Bienvenidos a las historias del nómada.

Siempre me ha gustado escribir historias y que otros las lean. También contarlas, escucharlas, leerlas, vivirlas... Historias para reír, para pensar, quizás para llorar... Historias al fin y al cabo de las que están hechas nuestras vidas.

Me pareció buena idea aprovechar este lugar para lanzar al viento algunas de las que he vivido, en cualquiera de los dos mundos, el real o el imaginario (igual de real, porque ambos pueden considerarse también imaginarios).

Bonita sensación la del que arroja una botella al mar con un mensaje, que no sabe donde irá y quien llegará a leerlo.

Aquí va mi botella, quizás alguna vez hasta sepa donde llegó...



jueves, 24 de febrero de 2011

Una sencilla historia (Planeta India)

Ahora estoy sentado en la terracita de mi habitación, justo encima del Ganges, viendo pescar a los cormoranes y como lo intenta un águila pescadora. El frío se va marchando y, aunque todo el mundo deseaba hace un mes que lo hiciera, ahora preferimos que aguante un poco con nosotros, ya que lo que viene detrás es mucho peor. Empezará el calor que en pocos días se hará sofocante, será el momento de hacer las maletas de nuevo y regresar a casa, a la otra casa.

Mi día comienza a eso de las 6 y media porque todavía hace fresco para madrugar más y, después de una ducha y un desayuno, me siento a meditar (o a intentarlo). Desde las 8 hasta la 1, más o menos. La meditación es al aire libre y se hace con mantas por encima (y forro y gorro y guantes…). A la 1 tocan la campana en el ashram y es la hora de comer. Pasamos todos al comedor, este si que cerrado, y comemos sentados en el suelo, con la mano. La comida, salvo algún día especial, siempre es la misma, verduras, lentejas, arroz y unos panes indios sin levadura que se llaman chapatis. Se mezcla todo con el arroz, haciendo bolas, si no comer con la mano sería imposible. A la vez, al aire libre, se da de comer a un montón de sadhus y mendigos. Esto se hace en las tres comidas del día y es un espectáculo ver los personajes que vienen. Los hay con tridentes, collares, escudillas de distintos tipos, las ropas de diferentes colores, jóvenes y viejos… Una vez, mientras lavaba mi plato, un hombre al lado lavaba su bolsa de plástico… Un continuo aprendizaje.

Luego, un rato de descanso para la tertulia, la lectura, un baño en el río, escribir para el blog, etc. hasta las 4,30 h que empieza el yoga en otro ashram. El yoga que hago es Hatha (el yoga físico), con pranayama (ejercicios de respiración) y relajación. A las 6 y media, de nuevo a meditar hasta las 9. La cena la evito en el ashram porque el picante con una vez al día es más que suficiente. Y a dormir prontito que mañana se empieza de nuevo.

Evidentemente, el culo se te queda totalmente plano, porque entre meditaciones, las comidas y el yoga, se pasa pegado al suelo unas 8 ó 9 horas diarias. Las piernas se rebelan y no quieren andar, en la espalda identificas cada vértebra por lo que te duele… en fin, que para el espíritu va todo esto muy bien, pero el cuerpo queda bastante machacado.

Mi casa no es tal, es una habitación de unos 12 m2 en la que habitualmente vivimos dos personas. Con un calentador como único lujo y, casi siempre, agua caliente. La ropa que uso es comprada en la India muy barata, que se lava y se vuelve a usar una y mil veces. Eso sí, complementada con un forro polar español. De calzado, chancletas o zuecos, porque te los quitas mil veces al día. Si hace frío, unas u otros con calcetines. Y mantas, claro.

Y así pasa un día y una semana y un mes y otro… Aquí el tiempo transcurre de manera diferente, realmente no sé si más rápido o más lento. Se viven los días más intensamente. Aunque la vida es más rutinaria que la que llevo en España, cualquier cosa puede pasar. Una conversación, un encuentro, una intuición… y cambias cualquier plan que hubieras hecho previamente. Así que no se hacen planes y ya está. El tiempo ha pasado volando, ahora que termina la temporada y, por otra parte, parece que pasé años aquí…

Al regresar a España siempre tengo la sensación de necesitar vacaciones, en el sentido de descanso (sobre todo para el culo y la espalda…), de poder elegir lo que comer entre una amplia gama de opciones, de pasear por un campo limpio, de que no me piten todas las motos del mundo, de que no haya gente en todos lados… Así que también es agradable regresar.

Pero, la verdad, es que aquí se aprende mucho. De uno mismo, con la meditación sobre la que quizás me extienda otro día, pero también de la poca necesidad real de cosas materiales. Lo que en occidente te parece una chorrada aquí te parece un lujazo que valoras y disfrutas. Te adaptas a todo perfectamente y no echas de menos nada. Vives cada día, cada momento con lo que este trae y ya está. Aprendes que muchas, casi todas, las complicaciones son creadas por nosotros mismos. Que en realidad todo es mucho más fácil.

Una vida sencilla, una sencilla historia.


Risikesh. Febrero 2011

domingo, 13 de febrero de 2011

Y vuelta a volver… (Planeta India)

Pues ya he vuelto a volver… Para llegar, 26 horas justas, repartidas entre coches, aviones y paseos por el duty free. Esta vez vine vía Dubai (ponlo en el mapa…). Me ahorré el que me sodomizaran en Londres con un detector intracolónico de nueva generación. Así que, por el mismo precio, no tuve que pagar con mi cuerpo. Lo bueno de viajar tan seguido es que recoges el jet lag a mitad de camino, ahora tengo sueño pero no sé si es sueño español o indio, así que cuando duermo no sé con qué soñar.

Por aquí me preguntan que donde he estado estos días y cuando digo que en España, me miran como si fuera jilipollas (yo, no el que me mira). Así que es mejor decir que he tenido malaria, tifus o cualquier otra porquería, que la gente lo entiende más y cree que tu enfermedad tiene cura. Porque la de ir y venir continuamente, parece que no la tiene.

Lo más entretenido, como siempre, fue el tramo en coche entre Delhi y Risikesh. Unas siete horitas y media en las que te juegas la vida cada diez minutos.

En la India se utilizan mucho los mantras para la meditación. Hay uno que suelo utilizar en estos viajes, porque aunque quiera evitarlo viene continuamente a mi cabeza (esta es la magia de los mantras). El mío de estas ocasiones concretamente es: “Pocas hostias hay…” No sé si es con h o sin h, pero es que como lo traduzco directamente del sanscrito, me pierdo. Pocas hostias hay. Con la cantidad de “uyuyuyuyuys” por minuto que se producen, parece mentira que haya alguien vivo en todo el país, tanto ser humano como ser animal.

Los coches no tienen retrovisores, claro, porque se apura cada resquicio espectacularmente. No solo en los atascos, donde no se puede dejar medio metro entre vehículos porque siempre cabe otro, también en marcha, independientemente de la velocidad que todos lleven.

Yo suelo pedir como transporte un Ambassador, un viejo coche inglés que antes era el más numeroso en la India. Ahora la mayoría lo ha sustituido por coches pequeños japoneses. Mi elección es debida no sólo a la distinción que evidentemente me caracteriza, sino a su posicionamiento en la Escala Vital Carrereril. Esta escala, a partir de ahora EVC, cuyo peldaño inferior es la gallina, tiene un montón de posiciones intermedias. Los camiones cargados se disputan la posición de privilegio con los autobuses también cargados, por lo que yo recomiendo utilizarlos, ambos, lo menos posible. Hay quienes, como peatones y bicicletas, reconocen su situación, por lo que se apartan siempre que se dan cuenta. Las gallinas tienen más cerebro que las bicicletas, pero no suelen ir acompañadas, por lo que, si se salvan, es por instinto, no por reconocimiento de su lugar en el escalafón. Los gatos están más arriba, porque el instinto felino prevalece sobre el instinto gallino. Los perros se salvan más, porque de instinto creo que no andan mejor que los gatos, pero abollan más los coches… Y así podría seguir eternamente, pero me lo evito a mi mismo y a vosotros.

El problema viene en las posiciones “quiero y no puedo”, que es donde se producen los duelos. Claro que sólo es un problema si vas dentro de uno de los contendientes, por lo que siempre intento evitarlo. El Ambassador se haya discretamente colocado por encima de la mayoría de los turismos, creo que por tamaño y quizás también por algo de respeto a su señorío, y por debajo de los grandes todoterrenos, jóvenes ambiciosos que no respetan nada… En esa situación no es del todo incómodo desplazarse, pero el mantra sigo recitándolo todo el rato.

Estos viajes permiten seguir aprendiendo. Por ejemplo, si hay algo característico de la India, que creo que no debe encontrarse en otro planeta, es la situación que se produce en los pasos a nivel. Cuando uno se cierra porque va a pasar un tren, lo primero que sucede es que las motos siguen pasando por debajo (y motos cargadas con 4 y hasta 5 personas más perro)) en complicadas posiciones y apurando al límite. Luego los coches, buses, rickshaws, motos que llegaron tarde, el carrito de la fruta, la carreta con los bueyes, etc. se colocan a lo largo de toda la barrera, por supuesto ocupando ambos carriles. Cuando se abre el paso, el pollo es espectacular porque hay dos ejércitos enfrentados y pitando a tope. Siempre imagino verlo desde arriba, pensando que la mejor solución es echar alquitrán y volver a empezar… Al final, lleva su tiempo, pero todo se desmadeja y cada uno sigue por su lugar (recordemos, lo del lugar es algo relativo y tiene que ver tanto con el espacio disponible como con la posición dentro de la EVC). Evidentemente, en la siguiente barrera cerrada vuelve a pasar exactamente lo mismo. Yo he llegado a pensar que lo hacen de cachondeo…

Por aquí cerca acaba de autoincluirse en la EVC un elefante y parece que pugna por el primer puesto porque se ha cargado ya a tres personas, así que cortan la carretera por las noches. Curiosamente es cerquita de las historias de “A Tigres y en Chancletas”, así que espero que no me llegue un tremendo e ineludible “No Hay Huevos” para ir a ver elefantes asesinos…


Risikesh. Febrero 2011.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Así empezó todo (Planeta India)

Dicen que la India es el único lugar donde todavía no se ha roto el cordón espiritual, ese que nos une con todo y con todos. El que te permite llegar a la Paz.

Ya hace unos cuantos años que yo me enredé en él y en ese momento, sin todavía saberlo, escribí una historia. Así que hoy pongo en el blog otra historia india, pero esta es especial, porque es la primera.


LLEGADA A VARANASI

Después de discutir con varios taxistas, siendo ya noche cerrada, conseguimos que nos lleven al Scindia Hotel, recomendado por un amigo por su espléndida ubicación para lo que nosotros necesitábamos, que no era más que estar en medio de todo. Empieza la aventura, el hotel al que nos llevaron se llamaba igual, pero no era.

En muchos lugares de la India, que entre miles de cosas buenas tiene también el engaño al turista como prioridad en muchísima gente, sucede que, aprovechando la buena fama que un determinado lugar tiene entre los viajeros, surgen varios con idéntico nombre. Muchas veces por cansancio, por no discutir, por temor al entorno que ya se encargan los timadores de hacerlo hostil, por lo que sea, la gente traga y, al menos una noche, una comida o alguna compra, cae.

Nosotros decidimos que aunque fuera lo último que hiciéramos, después de horas de viaje, de discusiones y de gritos, llegaríamos al maldito hotel.

Mochilas al hombro en medio de la ciudad más caótica e interesante del mundo, un rickshaw se ofrece a acompañarnos al verdadero destino. Nos subimos en el triciclo hasta la entrada del laberinto, allí paramos y nos indica que hay que seguir andando. Después de la noche que llevábamos ya no creíamos a nadie, pero pocas opciones había.

Empezamos a seguirle por las callejuelas del viejo Benarés. Todo un mercado, iluminado por bombillas y candiles, olores totalmente desconocidos, algunos embriagantes, otros pestilentes, miles de personas por las estrechas calles. Ambiente en el que nuestro improvisado guía se movía como pez en el agua, parando aquí, preguntando allá y nosotros siguiéndole como podíamos, bloqueados por la marabunta de gente y aturdidos por el ambiente que nos rodeaba.

De repente, unas campanillas empezaron a escucharse acompañadas de unos cánticos y observamos algo que flotaba sobre la multitud. Envuelto en telas de colores chillones, desplazándose a una velocidad imposible para el lugar en el que nos encontrábamos, un cuerpo era transportado por sus familiares, que se abrían paso con canciones, gritos y tintineos. El caos se convirtió en magia, con la visión del cadáver que volaba por encima de los todavía no muertos.

Era transportado hacia Manikarnica, el ghat crematorio, el lugar más sagrado a orillas del más sagrado de todos los ríos. Donde el fuego libra a los hombres del eterno ciclo de las reencarnaciones y los envía directamente a la fusión con Brahma, garantizada por morir en la ciudad de la luz.

Continuamos nuestra ruta, que había comenzado simplemente siendo una necesidad de hotel y se estaba convirtiendo en un claro empujón en nuestro continuo camino en busca del aprendizaje. El laberinto y sus candiles ya eran de cuento de hadas, no estábamos en la realidad, nos habíamos adentrado en fantasía… Seguíamos andando pero el tiempo no transcurría, estábamos drogados de emoción. El impacto que fuimos buscando a la India se produjo allí al final del viaje, en el viejo Varanasi, la ciudad de la luz y de los muertos.

Llegamos al Ganges, el lugar al que más de mil millones de personas quieren llegar. Allí estaba, iluminado por unos faroles blancos y con una bruma que lo envolvía. Un grupo de hombres se bañaba y hacía sus abluciones, aprovechando su inmensa fortuna, la de ser ciudadanos de Varanasi, la ciudad de Shiva. La ciudad que permite a los que mueran en ella, salirse de la rueda y no tener que reencarnarse más.

Por fin, el hotel. Aunque quizás ya hubiera dado igual dormir en la calle. Todavía una sorpresa más, desde el balcón de la habitación se divisaba el ghat Manikarnika, donde todos los días del año y todas las horas del día, se reducen cuerpos a cenizas, en piras funerarias.

Hogueras y humo, fantasmas envueltos en telas moviéndose entre los cuerpos que se están quemando, los más intocables de todos los hombres vigilan el adiós definitivo a la penúltima vida.

La visión es eterna, en su significado real porque siempre se ha hecho y siempre se hará, y porque permanecerá grabada en nosotros, probablemente también en nuestras siguientes vidas.

Ya sólo podía hacer una cosa, aquello que tantísimos millones de personas desean hacer y harían si estuvieran en mi lugar. Vencer los escrúpulos y remilgos occidentales y sumergirme en el Ganges, el río más sagrado y más contaminado, el que da vida a millones de personas y alberga los cadáveres de otros millones.

En homenaje a los que no pueden hacerlo y pidiendo el deseo de que lo consigan, entré en el río y realicé tres simbólicas abluciones que, con distinto lenguaje de las que se realizan todos los amaneceres y atardeceres, buscaban lo mismo... encontrar la paz espiritual.


Varanasi. Agosto 1999

sábado, 29 de enero de 2011

Morriña y una mierda

Ayer paseaba por el campo y cuando empecé a ver cagadas de vaca me dio una morriña… Es cierto que estas eran mucho más lustrosas que las indias, al igual que sus propietarias (mejor, expropietarias, ahora pertenecen al universo y, en mayor medida, al que las pise). En la India suelen estar mucho más desparramadas con la ayuda de bicis, chancletas, motos, etc. Además como la alimentación es algo diferente, el producto final también lo es. Las vacas indias que habitan en las ciudades no saben lo que es la hierba, creo que si la vieran quizás les daría asco tan limpita. Ellas comen de todo lo que no se mueve (porque se escapa) y puedes ver como arrancan los carteles recién pegados a las paredes y los tragan sin hacer distinciones entre políticos o publicitarios.

Bueno, que he decidido que vuelvo a cambar de planeta y lo he hecho contemplando una mierda. No es poético, no es espiritual, no es bonito, es… una mierda. Pero que le vamos a hacer, así surgen las cosas y las siguientes historias volverán a ser desde allí.

Tengo que reconocerlo, estoy completamente enamorado de la India. Quizás los habituales seguidores de Planeta India (los tres) tengan dudas al respecto, por todo lo que escribo, pero es precisamente por todo eso.

Vaaaaaale, también hay más cosas que seguiré contando.

¡Namaste!


San Agustín del Guadalix. Enero 2011

lunes, 24 de enero de 2011

Cambio de Planeta

Después de un cómodo viaje que incluyó 8 horas de taxi y 12 de avión divididas en dos vuelos con espera intermedia e interminable en Londres por las nieblas europeas, cambié de planeta. Atrás quedó el Planeta India.

Fui y vine por Londres por la vulgaridad esa del dinero del billete, pero es el aeropuerto más antipático del mundo. Coges trenes, autobuses, andas kilómetros… Yo creo que lo que sobra es el avión, porque si todo eso lo pusieran en línea recta, llegabas a casa. Y luego están los controles, es más cómodo que te detengan por terrorista que pasar todos los controles de seguridad que hay aquí. La gente se resigna en la cola de tal manera que 100 metros antes ya ves a algunos andando en calcetines. También hay quien, por no tirarlo, es capaz de beberse 3 litros de Coca Cola o echarse un bote entero de colonia.

¿Puede sacar el ordenador de la mochila? ¿puede ponerlo en una bandeja aparte? ¿puede sacarlo de la funda? ¿puede abrirlo? ¿puede retirar el protector?. Joder, ¿tú no tienes manos? Si te gusta tanto el ordenador, te compras uno (Torrente dixit).

En Delhi también pasé un rato entretenido entre policias. Llegó un tío con un regalo envuelto para su pequeña sobrina que vive en Wisconsin (esto es una licencia mía, realmente no sé para quien era) y se lo hicieron desempaquetar. Era una muñeca de las que andan y hablan. Le hicieron poner las pilas y, mientras unos cuantos, tanto de paisano como de uniforme nos descojonábamos, un poli serio perseguía a la muñeca por la mesa con un detector de metales, mientras esta chillaba en no se que idioma…

El aeropuerto de Delhi lo han remodelado ya al menos 4 veces desde que empecé a ir a la India. De los rickshaws en la puerta peleando por clientes se ha pasado a uno megamoderno que no se puede distinguir de cualquier otro del mundo. Se ha perdido el encanto, pero supongo que para que a mí me encante no van a dejar de hacer. Ahora te puedes comprar las mismas cosas de marca que en cualquier otro Duty free y con las mismas ventajas que en los otros, es decir al doble de precio que en la calle.

En fin, que ya estoy aquí. Llegué a casa a las 2 de la mañana, abrí la puerta esperando encontrar el calor del hogar y… estaba fuera. El calor del hogar, me refiero. Hacía más frío dentro de mi casa que fuera donde sólo había cuatro bajo cero. Pensé ¿me meto en la cama directamente o me quito la mochila?.

Ahora ya han pasado unos días y estoy empezando a acostumbrarme al cambio de planeta. Es cuioso ir andando por la calle y poder ir en línea recta. Para el que no entienda lo que digo, que se lea la historia anterior. Joder, que limpio está todo.

Siempre he pensado que el principal peligro de ir mucho a la India es morir atropellado, nunca recuerdo a que lado de la calle tengo que mirar para cruzar. Es por que allí van al revés lo coches ¿o es aquí?. ¿Lo veis? No me acuerdo. Ah, y al revés me refiero en carriles distintos, no marcha atrás, ni con las ruedas para arriba. Es que sé que hay gente que utiliza el blog como guía de viajes y no quiero confundir.

Bueno, ya seguiré escribiendo de las diferencias entre planetas, si es que encuentro alguna más.


San Agustín del Guadalix. Enero 2011

sábado, 15 de enero de 2011

Una asquerosa historia (Planeta India)

Sí, has leído bien, no todas las historias van a ser bellas y poéticas, esta es asquerosa. Y lo es porque trata de cosas asquerosas. Porque, aunque os parezca mentira, en el Planeta India también hay cosas que dan asco… Os contaré algunas de ellas.

En este planeta, cuando vas a un restaurante hay dos cosas que jamás debes hacer. La primera es, por muy lujoso que sea el restaurante, nunca vayas a la cocina. Es posible que no vuelvas a comer, no ahí, tampoco en tu casa. De la cocina habitualmente, y dios sabe como, sale suculenta comida. Entonces ¿para qué estropearte el banquete? Come y ya está, no entres en el lado oscuro. Creerás que los secuaces de Darth Vader, con sartenes, te han atrapado, pero sólo es que te quedaste pegado... Entonces, noooooo, no mires al suelo, salvo que estudiaras entomología y quieras refrescar conocimientos. Sólo sonríe a los cocineros y huye de allí. Hazlo sin mirar las decenas de cacerolas cuya centenaria sustancia adereza cada plato. Y no estreches su mano, no quieras verla.

Y la segunda es que por muy necesitado que estés, ni te acerques al baño. Háztelo encima, me agradecerás el consejo. Un baño de restaurante indio es, probablemente, de las cosas más asquerosas que han sido creadas por dios. Y digo por dios porque es imposible que el ser humano alcance tamaña perfección en la asquerosidad. No entraré en detalles en cuanto a la visión que puede y suele apreciarse, creo que vuestra imaginación os llevará cerca, nunca a la realidad. Pero a eso que habéis pensado, ponedle colores… Cuando entras, siempre empiezas a llorar y no es de pena, ni siquiera de asco. Es por el aroma a orina milenaria, muy, muy reconcentrada. Como trocear quinientas cebollas a la vez… A mis amigos novatos siempre les digo, entrad rápido que acaban de desinfectar… Porque es como bañarte en amoniaco. Yo creo que los baños los instalan ya sucios, si no, no es posible.

También en los restaurantes ocurre algo muy curioso. Se vale eructar. Sí, como suena, la gente se pega unos espectaculares eructos y no pasa nada. No es que sea de buena educación, es que tampoco es de mala. Se da libertad a los gases para que fluyan por donde les parezca. No se les condiciona ni obliga a hacer nada, es la democracia gaseosa. Y, claro, ¿qué hace un españolito en una situación así? Evidentemente, se pega uno lo más grande que puede, a ver que pasa. Y no pasa nada,,, Nadie mira, ni comenta. Así que, no tiene ni puta gracia. No he probado a decir supercalifragilisticoespialidoso, como cuando era joven, quizás así alguien tuerza la cabeza.

Y todos os estareis preguntando, pero, ¿esa democracia gaseosa no será también para…? Pues efectivamente. India es la democracia más grande del mundo y también para esto. Lo diré claro, para que no quede ninguna duda: También los pedos son libres. Y con ellos te vas encontrando en los lugares más insólitos, en el templo, en los mismos restaurantes de antes, si tienes mucha, mucha suerte, en tu propia cara mientras estás sentado meditando… Y con esto no he probado yo, pero es que forzar eructos sí que sé.

Uno de los mejores pedos de los que he gozado fue en una clase de yoga, pero esta vez el protagonista no fue un indio, sino una agraciada señorita israelí. Detrás de ella, estábamos un amigo y yo que hicimos el resto de la clase con la misma cara que el centurión de “La vida de Brian” (toque para cinéfilos). Me acuerdo y me sigue haciendo gracia, soy así de simple. En cualquier caso, vine a la India para eso (para simplificar mi vida, no para comerme pedos judíos).

Volviendo a los restaurantes, os comento una anécdota de hace unos días. En las calles de la India hay una curiosa profesión, la de limpiador de orejas. Van con un maletín, un gorro de lana rojo y algodones sobre las orejas, así se les reconoce. Pues estando yo comiendo tranquilamente, el dueño del restaurante se sentó en la mesa de enfrente y llamó a uno de estos sanitarios. Mientras disfrutaba de mis lentejas, podía observar como le introducían en los oídos una especie de alambre y, el resultado de la excavación, el cirujano se lo untaba directamente en su mano… En España cenas con espectáculos flamencos y aquí puedes deleitarte con este otro tipo.

Tenemos otra preciosa asquerosidad, los escupitajos, gargajos, lapos, gapos, salivazos… En la India se escupe tanto como en los partidos de fútbol (al menos los que ponen en la tele). Se escupe saliva normal, saliva más sus correspondientes mocos o, en el mejor de los casos, se escucha esa preparación de lapo a varios kilómetros. Alguien empieza a recorrer absorviendo su más profundo yo, acompañando la búsqueda de cualquier cosa escupible con los ruidos más desagradables y tú sólo piensas: por favor que lo suelte ya, va a terminar escupiendo el pancreas… (guiño a antiguos lectores). Y, para qué ocultarlo, deseando que lo haga contra el viento. ¡Y allá va ese pollo de corral!

Una variación escupitájica es la de los escupitajos rojos de paan. Hay ciudades coloreadas por esta maravillosa aportación de la India milenaria a la sociedad actual. El paan manual está hecho con unas hojas de betel y dentro van un montón de cositas, anís, ralladuras de coco, cal, nuez de areca... Eso te lo metes en la boca y produces tal cantidad de saliva que escupes o te ahogas (y normalmente la decisión está clara) Desde hace ya años lo venden también por todos lados en sobrecitos y se va perdiendo la tradición en la que cada barrio tenía su hacedor de paan, con sus fórmulas familiares.

Como ya había probado el manual alguna vez (pidiéndolo dulce), un día compré un sobrecito sin saber que mierda ponía en el envase. Y, efectivamente, la mierda que ponía me la comí porque iba dentro. En fin, tanto los unos como los otros, se escupen continuamente. Es divertido, y repugnante, que los que lo llevan en la boca te hablan normalmente. Si por normal se entiende con el labio de abajo hacia fuera y la cabeza inclinada hacia atrás… Sí, habéis acertado, te descojonas independientemente de lo que te hablen.

Los gapos indios, sobre todo aquellos del tipo C), los de rebuscarse en el interior, tienen vida propia. Se van moviendo por el suelo buscando ponerse debajo de tus zapatos, que, recordemos, aquí son chanclas.

El suelo… el suelo indio. Tenemos mierdas de: vacas, monos, perros, gatos, caballos, burros, camellos, elefantes (eso es bañarse, no pisar) y, las mejores, las humanas. Aquí no se reconocen muy bien, porque no tienen un kleenex al lado, pero son igual de desagradables que en otros lugares del mundo. En la India hay más, porque hay más culos y menos váteres. Así que cuando pisas una mierda de vaca, lo agradeces (aunque mejor no te plantees lo que habrá comido esa vaca)

Otra bonita posibilidad es meter la pata dentro de uno de los canales de alcantarillado que aquí, para aromatizar la ciudad, van al descubierto. Yo ya tengo avisado que, si en alguna ocasión me sucede, corten mi pierna a la altura de la ingle. Claro que, ahora que lo pienso, a la segunda me tendrán que cortar también los huevos… Quizás cambie la regla.

Y, para terminar hablando de todo esto, hago un llamamiento a todos los guiris que creen que como están en la India no hace falta que se laven ellos ni su ropa. Esa información que recibieron es falsa, repito es falsa. Tanto los indios como al otro tipo de extranjeros que estamos por aquí nos da asco.

Últimas noticias: el dueño de un restaurante me ha asegurado hoy, 9 de diciembre, que el baño estará limpio antes de Navidad.


Risikesh. Diciembre 2010

miércoles, 5 de enero de 2011

La Boda (Planeta India)

Las 11 en punto, la hora señalada y… ni el tato. Ni el tato, ni el cura que debía casar a los también ausentes novios.

Me invitaron, por primera vez, a una boda cristiana en la India. Era en una Iglesia Metodista. Y no, no tenía ni idea de lo que era una iglesia metodista, pero ahora tampoco. Toda la misa fue en hindi, así que me enteré de lo mismo que cuando iba a clase de Biostadística.

Sí que vi alguna diferencia con nuestras clásicas bodas, por ejemplo que había 4 curas en lugar de uno (no sé si por el metodismo o por los 1200 millones de indios) y que llega tarde todo dios. A las once y cuarto llegó una señora, a y media llegó un grupito y el novio apareció a las doce y diez. La novia, a la una, con dos horas puntuales de retraso.

Pero nadie se sorprendía ni preocupaba, claro. Estábamos en una iglesia, pero prevalecía el Planeta India. Yo llamé al novio pensando que me había equivocado de día o de lugar… Y me dijo que es que iban un poco tarde… Todos.

Una vez que empezamos me di cuenta de un interesante detalle, el único que iba vestido con el traje indio clásico, el kurta, era el único guiri de la ceremonia, o sea mi menda. El resto, de traje y corbata. La novia de blanco inmaculado (el color, ella no lo sé). ¿Qué si iba guapa? No lo sé. Nunca he sabido si las novias van guapas, a mí me parece que todas van iguales. Hay para algunas cosas que ya sé que no tengo criterio. Nunca elijo lámparas, ni manteles, por ejemplo. Y con las novias me pasa lo mismo. ¿Qué si era guapa? No. Para eso si tengo criterio.

El resto de la boda si que fue igual que las españolas, en el convite había cinco veces más personas que en la iglesia. Y yo creo que al guiri del kurta le hicieron tantas fotos como a los novios (él también iba de traje y corbata, el cabrón).

En las celebraciones de las bodas indias prevalece la cantidad sobre la calidad. Se invita a muchísimas personas (400 invitados es un número normalito, tirando a pequeño) y, aunque la comida suele ser muy buena, la puesta en escena es del tipo “a maricón el último”. Se pone un gran buffet con diferentes platos (digo diferentes entre sí, porque en todas las bodas son los mismos) y se da la salida. El pueblo indio es muy paciente casi siempre, pero no para comer. En ese momento tienes dos opciones, o esperas que pase la primera horda y te arriesgas a que se acabe el papeo o te unes al mogollón y que sea lo que Shiva quiera.

En esta boda, al igual que en la mayoría que se celebran por aquí, los novios sólo se habían visto un par de veces antes de la ceremonia. Es lo que llaman “matrimonio arreglado”, frente al “matrimonio por amor”. Las familias se ponen de acuerdo y los chicos se casan. Aquí se dice que en Occidente primero llega el amor y luego la boda y en la India primero llega la boda y luego el amor. En realidad está relacionado con la importancia que se da en uno y otro sitio a la pareja frente a la familia. Aquí la relación de pareja no es la más importante.

En todas las bodas que he estado, todos se divierten menos los novios. No he visto una sola foto de boda india (y he visto unas cuantas) con los novios sonriendo. Ella se va a vivir a casa de la familia de él (con los suegros, los hermanos y las hermanas que no se hayan casado) y a él se le acaba la libertad que hasta ahora tenía. ¿Quién va a sonreir?

En las celebraciones se monta un pollo espectacular. El novio pasea a caballo blanco, yegua en realidad, con un montón de músicos tocando con volumen ensordecedor y con una calidad también ensordecedora. Además hay unos cuya profesión no sé como explican a los amigos. Me dedico a llevar un farol encima de la cabeza y pasear con él por el pueblo ¿y tú? Yo tiro de un carro con un megagenerador para dar luz a los capullos que lleváis los faroles…

Tampoco faltan, como en toda boda que se precie, el grupo de borrachos bailando como locos. Todo esto en movimiento por las calles de la ciudad o pueblo. Los trajes de los invitados parece que son los de su padre, que le saca cuatro tallas y trabaja en un circo... Las mujeres en cambio van muy elegantes con sus saris y sus joyas.

Como las bodas se celebran en la temporada que los astrólogos consideran auspiciosa, hay momentos que hay miles de bodas a la vez. En el mismo pueblo te puedes encontrar con un montón de procesiones, con su tío serio montado en yegua, sus portafaroles, el del generador y los invitados vestidos de gaby y fofó.

En mi boda metodista no hubo estas cosas, sí que hubo señoras preguntándome que a qué iglesia iba yo y diciéndome que Jesús era “superpower”, un encargado del banquete que se dio cuenta, equivocadamente, de quien era el único que le podía dar propina (no porque tuviera cara de rico, creo que más por cara de pringado) y le faltó meterme la cucharita en la boca… Me recordaba al de “La boda del monzón” así que no podía parar de reirme cuando se acercaba. (El que no haya visto la peli que se vaya a verla y luego siga leyendo). Y también hubo una “ceremonia de la tarta” cuya duración fue acorde con la espera inicial. Así que cuando llegó la comida, el asalto habitual se convirtió en un duelo a muerte, pero yo tenía a mi solícito encargado que peleaba por mí… Después de mis 20 rupias de propina y ver como las miraba, decidí no pedir nada más, porque el escupitajo en el café de camarero descontento creo que es internacional.


Risikesh. Diciembre 2010