Bienvenidos a las historias del nómada.

Siempre me ha gustado escribir historias y que otros las lean. También contarlas, escucharlas, leerlas, vivirlas... Historias para reír, para pensar, quizás para llorar... Historias al fin y al cabo de las que están hechas nuestras vidas.

Me pareció buena idea aprovechar este lugar para lanzar al viento algunas de las que he vivido, en cualquiera de los dos mundos, el real o el imaginario (igual de real, porque ambos pueden considerarse también imaginarios).

Bonita sensación la del que arroja una botella al mar con un mensaje, que no sabe donde irá y quien llegará a leerlo.

Aquí va mi botella, quizás alguna vez hasta sepa donde llegó...



sábado, 30 de octubre de 2010

A tigres y en chancletas

Ayer fui “a tigres”. Hay quien va a setas, pero yo fui a tigres. La diferencia principal es que el que va a setas, tiene el objetivo de comer setas y el que va a tigres, de que no le coman los tigres.

La expedición empezó a fraguarse durante una comida. Ahí me dijeron que había un sitio donde en ocasiones se veía algún tigre, que si quería ir. Eso es como el clásico “no hay huevos”, nadie puede negarse.

Dos tíos en un vespino indio, en chancletas y con un paraguas (rosa, para más señas) por si la cosa se ponía fea (y llovía…).

Hay momentos que uno se plantea realmente si se ha dejado el cerebro en casa o, al menos, las instrucciones de cómo utilizarlo. Uno de esos momentos fue cuando me encontraba de paquete en un cutrescuter por una carretera en medio de la selva y completamente de noche.

No se veía absolutamente nada, la luz de la moto era como encender un mechero delante del faro… La verdad es que, pudiendo ser el último, era un momento bastante divertido. Si lo analizamos desde el punto de vista de un imparcial observador y desde un lugar seguro, no desde el de una posible merienda.

Decidí analizar mis posibilidades:
Si salía un tigre en cuesta arriba, sería complicado porque la velocidad punta que podríamos alcanzar sería superada sin problema por la abuelita del felino. Si era cuesta abajo, probablemente nos mataríamos antes de que nos alcanzara el tigre, en esa carretera mojada y llena de piedras y agujeros. Aunque, en este caso, si al tigre lo que le gustara fuera cazar, nos libraríamos de sus garras, algo que sería un pobre consuelo para nuestros cadáveres.
Por otro lado, yo era una presa bastante más apetitosa para cualquier predador que mi compañero, un flacucho profesor de yoga. Mi única ventaja era que se había operado hace poco de la pierna y quizás, si lograba golpearle justo en la rodilla en el momento del ataque, antes de salir corriendo, podría salvarme. Eso si sólo salía un tigre, claro. Si salía toda la familia “Tigretón”, quizás no mereciera la pena ni pegarle.

Me habían asegurado que no había ningún problema, puesto que los tigres sólo atacaban a los humanos si tenían mucho hambre (ellos, no los humanos). La seguridad de la explicación sigo sin entenderla, porque nadie me garantizó que hubiera quien se dedicara a diario a alimentarlos por aquella zona.

Además, según los indios, parece ser que sólo atacan a aquellas personas que guardan violencia en su interior… Y yo no podía quitarme de la cabeza mi estrategia de patear al conductor de aquella bala plateada…

La tranquilidad definitiva me vino cuando mi compañero de aventura me dijo que nunca había oído de ningún muerto por ataque de tigres por allí. Aunque sí varios casos por los elefantes…

Finalmente no tuvimos éxito, o quizás sí, porque un día después estoy escribiendo esta historia y sigo teniendo el mismo número de brazos y de piernas.

Si que me pareció en algún momento, escuchar rugidos como carcajadas… Quizás de alguien que se planteaba como su cena podía hacer tanto ruido si iba tan despacito. Un tigre con sentido del humor no podía acabar con aquella imagen, debía dejar que el resto de animales de la selva también la disfrutara…

Quedamos en repetir la experiencia otro día y algo más tarde por la noche, algo que parece ser que aumenta mucho las posibilidades… De nuevo otro: “No hay huevos”…

CONTINUARÁ (ESPERO…)


Risikesh. Septiembre 2007

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