elefante y parece que pugna por el primer puesto porque se ha cargado ya a tres personas, así que cortan la carretera por las noches. Curiosamente es cerquita de las historias de “A Tigres y en Chancletas”, así que espero que no me llegue un tremendo e ineludible “No Hay Huevos” para ir a ver elefantes asesinos…
Risikesh. Febrero 2011.
miércoles, 9 de febrero de 2011
Así empezó todo (Planeta India)
Dicen que la India es el único lugar donde todavía no se ha roto el cordón espiritual, ese que nos une con todo y con todos. El que te permite llegar a la Paz.
Ya hace unos cuantos años que yo me enredé en él y en ese momento, sin todavía saberlo, escribí una historia. Así que hoy pongo en el blog otra historia india, pero esta es especial, porque es la primera.
LLEGADA A VARANASI
Después de discutir con varios taxistas, siendo ya noche cerrada, conseguimos que nos lleven al Scindia Hotel, recomendado por un amigo por su espléndida ubicación para lo que nosotros necesitábamos, que no era más que estar en medio de todo. Empieza la aventura, el hotel al que nos llevaron se llamaba igual, pero no era.
En muchos lugares de la India, que entre miles de cosas buenas tiene también el engaño al turista como prioridad en muchísima gente, sucede que, aprovechando la buena fama que un determinado lugar tiene entre los viajeros, surgen varios con idéntico nombre. Muchas veces por cansancio, por no discutir, por temor al entorno que ya se encargan los timadores de hacerlo hostil, por lo que sea, la gente traga y, al menos una noche, una comida o alguna compra, cae.
Nosotros decidimos que aunque fuera lo último que hiciéramos, después de horas de viaje, de discusiones y de gritos, llegaríamos al maldito hotel.
Mochilas al hombro en medio de la ciudad más caótica e interesante del mundo, un rickshaw se ofrece a acompañarnos al verdadero destino. Nos subimos en el triciclo hasta la entrada del laberinto, allí paramos y nos indica que hay que seguir andando. Después de la noche que llevábamos ya no creíamos a nadie, pero pocas opciones había.
Empezamos a seguirle por las callejuelas del viejo Benarés. Todo un mercado, iluminado por bombillas y candiles, olores totalmente desconocidos, algunos embriagantes, otros pestilentes, miles de personas por las estrechas calles. Ambiente en el que nuestro improvisado guía se movía como pez en el agua, parando aquí, preguntando allá y nosotros siguiéndole como podíamos, bloqueados por la marabunta de gente y aturdidos por el ambiente que nos rodeaba.
De repente, unas campanillas empezaron a escucharse acompañadas de unos cánticos y observamos algo que flotaba sobre la multitud. Envuelto en telas de colores chillones, desplazándose a una velocidad imposible para el lugar en el que nos encontrábamos, un cuerpo era transportado por sus familiares, que se abrían paso con canciones, gritos y tintineos. El caos se convirtió en magia, con la visión del cadáver que volaba por encima de los todavía no muertos.
Era transportado hacia Manikarnica, el ghat crematorio, el lugar más sagrado a orillas del más sagrado de todos los ríos. Donde el fuego libra a los hombres del eterno ciclo de las reencarnaciones y los envía directamente a la fusión con Brahma, garantizada por morir en la ciudad de la luz.
Continuamos nuestra ruta, que había comenzado simplemente siendo una necesidad de hotel y se estaba convirtiendo en un claro empujón en nuestro continuo camino en busca del aprendizaje. El laberinto y sus candiles ya eran de cuento de hadas, no estábamos en la realidad, nos habíamos adentrado en fantasía… Seguíamos andando pero el tiempo no transcurría, estábamos drogados de emoción. El impacto que fuimos buscando a la India se produjo allí al final del viaje, en el viejo Varanasi, la ciudad de la luz y de los muertos.
Llegamos al Ganges, el lugar al que más de mil millones de personas quieren llegar. Allí estaba, iluminado por unos faroles blancos y con una bruma que lo envolvía. Un grupo de hombres se bañaba y hacía sus abluciones, aprovechando su inmensa fortuna, la de ser ciudadanos de Varanasi, la ciudad de Shiva. La ciudad que permite a los que mueran en ella, salirse de la rueda y no tener que reencarnarse más.
Por fin, el hotel. Aunque quizás ya hubiera dado igual dormir en la calle. Todavía una sorpresa más, desde el balcón de la habitación se divisaba el ghat Manikarnika, donde todos los días del año y todas las horas del día, se reducen cuerpos a cenizas, en piras funerarias.
Hogueras y humo, fantasmas envueltos en telas moviéndose entre los cuerpos que se están quemando, los más intocables de todos los hombres vigilan el adiós definitivo a la penúltima vida.
La visión es eterna, en su significado real porque siempre se ha hecho y siempre se hará, y porque permanecerá grabada en nosotros, probablemente también en nuestras siguientes vidas.
Ya sólo podía hacer una cosa, aquello que tantísimos millones de personas desean hacer y harían si estuvieran en mi lugar. Vencer los escrúpulos y remilgos occidentales y sumergirme en el Ganges, el río más sagrado y más contaminado, el que da vida a millones de personas y alberga los cadáveres de otros millones.
En homenaje a los que no pueden hacerlo y pidiendo el deseo de que lo consigan, entré en el río y realicé tres simbólicas abluciones que, con distinto lenguaje de las que se realizan todos los amaneceres y atardeceres, buscaban lo mismo... encontrar la paz espiritual.
Varanasi. Agosto 1999
Ya hace unos cuantos años que yo me enredé en él y en ese momento, sin todavía saberlo, escribí una historia. Así que hoy pongo en el blog otra historia india, pero esta es especial, porque es la primera.
LLEGADA A VARANASI
Después de discutir con varios taxistas, siendo ya noche cerrada, conseguimos que nos lleven al Scindia Hotel, recomendado por un amigo por su espléndida ubicación para lo que nosotros necesitábamos, que no era más que estar en medio de todo. Empieza la aventura, el hotel al que nos llevaron se llamaba igual, pero no era.
En muchos lugares de la India, que entre miles de cosas buenas tiene también el engaño al turista como prioridad en muchísima gente, sucede que, aprovechando la buena fama que un determinado lugar tiene entre los viajeros, surgen varios con idéntico nombre. Muchas veces por cansancio, por no discutir, por temor al entorno que ya se encargan los timadores de hacerlo hostil, por lo que sea, la gente traga y, al menos una noche, una comida o alguna compra, cae.
Nosotros decidimos que aunque fuera lo último que hiciéramos, después de horas de viaje, de discusiones y de gritos, llegaríamos al maldito hotel.
Mochilas al hombro en medio de la ciudad más caótica e interesante del mundo, un rickshaw se ofrece a acompañarnos al verdadero destino. Nos subimos en el triciclo hasta la entrada del laberinto, allí paramos y nos indica que hay que seguir andando. Después de la noche que llevábamos ya no creíamos a nadie, pero pocas opciones había.
Empezamos a seguirle por las callejuelas del viejo Benarés. Todo un mercado, iluminado por bombillas y candiles, olores totalmente desconocidos, algunos embriagantes, otros pestilentes, miles de personas por las estrechas calles. Ambiente en el que nuestro improvisado guía se movía como pez en el agua, parando aquí, preguntando allá y nosotros siguiéndole como podíamos, bloqueados por la marabunta de gente y aturdidos por el ambiente que nos rodeaba.
De repente, unas campanillas empezaron a escucharse acompañadas de unos cánticos y observamos algo que flotaba sobre la multitud. Envuelto en telas de colores chillones, desplazándose a una velocidad imposible para el lugar en el que nos encontrábamos, un cuerpo era transportado por sus familiares, que se abrían paso con canciones, gritos y tintineos. El caos se convirtió en magia, con la visión del cadáver que volaba por encima de los todavía no muertos.
Era transportado hacia Manikarnica, el ghat crematorio, el lugar más sagrado a orillas del más sagrado de todos los ríos. Donde el fuego libra a los hombres del eterno ciclo de las reencarnaciones y los envía directamente a la fusión con Brahma, garantizada por morir en la ciudad de la luz.
Continuamos nuestra ruta, que había comenzado simplemente siendo una necesidad de hotel y se estaba convirtiendo en un claro empujón en nuestro continuo camino en busca del aprendizaje. El laberinto y sus candiles ya eran de cuento de hadas, no estábamos en la realidad, nos habíamos adentrado en fantasía… Seguíamos andando pero el tiempo no transcurría, estábamos drogados de emoción. El impacto que fuimos buscando a la India se produjo allí al final del viaje, en el viejo Varanasi, la ciudad de la luz y de los muertos.
Llegamos al Ganges, el lugar al que más de mil millones de personas quieren llegar. Allí estaba, iluminado por unos faroles blancos y con una bruma que lo envolvía. Un grupo de hombres se bañaba y hacía sus abluciones, aprovechando su inmensa fortuna, la de ser ciudadanos de Varanasi, la ciudad de Shiva. La ciudad que permite a los que mueran en ella, salirse de la rueda y no tener que reencarnarse más.
Por fin, el hotel. Aunque quizás ya hubiera dado igual dormir en la calle. Todavía una sorpresa más, desde el balcón de la habitación se divisaba el ghat Manikarnika, donde todos los días del año y todas las horas del día, se reducen cuerpos a cenizas, en piras funerarias.
Hogueras y humo, fantasmas envueltos en telas moviéndose entre los cuerpos que se están quemando, los más intocables de todos los hombres vigilan el adiós definitivo a la penúltima vida.
La visión es eterna, en su significado real porque siempre se ha hecho y siempre se hará, y porque permanecerá grabada en nosotros, probablemente también en nuestras siguientes vidas.
Ya sólo podía hacer una cosa, aquello que tantísimos millones de personas desean hacer y harían si estuvieran en mi lugar. Vencer los escrúpulos y remilgos occidentales y sumergirme en el Ganges, el río más sagrado y más contaminado, el que da vida a millones de personas y alberga los cadáveres de otros millones.
En homenaje a los que no pueden hacerlo y pidiendo el deseo de que lo consigan, entré en el río y realicé tres simbólicas abluciones que, con distinto lenguaje de las que se realizan todos los amaneceres y atardeceres, buscaban lo mismo... encontrar la paz espiritual.
Varanasi. Agosto 1999
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