Bienvenidos a las historias del nómada.

Siempre me ha gustado escribir historias y que otros las lean. También contarlas, escucharlas, leerlas, vivirlas... Historias para reír, para pensar, quizás para llorar... Historias al fin y al cabo de las que están hechas nuestras vidas.

Me pareció buena idea aprovechar este lugar para lanzar al viento algunas de las que he vivido, en cualquiera de los dos mundos, el real o el imaginario (igual de real, porque ambos pueden considerarse también imaginarios).

Bonita sensación la del que arroja una botella al mar con un mensaje, que no sabe donde irá y quien llegará a leerlo.

Aquí va mi botella, quizás alguna vez hasta sepa donde llegó...



martes, 23 de julio de 2013

Libros

Esta es una historia diferente, como si fuera de otro blog o un email, pero bueno, salió así. 

Como muchos me preguntáis como va el libro Planeta India, aprovecho desde aquí para contároslo. Parece que finalmente se publicará el año que viene. Una vez que firmas el contrato con la editorial, lo que en su momento me pareció, dentro de la emoción, una venta de alma al diablo, esta tiene dos años para publicarlo. Inicialmente me dijeron abril del 2013, luego septiembre y ahora que el año que viene. No es su culpa, parece que la crisis les ha afectado bastante, a ellos y a todo el sector, así que sólo pueden publicar este año, libros que garanticen el éxito, al menos para autofinanciarse. El mío lo garantiza, pero ellos todavía no lo saben…

Me ofrecieron publicarlo este año, pero a cambio yo debía comprar al menos trescientos ejemplares. Así cubrían, no sé si parcial o totalmente, la edición. Me planteé hacerlo, preguntar vía blog, email, facebook, etc. quién lo quería, para tener una idea de qué podría hacer con ellos (con los trescientos más los que me corresponden por contrato), incluso hacer una especie de “crowdfunding”. Pero he decidido que no, que pase lo que tenga que pasar. Y si en algún momento pido dinero por estas vías, que lo haré, será para otras cosas bastante más necesarias que publicar un libro (el que no haya leído “Jespal” es buen momento para hacerlo).

Sí que me me han confirmado su interés, veremos como evoluciona la situación. Así que, aunque arriesgo a no publicarlo, ahí queda, en manos del destino.

Mientras tanto, me estoy planteando escribir otro (quizás ya para mí solo, o para publicar por aquí, ya veremos). Es de otro estilo, no serán historias cortas, ni siquiera sé si la idea sobrevivirá al verano… Pero mientras todo eso se decide, me apetece compartir el principio con vosotros.

Les llaman “contadores de historias” y ellos lo que más valoran es el silencio…

Pero saben que mientras que las mujeres y los hombres no estén preparados deben seguir escribiendo, narrando, representando, según el momento, según los interlocutores. La gente necesita entenderles aunque no sea consciente de ello y ellos… bueno, ellos tienen que hacerlo, es una misión que llevan realizando generación tras generación, vida tras vida, hasta que la cumplan del todo, hasta que pueda darse por finalizada. Eso parece todavía lejano en el tiempo y en el espacio.

Esta es la historia de los “contadores de historias”. Y es una historia de dioses que juegan con la vida de humanos que sufren, de magia y misterio, de saltos en el tiempo que no existe, o al menos no parece que exista, de almas viejas que vagan dubitativas y de almas jóvenes que se regocijan en su inexperiencia. Una historia de de sabiduría e ignorancia, de la vida tal como es, aunque no sepamos entenderla.

Y de aquellos que nos ayudan a hacerlo.



San Agustín del Guadalix. Julio 2013

sábado, 15 de junio de 2013

La casa de Hugo

¡Hola Hugo!

Acabas de llegar a este extraño lugar y me apetece contarte un cuento. Y a cambio sólo te pediría que me contaras de donde vienes…

Lo malo es que ahora que tienes reciente el viaje no me lo puedes explicar o al menos yo no se entenderte y cuando ya seamos capaces de comunicarnos, lo habrás olvidado. Eso es lo que nos suele pasar a todos, así que así estamos siempre, dando vueltas a “de dónde venimos” y a “dónde terminaremos”. ¿A qué ahora te da igual?

Vamos con el cuento, aprovechando que no puedes defenderte. Cuando crezcas te será más fácil huir del tío cuentista, ahora apechuga con lo que te toca. No será peor que lo que te han hecho en estas pocas horas que llevas por aquí, porque vaya cambio de vida que has tenido. Por cierto, este seguro que es el cambio más radical que todos hacemos jamás y, aunque ahora no puedas creerlo, luego hay otros cambios mucho menores que, en ocasiones, nos paralizan…

Ahora sí que va. Cuando yo era pequeño, no tanto como tú pero pequeño, jugábamos a un juego que consistía en perseguirnos los unos a los otros. Había quien lo llamaba “pillla pilla”, pero yo no era de esos que usaban ese nombre horrible… Bueno lo que quiero contarte es que dentro de ese juego, había un lugar que se elegía previamente en el que nadie podía hacerte nada, en el que estabas completamente a salvo. Ese lugar lo llamábamos, aquí si que yo me incluyo entre los que lo llamaban así, “casa”.

Casa era ese sitio donde descansar, agotado de que te persiguieran, ese lugar tranquilo desde donde podías ver el juego en el que otros corrían, los malos y los buenos. Todo sucedía delante de ti y, mientras lo observabas, podías decidir cuando salir de nuevo y continuar jugando. En ocasiones, ese ratito en casa te servía para comprender mejor como se desarrollaba, darte cuenta de quienes eran más rápidos que tú, por donde era más sencillo moverse… Te permitía tomar mejores decisiones para cuando te incorporaras de nuevo. Además desde ahí eras más consciente de que sólo era un juego. ¡Incluso el haber parado te permitía darte cuenta si te apetecía seguir jugando a eso!

Este rollo te lo cuento como introducción a otro. Y es que yo, ya de mayor, volví a descubrir “casa”. ¡Existe de verdad!. Y desde ahí he podido entender mejor el “pilla pilla” en el que vivimos, ese al que acabas de llegar. Esta historia que te escribo sólo es para decirte que puedes estar tranquilo, que aunque este nuevo mundo te parezca de locos, siempre vas a tener un lugar en paz desde donde observar y decidir como quieres continuar jugando. Quiero que sientas que hasta en las circunstancias más adversas podrás decidir sobre el cómo afrontarlas y que aunque eso te parezca en ocasiones imposible exteriormente, dentro de ti hay un sitio desde el que entenderás mejor el juego y sabrás que hacer.

Comprenderás que puedes tomar decisiones que hagan que el juego se desarrolle de la manera que te parezca más correcta, que no es tan importante ganar o perder, incluso que para ganar no es necesario que otros pierdan.

Esto significa que aunque la parte de vida que ahora te toca tendrá momentos de todo tipo, siempre dependerá de ti el cómo te afecten. Hay un punto a partir del cual, suceda lo que suceda, ya sólo mandas tú. Claro que te será algo complicado saber realmente quién es ese tú, porque aunque ahora lo tienes clarísimo, pronto entre todos te haremos olvidarlo y te tirarás un montón de tiempo para recordarlo de nuevo… Pero esas son las reglas de este juego.

En principio ya hemos empezado todos a llamarte Hugo… y te voy avisando desde ya que, aunque ahora mismo sabes que tú no eres Hugo, que ese sólo es el nombre que te han puesto, lo olvidarás y terminarás creyendo que sí que lo eres y que eres un montón de cosas más.

Iba a contarte también la manera de contactar con tu “casa”, incluso a explicarte que aunque accedas a ella desde ti mismo, en realidad es la casa de todos… Pero ya tendremos tiempo de hablar de ello. De hecho, tengo claro que en este momento podría aprender mucho más yo de ti que tú de mí y es absurdo intentar enseñar a quien podría ser tu maestro.

Pero desgraciadamente ahora no se entenderte…



San Agustín del Guadalix. Junio 2013

miércoles, 15 de mayo de 2013

Humildad


“La humildad es algo muy extraño. En el momento mismo que creemos tenerla, ya la hemos perdido”. San Agustín

Creo que llevo en esa lucha toda la vida, aunque hasta hace unos pocos años no he sido consciente y cada vez lo soy más. Mi Maestro, del que ya habéis leído unas cuantas cosas, cada vez que me hace llegar un mensaje, lo suele acompañar de la recomendación que nunca la olvide.

Hace unos meses, trabajando para una escuela de negocios en una actividad de liderazgo, propusimos que los alumnos escribieran cuales debían ser las características del buen líder. Se escribieron muchas, en folios distintos. El asunto consistía en repartir los papeles por el suelo y que la gente se fuera agrupando cerca de la cualidad que creía que necesitaba desarrollar más. La humildad, que había salido como una de esas virtudes necesarias para el buen liderazgo, estaba allí en el suelo. Yo me acerqué y le comenté a una compañera: mírala, que solita se ha quedado…

Al final de la jornada, como suelo hacer, ofrecí para los que quisieran una clase voluntaria de meditación. Fue una alegría porque se apuntaron prácticamente todos. Hicimos la clase y todo fue muy bien.

Por la noche, en mi camita, supongo que más henchido de orgullo de lo que me gustaría reconocer por el éxito de convocatoria, apareció mi Maestro en mi mente y sólo me mostró una imagen. Era yo mismo unas horas antes, sobre el folio que ponía: Humildad. Esa hoja que yo creía que se había quedado solita y en realidad había sido escrita para mí…

Y con eso estoy. Entendiendo porque me rechina tanto cuando veo a alguien que cubre su orgullo y soberbia detrás de una máscara de falsa modestia. Prefiero a alguien vanidoso y que no lo oculte a quien porta esa careta, creo que es preferible la falta de humildad que la falsa humildad. Evidentemente, esas personas me muestran lo que necesito ver, lo que necesito seguir trabajando. Así que sólo puedo decir gracias.

Hay muchas caras del ego y una de las más peligrosas es la del ego espiritual. Al tener un Maestro puedes empezar a creerte por encima del bien y del mal, con sabiduría y poder… Pese a ser, precisamente, lo contrario de lo que él te enseña. En este caso la careta consistiría en barnizar lo que realmente piensas, que se note lo importante que eres pero que parezca que no te lo crees...

Comprender este juego es también parte del camino. Son más de esas capas de las que suelo hablar cuando hablo de la Paz Interior cubierta. Sólo queda observar, aceptar y continuar.

Realmente en el Planeta India asumo mucho más fácil mi papel de eterno aprendiz. Tengo claro que la persona o la situación más inesperada puede enseñarme, así que estoy bastante relajado y atento a los aprendizajes. A veces eso me lleva a comerme alguna charla de más o alguna situación aburrida, pero en general me merece la pena.

Mi mayor maestro en humildad fue Sahidji, al que menciono en otra historia porque murió el año pasado. Era un maestro sikh muy reconocido y valorado, pero no tenía ningún problema en agacharse con sus ochenta y tantos años a tocar los pies en señal de respeto a otros maestros, probablemente mucho menos sabios. De ellos, los que también eran humildes, solían pararle a mitad de camino y agacharse ellos. Los que no lo eran, se daban una gran importancia, dado que alguien como Sahidji tocaba sus pies. Él jamás empezaba a comer o se sentaba si el resto de gente, sobre todo sus amigos extranjeros, no lo estaban ya. Sólo al final aceptó alguna consideración especial y era por no herir a los que tanto le insistíamos.

Más difícil me es lidiar con ello en la vida profesional, en España. En una sociedad en la que cada vez es más importante la marca personal, el curriculum, la experiencia… No es lo mismo que alguien anónimo imparta un curso, a que lo haga un coach ejecutivo, con amplia experiencia profesional, que vive parte del año en la India, que lleva meditando tanto tiempo, etc. Es difícil establecer el límite entre lo que es necesario y lo que es superfluo. Un límite evidente es la mentira, pero dentro de la verdad ¿dónde está esa frontera? Combinar el “hay que venderse” con el trabajo con la humildad no es tarea sencilla.

Hay una solución, más fácil de escribir que de practicar, que es el desapego al resultado y actuar con amor. Hacer las cosas lo mejor posible, sin preocuparnos de lo que suceda después, sin esperar halagos, ni felicitaciones, ni premios… Sólo por amor.

Esto del amor, que suena tan bien y es tan difícil de seguir, sirve también para tratar con esas máscaras propias y de otros. Cuando la ves en otro, solo habría que responder con amor y cuando la sientes en ti, también responderte de la misma manera.

Cuando vuelva, ya que en la India no tengo mucha vida profesional, me tocará trabajar con todo esto en España (y será mucho más difícil todavía porque se publicará mi libro, y venderé miles de ejemplares y me haré famoso…). Mientras tanto sigo en este Planeta con lo que la vida me va poniendo por delante, con esos espejos que me hacen saltar aterrorizado o cabreado hasta que me doy cuenta que soy yo, un poco más feo de lo que creía… O reflejan en lo que me puedo llegar a convertir si me descuido.

Ahora siento que escribir esta historia con una confesión forma parte de este trabajo: Soy un simple discípulo al que le falta humildad y que tiene mucho camino por delante por recorrer.


Risikesh. Febrero 2013  

lunes, 15 de abril de 2013

Pujas

Pronúnciese puyas, porque sino parece una lonja, y escríbase no sé como porque es una palabra sánscrita. Son ceremonias milenarias y se celebran para todo. Nacimientos, muertes, bautizos, al amanecer, al atardecer, cuando se estrena casa, habitación, negocio, coche, moto, bici, para pedir, para agradecer, cuando el niño toma su primer alimento sólido, en cumpleaños, en días especiales (que hay muchísimos), para Durga, para Ganesh, para Shiva (los lunes), para Hanuman (los miércoles), para los otros millones de dioses…

Como tantos rituales de todas las religiones, todo el mundo participa pero casi nadie sabe el verdadero significado. En el caso de las pujas es anterior al hinduismo, de la época prevédica.

Y, tengo que confesarlo, a mí no me gustan, me aburren muchísimo. Llevo unas semanas por aquí y he conseguido no asistir a ninguna. He rechazado amablemente cuatro invitaciones (una por una operación, médica no financiera, otra por un nacimiento y dos por algo que no me he enterado muy bien). Además he conseguido esquivar también las que han ido haciendo en mi ashram.

Mi aversión comenzó hace unos años cuando me invitaron a una y duró… dos horas. Estaba sentado en primera fila, en el lugar de honor, rodeado de un montón de gente, con una imposible escapatoria. Fueron pasando rituales y minutos, y más rituales y más minutos… En fin, ahí decidí que yo no era puyero y que intentaría evitarlas el resto de mi vida… Y digo intentaría porque es imposible no participar en unas cuantas en cuanto pasas una temporada en este Planeta.

También cuesta esquivarlas por la calle. Hay pseudopujaris que persiguen a la gente por la calle para hacer una rapidita, por aquí tenemos a uno disfrazado y pintado de Hanuman (el dios mono) que hace hasta el ruido de su representado. Hay lugares en los que tienen espías en las estaciones de buses para que no se les escape un extranjero sin su puja… Porque aunque la India entera es sagrada, hay unas zonas más sagradas y, dentro de ellas, unos lugares más sagrados todavía… Y aquí están los “brahmines de presa” que no dejan pasar una sola víctima que acuda a rendir honores a la estatua, árbol, cueva o lo que sea. Están al acecho y te agarran literalmente, no vaya a ser que te vayas sin su bendición.

Algo que tienen las pujas es que son contagiosas, todos los extranjeros que hay por aquí también las encargan… Como si no tuviera bastante con evitar las de los indios. Yo no sé si esta gente en su país encarga tantas misas como aquí pujas, pero si es así deben tener a los amigos braseados o del opus.

Parece que te invitan a un divertídisimo fiestón cuando te lo dicen. ¡Mañana puja! Yupi… me voy a tirar una hora incómodo, con los oídos reventados, entre un montón de gente empujando y sin entender nada…

La puja genérica, puesto que hay de muchos tipos, consiste principalmente en uno o varios pujaris (que son los que la hacen), recitando en sanscrito. Prácticamente no entiendo nada de hindi, quitando algunas cosas de comer, así que imagina lo que entiendo de la recitación de unos textos que tienen miles de años. Si pillo el nombre de algún dios o algún trozo de mantra que me sepa, me sonrió con aires de controlarlo todo. El pujari habla y los asistentes repiten, menos uno, yo, que hace playback. Además se acompaña con un montón de cosas, flores, dulces, fruta, frutos secos, arroz, leche, agua, incienso, velas, hojas… Y el sonido de campanillas, caracolas sopladas y, al más agradable, un trozo de hierro contra otro. Digo sonido por no parecer irrespetuoso.

Yo hago lo que siempre hacía en misa, imitar a los demás. En lugar de sentarme, ponerme de pié y arrodillarme, aquí tiro flores, paso mis manos por encima del fuego o lo muevo en círculos. Y repito lo que otros dicen o hago como si lo hiciera. Pongo cara seria, bostezo para adentro y me hago el remolón al levantarme, ganando unos segundos de descanso. Creo que de esa época de misa me viene la habilidad de escaquearme en las pujas, porque yo fui de monaguillo del lado izquierdo. En mi tierna infancia el monaguillo del lado izquierdo no hacía nada pero recibía el mismo premio que el del lado derecho, recortes y vino. Los más jóvenes no sabrán de lo que hablo, pero muchos os sonreiréis al recordarlo.

En un sitio como Risikesh que, como he repetido muchas veces, es de los más sagrados de la India y donde está completamente arraigado el hinduismo, el número de pujas tiende a infinito. Lo bonito es que las más importantes se acompañan de megafonía. Megafonía es un término, como muchos otros, que en la India se queda corto. Espectaculares altavoces en tamaño y potencia, que no en calidad, compiten por hacerse con el espacio aéreo en los días más señalados, en un verdadero pique de puyas. También debo destacar que, aunque los mantras se recitan en una especie de canto, no necesariamente para ser un buen pujari hay que tener buena voz, incluso podría afirmar que debe ser una condición poco valorada.

Tengo que reconocer que una vez encargué una… La verdad es que todavía no había desarrollado esta aversión y además el pujari es amigo nuestro desde hace muchos años. Fue cuando estrenamos la nueva casa. Como es un chalet, el linaje de nuestro maestro se llama linaje de Saccha (que significa “verdad”) y yo soy un tío muy ingenioso, se me ocurrió el nombre “Sacchalet”. Empezó siendo una coña, pero cuando nuestro amigo Ashok dijo el nombre en la puja y que estaba en San Agustín del Guadalix, con su acento indio, recitando en sanscrito y diciendo el castizo nombre de mi pueblo, con Sacchalet se quedó. Además en ese momento decidimos hacer un hall de meditación en la buhardilla, el lugar sagrado de la casa. Todavía Ashok nos pregunta por Sacchalet siempre que nos ve, mi ingenioso nombre aquí gusta…

Así que por aquí ando ojo avizor, ya que varios amigos han tenido niños, otros han cambiado de casa y, además están los guiris que si no tienen motivos, se los inventan.

Mi aquí expuesta ignorancia sobre las pujas y el humor de la historia no significa que no las respete, al igual que a todos los ritos de todas las religiones. Son una de las bases de la religión y la forma de que la gente recuerde a menudo a sus dioses. Que en los tiempos que corren, no está de más mirar hacia allá.


Y desde que he escrito, ya llevo dos. Una en el samadhi y otra en el Ganges. Han sido preciosas, pero ya no voy a borrar la historia…


Risikesh. Febrero 2013

lunes, 4 de marzo de 2013

Aprendizajes de una uña

Todo empezó hace un par de semanas, al poner el dedo en el sitio equivocado y en el momento equivocado. Si sólo una de esas dos cosas hubiera sido equivocada, no se habrían producido los aprendizajes, ni la cicatriz, claro.

Algunos habréis leído la anterior historia, “Pérdidas”, ahí se cuenta el inicio de esta. Así que si alguien no la ha leído, que vaya para allá antes de continuar.

En el momento del impacto sentí, lógicamente, un dolor bastante grande, y un poco más tarde me dí cuenta cómo había empezado mi cerebro a funcionar. El dolor se vio incrementado, hasta llegar a marearme y cubrirme de sudor frío, porque mi mente empezó a aumentarlo con preocupaciones añadidas. Al ver la herida, mi primer miedo fue no saber la gravedad de lo que me había sucedido, luego empecé a temer que se infectara y me tuvieran que hurgar en ella para limpiarla, lo cual me haría mucho daño, también adelanté que sería doloroso durante mucho tiempo, incomodísimo para manejarme con una mano solo, complicado conseguir un sitio medio limpio para que me atendieran en ese momento, además tendría que ir luego a un hospital mejor… Todo eso iba pasando por mi cabeza y de repente pude ver cómo sólo servía para hacerme sufrir más. Había momentos de paz, en los que solamente estaba con el dolor lógico, el del momento, y otros en los que se incrementaba por mi juego mental. Cuando paró eso, nada era tan grave. Había dolor, pero era soportable. Y todo lo demás, todo en lo que había pensado, ya ocuparía otro momento en mi mente, sólo si fuera necesario.

Desde ahí pude escribir la otra historia, de humor, porque me encontraba, paradójicamente, muy bien.

Me ha dolido mucho menos de lo que mi mente adelantó, no se ha infectado, hago vida prácticamente normal (y encima me lavan el plato de la comida…), no he tenido que ir a más médicos porque mis autocuras son suficientes y encontré justo al lado del autobús un sitio para que me atendieran (no, limpio, no). Así que frenar los pensamientos que venían añadidos fue muy bueno, porque nada de lo temido ocurrió.

De hecho, ahora mismo sufro más cuando me acuerdo del momento del portazo que con el propio dedo y vuelvo a poner la misma cara que vosotros al leer la otra historia.

Buda dijo “No hay que añadir sufrimiento al dolor, el dolor es inevitable pero el sufrimiento no”. Yo siempre había pensado en ello más desde el punto de vista emocional y utilizo esa frase en los cursos, con ejemplos como la pérdida de un ser querido, del trabajo o de la pareja. Nunca lo había utilizado para la pérdida de una uña…

En resumen, un bonito aprendizaje y dos historias a cambio de la uña. Eso no quiere decir que a partir de ahora vaya mirando donde vayan a cerrar puertas para poner mis deditos, pero ya que ha sucedido…


Risikesh. Febrero 2013

miércoles, 20 de febrero de 2013

Pérdidas

En dos semanas por aquí he perdido casi más cosas que en todos los viajes anteriores juntos. Concretamente he perdido unas chanclas, una manta y una uña.

Las chanclas son las terceras que me espabilan en este Planeta. Las dejé en el lugar de siempre yendo a meditar en el ashram y al salir había otras. Que eran rojas como las mías, pero peores, más viejas, más sucias y, lo que determina que no fue una equivocación, dos o tres tallas más pequeñas. Así que me volví a casa con medio pie fuera de cada chancleta.

La verdad es que me hizo gracia porque me pareció una buena estrategia para mangar. Si pillo al que se las llevó tenía una buena excusa, me hubiera dicho que se había confundido y yo qué hubiera podido decirle... Entiendo que el destino lo quiso así, porque que llegara al mismo lugar que yo, en un momento que no viene casi nadie, un tío con unas chanclas del mismo color y que además fuera un chorizo no puede ser casualidad. Así que acepté la pérdida con deportividad.

La segunda pérdida fue una manta, que se deslizó de mi hombro una noche oscura. No es frase poética, es que no había luz y estaba negro como el sobaco de un grillo. Tengo que decir en su descargo, en el de la manta, que llevaba unos diez meses dentro de un baúl, así que aprovechó la primera oportunidad para largarse. Estaba acostumbrada a recorrer mundo ya que su anterior empleo fue en un avión de la compañía Emirates… Así que no se lo reprocho y ahora la imagino viajando por el país, del brazo de algún sadhu errante.

La tercera ha sido hace unas horas y todavía no lo llevo muy bien, porque llevaba conmigo mucho más tiempo. Estaba subido en un autobús con cerca de un millón de personas más y entre la puerta abierta y yo había un par de chavales. Para evitar empujarles y que volaran fuera, iba apoyado donde podía… En un segundo descubrí que ese donde podía no era buen sitio. Cerraron la puerta corredera, con la delicadeza que suelen hacerlo por estos lares y mi dedo estaba en el camino. ¿Sabéis lo que es que te metan un hierro oxidado entre tu dedo y tu uña? Probablemente no lo sabéis pero, por la cara que habéis puesto, podéis imaginarlo. Ahora entiendo perfectamente porque se utiliza como método de tortura el arrancar las uñas, yo hubiera confesado lo que fuera para ahorrarme el trago.

La secuencia siguiente a cerrar la puerta fue: mi grito, verme el dedo, empezar a marearme, sentarme en un asiento que me cedieron muy amablemente por compasión o para evitar mi chorro de sangre, sudor frío y luego decirme a mí mismo las dos frases que he dicho cortésmente en tantas ocasiones:
1) Hay que tener más cuidado
 2) Podía haber sido peor, me podía haber pasado a mí.

Esta última no tenía sentido puesto que realmente me había pasado a mí, pero tenéis que entender que estaba bastante mareado.

A partir de aquí y gracias a que iba con un amigo indio, dado que en el bus no hablaba inglés ni el tato, terminé en una consulta de un médico que merecería una historia aparte, pero no la escribo porque no me encontraba como para quedarme con los detalles. Sólo diré que no vi ni el título ni los cursos de especialización en las paredes. Me hizo daño un rato, me vendó y me puso la antitetánica, creo.

Se acabó el comer con la mano durante una larga temporada, porque es el dedo de empujar el arroz. Probablemente cuando pueda volver a hacerlo ya estaré en España y como allí no está muy bien visto, será en mi casa a escondidas. Aquí la izquierda no puede usarse para comer porque es para otras cosas, como alguna vez ya he comentado. Cosas que tendré que aprender a hacer yo con esa mano.

Ahora mismo, mientras escribo esto sin problema, porque jamás he usado todos los dedos para escribir, tengo un dedo gordo mucho más gordo, cubierto de una venda sanguinolenta y ninguna gana de abrir el paquete para ver lo que hay.

Así que decidí escribir una historia de humor y ya lloraré dentro de un rato…


Risikesh. Febrero 2013

viernes, 8 de febrero de 2013

Jespal

Jespal trabaja como dependiente en una tienda de ropa, desde hace once o doce años. Yo le conozco desde hace ocho. Su jornada laboral es de unas once horas, de lunes a domingo, con un descanso para comer y otro descanso para irse a recitar sus mantras a orillas del Ganges. Ahora es afortunado porque durante muchos años, en este mismo lugar, empezaba a trabajar a las ocho y no terminaba hasta las doce o la una de la noche, porque al cerrar la tienda tenía que ir a casa de sus jefes a hacerles la cena. Día tras día.

Antes tuvo un negocio a medias con su cuñado que terminaron vendiendo y el dinero se lo quedó el socio porque parece que lo necesitaba más, por motivos que no vienen al caso, pero no muy buenos… Jespal no quiso que su hermana y su madre se disgustaran por problemas económicos y lo aceptó así. Perdió todo y decidió empezar de nuevo.

Su sueldo actual es de seis mil rupias mensuales, menos de ochenta y cinco euros al cambio. El que piense que quizás eso es suficiente para la India que haga un par de cálculos facilitos: una habitación (no casa), dos mil quinientas rupias al mes, una bombona de gas para cocinar, mil doscientas rupias al mes y hay que sumarle la electricidad que no sé cuanto es y el pequeño detalle de comer a diario, preferiblemente poco y barato. Además, en ocasiones precisa de médicos y medicinas y algún gasto extras como algo de ropa, aunque suele evitarlos en la medida de lo posible.

Hace unos años Jespal me contaba que tenía que casarse, por la alta presión social y familiar que tenía. Su familia vive en otro estado y él se vino a vivir a Risikesh porque quería vivir en este lugar sagrado a orillas del río también sagrado. Continuamente le buscaban esposa y le insistían para que hiciera lo que todo indio debe hacer, casarse y tener hijos. Él se resistía como podía porque su vocación era más de brahmachari, de permanecer soltero y dedicarse a la vida espiritual además de a su trabajo. Finalmente, hace un par de años, apareció Rubi en su vida y se casaron. En su boda, como es habitual en este Planeta, los novios no estaban muy contentos pues apenas se conocían, pero Jespal por fin había hecho lo que todos le insistían que debía hacer.

Para la boda, entre dos familias muy pobres, hizo lo que también mucha gente hace. Cayó en la gran trampa. Su jefe le prestó dinero y le convenció de que le subiría el sueldo ahora que iba a tener familia. De seis mil rupias pasaría a nueve o diez mil, ya lo concretarían. Con ese incremento podría ir pagando el préstamo y seguir viviendo más o menos igual. El préstamo fue de ciento sesenta mil rupias, con las que pudo celebrarse la boda y agasajar convenientemente a familiares e invitados. También a sadhus y mendigos.

Cuando todo terminó y aquí la trampa, no hubo subida de sueldo. Seguía cobrando lo mismo, tenía una gran deuda y una mujer que mantener. De esta forma, el patrón se asegura la fidelidad casi de por vida del empleado. Como es imposible vivir con ese salario y pagar la deuda, habitualmente los empleados van empeñándose más y más… Hasta que se hace imposible salir de esa rueda. Esto sucede con las clases sociales más bajas. Es algo parecido a una moderna esclavitud, puesto que los empleados los son para todo, no sólo para el trabajo para el que en teoría son contratados. Hacen lo que dice el jefe. Y punto.

La eficacia de Jespal está fuera de toda duda. Cuando él está se vende diez o veinte veces más que cuando no está. Cuando no está me refiero a cuando el jefe le manda a otro lugar, claro, porque las vacaciones no existen. Su jefe en realidad es una familia. La señora es la que entiende el negocio, la que conoce la valía de Jespal y la que se ha asegurado su permanencia… El señor no da para mucho. Se dedica a hacerle la vida imposible, desconfiando de él, registrando sus bolsillos (pocas veces le he visto tan dolido como cuando me contó esto) y ordenándole cosas absurdas, como colocar y descolocar varias veces zonas de la tienda. El primogénito, al que conozco desde que era un niño, no hace más que dilapidar la fortuna de la familia (porque, evidentemente, son ricos).

Muchas de las enseñanzas que yo he recibido y voy intentando compartir vienen de Jespal. Su fuerza es la que hace que el negocio de sus amos funcione y su sabiduría es difícil de explicar. Puede sorprenderte con cosas que has leído en libros que él no conoce, hablarte de las sagradas escrituras indias, adivinar tu estado de ánimo, saber como te va en la meditación… Resumiendo: Jespal es un maestro espiritual. Es lo que tiene este Planeta, sabios disfrazados en muchos lugares.

En varias ocasiones intenté ayudarle con dinero y nunca me lo aceptó. Esto no me ha pasado jamás en la India. Bueno, ni en ningún sitio. Siempre me dijo que con mi sonrisa era suficiente. Últimamente me ha aceptado un poco porque he aprovechado la nueva circunstancia (cabezón de mí, me cuesta aceptar un no por respuesta).
Y esta circunstancia se llama Ananda que ahora ha venido a la familia. Nació en abril así que yo le he conocido hace unos días. Jespal sigue en la misma habitación, de unos ocho metros cuadrados y sin baño. En ella, donde hemos cenado unas cuantas veces, hay una gran cama (que también hace de sofá, de mesa, de sillas…) y una pequeña cocina de gas. En medio, en el suelo, hay una esterilla donde dormía la madre de Jespal que vivió un par de años con el matrimonio. Ahora se ha marchado al pueblo con otro hermano, ya que con la llegada de Ananda, la economía no da para más.

Cuando nació, Jespal tuvo que hacer guardia sentado en el suelo de la habitación donde estaban (que compartían con un montón de gente, claro) porque en ese mismo hospital desaparecieron cuatro bebés recién nacidos… Eso parece que no es muy habitual, lo es más que cambien a las niñas por niños. En la India tener una niña es un lastre, puesto que los que cuidaran a los padres de mayores son los varones y además está la dote para la boda… Así que, si tienes dinero, puedes conseguir que tu niña se convierta en niño en el hospital por arte de magia. Eso puede suceder puesto que está prohibido conocer el sexo del bebé antes de que nazca, por lo que he comentado que sucede con las niñas. También excepto que tengas dinero y entonces recurras a alguna clínica especial, que las hay. ¿Habéis oído hablar del aborto selectivo? ¿Para qué querer saber el sexo antes si no?. A lo que íbamos… Jespal sabía que su hijo era varón (al igual que sabe que el próximo que tendrá también lo será…), pero sólo después de insistir mucho él y sus familiares consiguieron que el médico lo dijera… Estoy hablando después de que hubiera nacido Ananda. A partir de ese momento todo el mundo le pedía dinero porque había tenido un niño y debía estar contento… Varios médicos, enfermeros, el conductor de la ambulancia…

Así que ahora tenemos a Jespal, Rubi y Ananda viviendo en la pequeña habitación que ya he descrito, con un sueldo de ochenta y cinco euros y una deuda de casi dos mil (algo ha pagado de ella en este tiempo). Además sin poder vivir con su madre, algo que todos desean porque ella está muy mayor y quiere estar con su nieto y a la orilla del Ganges el tiempo que le queda.

Como han empezado a gestionarlo es marchándose Rubi a su pueblo con Ananda, un par de meses con su madre y un par de meses con su suegra. De esta forma Jespal consume menos gas, menos comida, menos luz… Y ahorra algo para pagar el préstamo. Le ha propuesto a Rubi que se vaya un año (¡un año!) con ambas familias y así poder ahorrar al máximo, llevando una vida de total austeridad. Ella no ha aceptado, dice que no quiere que él no vea crecer a su hijo, que si tienen un solo chapati, lo compartirán entre los tres…

Escribiré dos finales para esta historia. El que iba a ser y el que es.

El que iba a ser. Le propongo a Jespal cancelar su deuda y ayudarle a empezar un nuevo negocio que tiene pensado. Para ello, además se me ocurre, hacer una petición a través de mi blog y que el que esté interesado en participar me lo diga. No como ayuda a Jespal y a su familia, sino como ayuda a nosotros mismos porque creo que Jespal y la gente como él nos dan la oportunidad de hacer cosas buenas. En este final, el que iba a ser, hago la propuesta, y tanto si tiene éxito de convocatoria como si no, saco a Jespal del atolladero y le ayudamos a empezar en mejores condiciones. Hasta me planteo, de tener buena respuesta por parte de los lectores, abrir una línea de ayudas en ambas direcciones (porque ¿quién ayuda a quién?...) con diferentes Jespals y Rubis que hay por aquí. Iba a dar mi email, al que le interesara le daría un número de cuenta y bla, bla, bla… Y la historia terminaría dándole las gracias por ayudarnos, por permitirnos hacer algo bueno. Este final ya casi lo tenía escrito antes de hablar con él.

El que es. Empieza igual: Le propongo a Jespal cancelar su deuda y ayudarle a empezar un nuevo negocio que tiene pensado Y me dice que muchas gracias, que por favor no me ofenda, pero que no lo acepta. La vida tiene problemas y satisfacciones y hay que saber lidiar con ellos. Para él, para Rubi, para Ananda (incluso para Ananda…) son prácticas que les sirven para seguir aprendiendo. No vale de nada que alguien te resuelva los problemas, porque en la vida siempre habrá más y hay que aprender de ellos. Prefiere seguir manejándose, practicando, aprendiendo…

Y la historia termina con que al menos conseguí que el año que viene retomemos el tema (cabezón, cabezón). Aunque creo que me dijo que sí sólo para no hacerme daño. También me ha dicho que me considera su opción de emergencia, parece que esto todavía no lo es…

Espero acercarme algún día a su humildad y su sabiduría, mientras tanto, sólo me queda seguir aprendiendo de él y de los maestros ocultos de este Planeta.


Como hay amigos que leen el blog y también viajan por Laxmanjhula, Jespal y Rubi no son nombres reales. No vaya a ser que por algún comentario bienintencionado les compliquemos la vida.


Risikesh. Febrero 2013